Transporte público, el gran fracaso
Cuando el presidente Martín Torrijos cese su mandato y rinda inventario final de los logros que se esmerará en exponer, no podrá ocultar su estrepitoso fracaso en el transporte público, sobre todo en la capital. No es menester abundar en el desastre que enfrentan los dos millones de habitantes que viven en la urbe capitalina, comprendida entre Chilibre por el Norte y la Avenida Balboa por el Sur; y entre Capira por el Oeste y la 24 de Diciembre por el Este, al margen de las divisiones territoriales superadas por la expansión de la metrópoli, pues igual que Sao Paulo, en Brasil, y San Juan, en Puerto Rico, es imposible distinguir físicamente división alguna. Es, pues, una misma área con los mismos problemas compartidos por la misma gente. Pero todos los gobiernos lo pasaron por alto, no sólo el de Torrijos.
Varias ideas han dado vueltas en el seno social. Todas concuerdan en que es impostergable una solución, y esperar hasta que el próximo gobierno asuma poderes no es otra cosa que irresponsabilidad.
Nada hay que inventar, lo vimos en Chile, Estados Unidos y Europa. Cierto que en el país austral hay algunos problemas, pero ello es por la tremenda concentración urbana y las malas decisiones, todas políticas, tomadas por la pasada administración.
Debemos, por tanto, ir pensando en un sistema de transporte urbano cuya columna vertebral sea una propuesta principal que mueva a gran cantidad de personas a la vez, sobre todo, en horas pico, alimentado por buses pequeños que actúen en la periferia. Los buses, a su vez, deben ser operados por empresas responsables; y sacar del negocio a los actuales maleantes, aunque haya que pagarles si es que nadie tiene el coraje de hacerlo de otro modo.
Este es el momento. Esperar es un crimen.