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Tras el atentado contra la ONU en Bagdad


Fuera de toda lógica, si es posible hablar de lógica tratándose de terrorismo, la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Bagdad, fue demolida por la explosión de un coche bomba, que mató a 25 personas, incluyendo a su director, el brasileño Vieira de Mello. Ilógico es golpear de tan brutal manera a una oficina dedicada a servir al pueblo iraquí en labores humanitarias y en la difícil tarea de supervisar y fiscalizar que la presencia de las fuerzas de la alianza occidental encabezada por Estados Unidos e Inglaterra no cometa excesos y abusos especialmente contra la población civil.
Ilógico es asesinar a funcionarios desarmados dedicados a distribuir medicinas y alimentos. Ilógico es hacerlo contra el organismo que no avaló la intervención armada contra el país que depuso al régimen de Sadam. Ilógico es que hayan asesinado a su director, un diplomático de una nación tan pobre como Irak, igual perteneciente al tercero o cuarto mundo, dependiendo de cómo se le mire.
El citado atentado abona a favor de quienes piensan que tras el terrorismo internacional se oculta la razón de la sin razón, entendida por tal el prurito del caos nihilista, el deseo de entronizar el mal sobre la faz de la tierra, en el sentido bíblico de la lucha entre ambos extremos. ¿Quién o qué concepción se fortalece con el terrorismo irracional? Definitivamente los denominados halcones del presidente Bush y su radicalismo imperial son los que irónicamente, se fortalecen.
Posturas más moderadas, que trabajosamente intentan delinear como contrapeso Francia y Alemania, se debilitan con estos atentados, dando cabida a extremismos del tipo israelí e imposibilitando el diálogo civilizado y las soluciones políticas. Y es quizás esto lo que persigue precisamente el terrorismo de al Qaeda y similares.
El terrorismo debe estarse regocijando de crear con sus atentados salvajes un mundo donde impera el miedo, la intolerancia racional, religiosa e ideológica, la desconfianza, la xenofobia. Pretende un mundo de penumbras, donde la libertad muera a manos de la seguridad totalitaria, donde el disfrute de la belleza y la diversidad del planeta se enturbie con el temor, donde el derecho a la intimidad no exista. Ese es el mundo policíaco y bélico que advierten los viajeros de hoy en contraste con, digamos, cinco años atrás.

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