¡A trabajar, a gobernar, a educar!
Se ha cumplido con el mandato del pueblo y de la Constitución Nacional al darse el cambio de gobierno. Las circunstancias que motivan este mensaje patriótico-docente, convida a la reflexión ciudadana. ¡Insistamos en lo cierto! La prosperidad de una nación -grande o pequeña- depende, en gran medida, de quién la dirige y del modo cómo la dirige. Por mucho, se ha hecho proverbial el aforismo: "Un buen jefe, buenos empleados". Esto es cierto como la verdad que los grandes maestros forman grandes discípulos.
Panamá hoy cuenta con la dirección de un nuevo presidente, Martín Torrijos Espino; un hombre joven, de formación universitaria y propulsor conceptual de la "Patria Nueva".
En el campo político-administrativo, los funcionarios y empleados del Estado, aunque posean las mejores aptitudes y especialidades, si son dirigidos por un presidente, por ministros o jefes incapaces no producirán otra cosa que un rendimiento mediocre, cuando no del todo deficiente, como quedo demostrado en el desgobierno de Mireya Moscoso. Esto significa, naturalmente, que la influencia de las aptitudes y rendimiento del Presidente o presidenta de la República es decisiva para la buena o desorientada marcha de la administración pública del país.
De lo anteriormente expuesto, queda claro que el Presidente debe reunir una serie de condiciones para poder realizar sus altas funciones constitucionales con eficiencia y sentido humano y social. A continuación señalo algunas cualidades fundamentales: alto nivel de inteligencia, formación profesional comprobada, voluntad firme y tenaz; enérgico, valor y coraje para la toma de decisiones y para asumir responsabilidades; tener claro sentido del deber; solvencia moral y ética; preocupación por el bienestar general y capacidad administrativa y de organización.
La vida pública panameña, durante el "quinquenio perdido" (1999-2004), se caracterizó por el desgobierno y la corrupción: un pueblo sin dirección cierta, sin sentir la influencia de un buen conductor o conductora. Se hizo sentir, sin embargo, la carencia de trayectoria nacional, el capricho rastrero, la exaltación de los mediocres, y, en lo que respecta a la educación, fue trágico tener que beber la copa del desastre para aprender las lecciones de las generaciones pasadas (las de Andreve, Méndez Pereira, Crespo, Velásquez, etc.).
Los panameños y panameñas merecemos (y lo reclamamos con derecho) la presencia de un buen presidente, de un hombre capaz, digno, que sea más que un presidente nominal, un mandatario modelo que despierte los impulsos de los ciudadanos, anime su fe, una sus fuerzas y las dirija sabiamente hacia una labor verdaderamente productiva, de bien común en todos los aspectos de la vida de la Nación. Es la actitud, la nueva faceta que el pueblo esperanzado espera del señor presidente, Martín Torrijos y de todos sus máximos colaboradores. Porque ello estimulará, sin duda, a que todas las miradas del pueblo panameño se concentren en torno suyo de manera encomiable y positiva.
Su actividad productiva, su honestidad, y su entusiasmo por cumplir fielmente sus promesas y programas de campaña deben tornarse contagiosos para que los gobernados se afanen por imitarlas y la tomen como ejemplo para la conducta y el trabajo.
La improvisación, el mal uso de las tijeras, la colocación de placas figurativas, la comparecencia en actos de menor importancia, las vergonzosas "conferencias de prensa callejeras", los viajes improductivos y costosos, la inercia generalizada, el nepotismo abyecto y vergonzante, la inseguridad pública y la incapacidad, ya pasaron de moda.
Esos malos ejemplos e ingratos recuerdos pertenecen al pasado, al régimen malhadado de Mireya Moscoso, los que, de ninguna manera, puede repetirse jamás en Panamá.
Los panameños y panameñas conscientes y responsables, en esta hora que vive la República, exigimos que los hombres y mujeres elegidos, así como los ministros, los magistrados y jueces y los jefes de instituciones autónomas y semi autónomas tengan el aire personal digno de su cargo.
Y para terminar esta cuestión, "debemos aceptar que el hoy será ayer, mañana".
Panamá hoy cuenta con la dirección de un nuevo presidente, Martín Torrijos Espino; un hombre joven, de formación universitaria y propulsor conceptual de la "Patria Nueva".
En el campo político-administrativo, los funcionarios y empleados del Estado, aunque posean las mejores aptitudes y especialidades, si son dirigidos por un presidente, por ministros o jefes incapaces no producirán otra cosa que un rendimiento mediocre, cuando no del todo deficiente, como quedo demostrado en el desgobierno de Mireya Moscoso. Esto significa, naturalmente, que la influencia de las aptitudes y rendimiento del Presidente o presidenta de la República es decisiva para la buena o desorientada marcha de la administración pública del país.
De lo anteriormente expuesto, queda claro que el Presidente debe reunir una serie de condiciones para poder realizar sus altas funciones constitucionales con eficiencia y sentido humano y social. A continuación señalo algunas cualidades fundamentales: alto nivel de inteligencia, formación profesional comprobada, voluntad firme y tenaz; enérgico, valor y coraje para la toma de decisiones y para asumir responsabilidades; tener claro sentido del deber; solvencia moral y ética; preocupación por el bienestar general y capacidad administrativa y de organización.
La vida pública panameña, durante el "quinquenio perdido" (1999-2004), se caracterizó por el desgobierno y la corrupción: un pueblo sin dirección cierta, sin sentir la influencia de un buen conductor o conductora. Se hizo sentir, sin embargo, la carencia de trayectoria nacional, el capricho rastrero, la exaltación de los mediocres, y, en lo que respecta a la educación, fue trágico tener que beber la copa del desastre para aprender las lecciones de las generaciones pasadas (las de Andreve, Méndez Pereira, Crespo, Velásquez, etc.).
Los panameños y panameñas merecemos (y lo reclamamos con derecho) la presencia de un buen presidente, de un hombre capaz, digno, que sea más que un presidente nominal, un mandatario modelo que despierte los impulsos de los ciudadanos, anime su fe, una sus fuerzas y las dirija sabiamente hacia una labor verdaderamente productiva, de bien común en todos los aspectos de la vida de la Nación. Es la actitud, la nueva faceta que el pueblo esperanzado espera del señor presidente, Martín Torrijos y de todos sus máximos colaboradores. Porque ello estimulará, sin duda, a que todas las miradas del pueblo panameño se concentren en torno suyo de manera encomiable y positiva.
Su actividad productiva, su honestidad, y su entusiasmo por cumplir fielmente sus promesas y programas de campaña deben tornarse contagiosos para que los gobernados se afanen por imitarlas y la tomen como ejemplo para la conducta y el trabajo.
La improvisación, el mal uso de las tijeras, la colocación de placas figurativas, la comparecencia en actos de menor importancia, las vergonzosas "conferencias de prensa callejeras", los viajes improductivos y costosos, la inercia generalizada, el nepotismo abyecto y vergonzante, la inseguridad pública y la incapacidad, ya pasaron de moda.
Esos malos ejemplos e ingratos recuerdos pertenecen al pasado, al régimen malhadado de Mireya Moscoso, los que, de ninguna manera, puede repetirse jamás en Panamá.
Los panameños y panameñas conscientes y responsables, en esta hora que vive la República, exigimos que los hombres y mujeres elegidos, así como los ministros, los magistrados y jueces y los jefes de instituciones autónomas y semi autónomas tengan el aire personal digno de su cargo.
Y para terminar esta cuestión, "debemos aceptar que el hoy será ayer, mañana".