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Tránsito y desorden


Grandes esperanzas levantó entre la población la campaña electoral que en sus promesas trató, con buen juicio, el tema del transporte colectivo en la Ciudad Capital. Sobre la indecisión del anterior gobierno se lanzó el lema de la firmeza con la que había que tratar a “la mafia del transporte”. Nueve meses después “este gato sigue sin cascabel” y nada hace suponer que alguien se atreva a ponérselo. En lugar de medidas se sigue escuchando el anuncio del Metro Bus, en tanto los conductores de las “diablos rojos” siguen haciendo paradas en plena calle, obstruyendo el tráfico con buses que se dañan en cualquier lugar o amenazando autos pequeños con su agresividad en el manejo. Las autoridades nada han dicho de las medidas contra conductores que siguen en el oficio, con deudas por boletas que pasan de los miles de dólares, o si se ha saneado ese sector de conductores que consumen sustancias alucinógenas, poniendo en peligro no sólo a los pasajeros sino a otros conductores y a los peatones. Resolver la cuestión del transporte no toca sólo a los “diablos rojos”, sino al ciudadano que tiene derecho a exigir ser trasladado de manera eficiente y cómoda, derecho que le deben garantizar las autoridades. Hasta hora no se ha dado, y ojalá no se de, una tragedia como la sacudió a la ciudadanía en el quinquenio pasado con el incendio del bus 8B-06, pero si se mantienen las mismas condiciones que la prohijaron, nada extraño tendría que volviera a suscitarse un hecho así.

101 años de Panamá América

 
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