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Torrijos y el cerro Marta


Recuerdo la primera vez que escuché hablar de Omar Torrijos Herrera. Fue en 1959. Para aquellos tiempos estaba muy pequeño. Justamente se registraba un levantamiento en armas de un grupo heroico de jóvenes en las faldas del cerro Tute.
No fue hasta el 11 de octubre de 1968, cuando otra vez el nombre de Omar Torrijos me fue mencionado. Yo escuchaba a las 7:00 a.m. las noticias y me preparaba para ir a la Escuela Normal J. D. Arosemena. "La Voz de los Estados Unidos", informó sobre el Golpe de Estado que la Guardia Nacional había dado al Sr. Arnulfo Arias. Le di la mala nueva a mi madre. Ella se desanimó, pues era una panameñista del cántaro, a ojos cerrados. Me fui a la escuela. Yo era el subsecretario de Asuntos Estudiantiles de la Asociación Federada de la Escuela Normal (AFEN). Intentamos reagruparnos. Las puertas de la escuela las mantenían cerradas. Queríamos protestar y rechazar este asalto al poder por parte de los militares. Poco a poco la rebeldía contra el régimen de facto comenzó a enfriarse. Concluimos que el famoso líder de mi madre se había refugiado en la ex Zona del Canal y, desde allí, en vez de luchar por los votos (entre éstos el de mi madre, que lo llevó a la silla presidencial), negociaba su exilio en Coral Gable, Miami.
En 1969, otra vez supe de las actividades de Torrijos. Esta vez, Nelly Murgas, mi amiga de infancia, me contó que siendo maestra practicante en Trincheras de Soná, al sur de Veraguas, el General impulsaba proyectos de desarrollo, los cuales incluía organizar a los campesinos despojados de sus tierras y marginados por la clase pudiente. Se intentaba una experiencia distinta con modelo de autogestión. Bajo esa óptica surgen los primeros asentamientos campesinos. Meses después, a mediado de año, Nelly me presentó al señor Torrijos Herrera. En esta ocasión, yo era el presidente encargado de la Asociación de Graduandos. El fue un día a inaugurar una exposición de pintura de un conocido pintor veraguense. Allí, hablamos de nuestros aportes como estudiantes y de las actividades para la graduación. Omar estaba muy contento porque ese año todos los estudiantes graduando normalistas fueron incorporados a ese gran ejército de maestros que acuden a nuestras campiñas para enseñar.
Omar Torrijos, era un hombre muy sentimental. Un día, formando parte del equipo de trabajo de Radio Urracá, la primera emisora del proceso revolucionario en el interior del país, me enviaron a Santa Fe. Era un 3 de noviembre de 1972 ó 1973. A Omar lo esperaban en los desfiles patrios de la ciudad capital. Sin embargo, no fue así. De pronto, escuchamos sobrevolar un helicóptero y posarse sobre tierra santafereña. De esa nave se apeó "el viejo". "Estos niños que desfilan hoy aquí también son panameños", estoy seguro que eso fue lo que escuché. La experiencia de Santa Fe permitió llegar a la convicción de que "el viejo" no era un militar "gorilazo", sino un hombre de intenciones nobles para con los pobres, los campesinos y los desposeídos. Caminó el pueblo, saludó a la gente lugareña. De pronto, se tiró al suelo, a la sombra de un frondoso árbol, donde había un peñón y se sentó. Eran muy pocos los que estaban a su alrededor, en el momento. En pueblo chico, la gente se comunica rápido. Y, comenzaron a llegar los parroquianos. Campesinos hasta gamonales del pueblo y, algunos dirigentes cooperativistas. De tú a tú. Inició el mitin improvisado. Queremos más caminos, puentes, más impulso, no podemos comercializar nuestros productos de forma directa y ventajosa; más asistencia técnica. Algunos reclamaron porque los perseguían por fabrican el "chirrico" (aguardiente clandestino destilado sin condiciones de salubridad y falta de licencia comercial.) "¡Pues fabríquenlo bien!" respondió el viejo.
A cada pedido, exigía le plantearan soluciones. Inclusive, bromeó con aquel chiste del ingeniero que llegó al campo y cuando cruzaban un río en un cayuco, le preguntaba al campesino si sabía leer y cuando el campesino respondía que no, él le decía: "Usted ha perdido gran parte de su vida", y así fue recriminando el ingeniero al campesino por sus deficiencias de formación educativa. De pronto, reza el chiste, una cabeza de agua se abalanzó sobre el frágil cayuco y el campesino le preguntó al ingeniero que si sabía nadar, y el ingeniero respondió que no... Entonces, el campesino le dijo: "Usted sí va a perder la vida entera".
Un campesino contó sobre la pérdida de uno de sus hijos por desnutrición y falta de atención médica. A Omar, se le salieron las lágrimas al escuchar aquel relato. Entonces, tras pasarse la mano sobre sus mejillas, tal vez pensando que no era observado, hizo una proclama social: En eso es que estoy empeñado. Que el hombre del campo no se lamente de estas desigualdades e injusticias cometidas por los gobernantes del pasado que sólo les interesó el poder y, nosotros, los militares, teníamos que cuidarles el poder.
Para esos tiempos funcionaba el primer ciclo experimental de Alto de Piedra, construido en las faldas del cerro Tute. Allí van los niños y jóvenes del distrito a estudiar agropecuarias becados. En conclusión, su mensaje fue que había que ganar la guerra contra el analfabetismo, que la gente del campo reciba una mejor educación y vuelva al campo. Por cosas del destino, fui el primer periodista en llegar a las faldas del cerro Juan Julio o el cerro Marta, donde aquel 31 de julio de 1981, "el viejo" perdió la vida en un fatal siniestro aéreo, aún por aclarar.
Ahora, dos décadas después de muerto, el egoísmo y el oportunismo político tratan de torcer su obra. Me cayó de la patada, una vez, cuando Rubén Darío Paredes declaró que dejaran tranquilo al muerto. Claro, él lo dijo porque estaba empeñado en la "destorrijización" del proceso. Hoy, sin coincidir con Paredes, hay que pedir que dejen al viejo tranquilo, porque la historia y su obra serán imposibles de "destorrijizar". La democracia que el país vive, es un logro de él, como parte de lo que no firmó con los tratados Torrijos-Carter. De allí que se imponga aclarar que en los comicios de mayo de 2004, "el viejo" no es candidato, y una campaña sucia al respecto no es más que un acto egoísta e innoble.
Ellas, además, confeccionan chaquiras, mientras ellos se dedican a las artesanías para la venta, tanto consumo local como para turistas.
En Mogue, Yasury Teucamo, de la Fundación Dobo Yala, explicó que mujeres y hombres comparten el trabajo.
Esta región en particular recibe constantemente la visita de turistas, principalmente de Estados Unidos.
¿La razón?, preguntamos a Yasury, quien sonríe orgullosa y nos muestra los platos con figuras tradicionales tejidos con bejuco y pintados con la tinta de plantas naturales. Señala además las figuras de animales hechas con tagua y las collares de chaquira.
“Al turista le gusta mucho todo esto”, nos dice. Las artesanías, según el tamaño, son vendidas por B/. 5 en adelante.
A los visitantes les atrae además el sitio por ubicarse a dos horas del nido de águilas arpías al que se llega atravesando varias trochas a pie.

