Tragedia sin remedio
El sofocante hacinamiento carcelario actual en nuestro país y del que, por enésima vez tratamos hoy, es tan nocivo para los presos como para quienes trabajan en los centros de reclusión. El costo social de esta tragedia sobrepasa, con creces, el costo económico que representa el de construir varias más y, a pesar de que ello, requerirá muchos millones, hay que encararlo. En lo interno, son escuelas del crimen, y la sofocante e irritante estrechez son motivos de que se caldeen los ánimos y se produzcan reyertas y hasta homicidios entre los reclusos. Se suma a ese dantesco cuadro, el contagio de enfermedades terminales como la tuberculosis y el SIDA, y pasajeras pero mortificantes como la sarna, la pelusa, las paperas, y otras a lo cual se añade también la insuficiencia de servicios sanitarios.
El espantoso y nocivo hacinamiento en nuestra cárceles, obliga a las autoridades a otorgar casa por cárcel sin adecuada vigilancia y, peor aún, a efectuar reducciones de pena y reinsertar a peligrosos hampones al seno de la sociedad para que vuelvan a cometer los mismos delitos por los cuales fueron encerrados. El inevitable aumento de la delincuencia hace obligatoria la construcción de nuevas cárceles, hacerlas en lomas donde haya brisa y amplias laderas para cultivos.
Las tragedias de la naturaleza, maremotos, terremotos y erupciones volcánicas, por muy devastadoras que sean, son siempre pasajeras. Por desgracia, esos malignos fenómenos se han hecho permanentes en nuestras actuales cárceles.