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Transformación agraria sostenible


De acuerdo a los resultados del Censo Agropecuario de 1991, existía, en el país una proporción de 71% de todas las explotaciones agropecuarias o rurales, que eran menores de 5.0 hectáreas, lo que podemos considerar (Con muy pocas excepciones) como claros minifundios. Esta situación no debe haber cambiado, sensiblemente, a la fecha.
En éstos se ubica la pobreza rural que corresponde a más de 75% de todas las familias pobres del país.
Para combatir, efectivamente, la pobreza y la pobreza crítica, tal como es la intención manifiesta de la presidenta electa, Doña Mireya E. Moscoso, habría que realizar una efectiva transformación de la estructura agraria, en forma sostenible, de manera que la mayoría de esos pobres del campo, encuentren opciones, con el apoyo del Estado, para emerger de su deplorable estado de marginalidad y se conviertan en factores positivos del desarrollo socio económico del país.
A diferencia de los años en que Panamá y en gran parte de América Latina, se intentó una Reforma Agraria, los avances tecnológicos demuestran que no sólo la disponibilidad de tierras, tales como las diez (10) hectáreas del Patrimonio Familiar de hace más de 50 años, constituye la vía para emancipar socioeconómicamente, al campesinado.
Mucho más importante es la educación, la capacitación, la orientación y asesoria técnica, el crédito supervisado, la organización campesina (Cooperativas u otras formas asociativas solidarias), y el apoyo efectivo en la comercialización justa y eficiente de los productos generados por los pobres del campo.
Se ha comprobado, en otros países, que con una pequeña parcela de tierra y aplicando innovaciones en diferentes rubros productivos, se puede lograr éxito.
En adición a los bienes agropecuarios tradicionales, surge el cultivo y la cría de nuevas y diferentes especies con buen valor de mercado, en el país y fuera de él.
No se ha explotado suficientemente la pequeña agroindustria cooperativa, ni las diversas opciones artesanales, con materiales o sub-productos propios de cada región, todo lo cual se puede lograr en la parcela familiar o en sus alrededores.
La finca de reciclaje, donde el desecho de un rubro productivo se puede utilizar en la producción de otro, con la incorporación de muy pocos insumos de fuera de la finca, es otra opción insuficientemente ensayada en Panamá.
Las alternativas son diversas, requiriéndose sólo la decisión política de impulsarlas, el convencimiento del hombre del campo y su familia para que las apliquen con entusiasmo y la capacitación y sensibilización de los técnicos y administrativos del Estado, para que tomen como una misión suprema, sus respectivas responsabilidades de guiar y apoyar, con todos sus conocimientos, entusiasmo, esfuerzo y buena voluntad, este proceso de transformación agraria sostenible, que debe ser anterior a la intención de "vuelta al campo" de los campesinos ya establecidos en los cordones de miseria de las zonas urbanas.

101 años de Panamá América

 
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