“Los turistas se enamoran de nuestras tierras”, dijo Juan Mecheche. El tiene su cuota en ello. Es el “arquitecto del hotel de Mogue”, como nos hizo saber.
Es una estructura de piso de madera (cedro espino), el techo es de pencas de un árbol llamado quira y no lleva clavos. Los amarres se hacen con bejuco real, prescindiendo por completo de clavos.
No hay puertas y el aire fresco no debe colarse por las ventanas. Es una obra abierta en su totalidad y la altura a la que se encuentra añade una vista singular del pueblo.
Ellos llaman “tambo” a la instalación y la utilizan como casa cultural y “hotel”, según nos dijo Juan, de 40 años, residente en Llano Bonito, a unas cinco horas de Mogue por río.
Los turistas llegan a hospedarse en este tambo llevando sólo tiendas de campaña o colchonetas. De lo demás se encargan los lugareños. No le es indispensable la energía eléctrica o los teléfonos celulares. Juan asegura que “vienen a convivir con la naturaleza”.
Es hacer turismo, “a nuestra manera”. No se tienen tarifas, el turista aporta lo que cree conveniente, pero el indígena sabe dar siempre su mejor cara. De ello depende que la oportunidad se repita y así ha sido.
Juan no dudó en subirse hasta lo más alto del tambo que aún está en “reparación”, mencionó.
Desde allá precisó que se dedica a estos menesteres desde los 14 años y hoy tiene 42. La dirigencia de Mogue lo hizo viajar allá para que la obra esté terminada lo antes posible.
Los turistas deben seguir llegando y los emberá - wounaán tratarán de hacerlos sentir en casa. Como lo vienen haciendo hace varios años.

101 años de Panamá América

 
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