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Tras el humo del ALCA


LOS TRATADOS de libre comercio se vienen llevando a cabo desde la Edad Media y aún antes, cuando no había sistema monetario desarrollado y el comercio se hacía por trueque. Un sistema que para algunos países de África y América sería una solución inmediata, pues en vez de refrigeradoras por bananas, bien pudiera canjearse harina por café o maestros por soldados. En el siglo XIII Venecia firmó un tratado nacional y comercial con el sultán de Alepo.
Los inventores del libre comercio moderno (siglo XVIII) fueron los "fisiócratas" franceses, liderados por Quesnay consideraban la tierra y la agricultura como la principal fuente de riqueza. Como suele suceder en la historia, las buenas ideas francesas son luego puestas en práctica por los ingleses, en este caso por Adam Smith. David Ricardo introdujo luego el concepto de ventajas comparativas adaptada más tarde con la teoría de la oferta y la demanda de importaciones de Stuart Mill. De estas tres teorías nace el concepto actual de libre comercio.
En mitad del siglo XIX se firmó un tratado bilateral, franco-británico, de reducción de aranceles, el Tratado Cobden, que se extendió por toda Europa. A mediados del siglo pasado 23 países firmaron uno similar de reducción de aranceles y de igualdad de trato entre naciones, llamado GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) del cual se desprenden los TLC (Tratados de Libre Comercio) actuales. Se puede decir también que con el GATT nace el concepto de la globalización. Existen otros tratados bilaterales o cláusulas de gran importancia porque tienen, en la práctica, el poder de manipular el ingreso de países privilegiados a tratados regionales más ambiciosos y abarcadores y no sólo en el plano económico, también en el político, en pos de conveniencias jurídicas y de bienes estratégicos naturales como el agua, el petróleo, el uranio o el Canal de Panamá.
Estos tratados bilaterales o las cláusulas de nación más favorecida, cuando son condicionados (la mayoría), como su nombre lo indica, en realidad se convierten en una dádiva del país más rico hacia el más pobre o al coyunturalmente más débil o necesitado en detrimento de otros con gobiernos menos amistosos. De modo que para lograr ser considerada nación más favorecida, ésta debe estar alineada política, económica y militarmente a la potencia que lo otorga. De hecho, al parecer este es uno de los motivos del fracaso de la mayoría de países latinoamericanos que quisieron y no lograron imponer a raja tabla y en forma expedita la firma del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), ya que una minoría de países, pero de gran importancia económica en la región, se beneficiarían más con acuerdos bilaterales firmados con la UE y China; mientras que otros, por su ubicación geográfica, como México a través del NAFTA, comercian más con Estados Unidos y Canadá.
A la libertad de comercio se opone el proteccionismo comercial con los siguientes argumentos. Como norma general cuando la economía mundial está en expansión y existe pleno empleo los tratados de libre comercio proliferan y resultan beneficiosos para todos. Pero cuando la economía entra en período o ciclos de recesión, inmediatamente surgen reflejos proteccionistas para evitar el desempleo y la baja producción. Lo mismo sucede entre naciones y economía diferentes. Esta situación es la que contempla en conjunto el bloque del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Más aún, el tema principal de la Cumbre de Mar del Plata era: "Productividad, Empleo y Gobernabilidad", pero fue desvirtuado con un asunto como el ALCA, traído bajo la manga por Estados Unidos y ciertos países que lo impulsaron por supuestas conveniencias particulares, como México y lamentablemente, también, Panamá. Esta es otra de las causas de nuestra eterna desunión, fomentada por quienes no les conviene una Latinoamérica poderosa. Norte contra Sur. Divide y vencerás.
El otro tema al que se aferra el proteccionismo comercial tiene carácter estratégico, pues muchos de estos tratados comerciales esconden intereses políticos. Como ejemplo: el de los recursos naturales y materiales bélicos ya mencionados o la protección jurídica a inversores no productivos (de capital). El proteccionismo trata de evitar dependencias económicas, industriales o de pérdida soberana.
Sea cual fuere la intencionalidad real o última de estos tratados comerciales, ellos deben evitar vulnerar su principio básico, el que realmente los sustenta: la buena fe. El dumping (exportar a costos más bajos del producido) es uno de ellos. El monopolio industrial o financiero donde una fábrica del país A se traslada al país B y termina produciendo más barato para beneficio de A que compite con C, mientras B debe conformarse con sólo poner la mano de obra o por la venta de sus materias primas; esa es otra chicana. Los aranceles que subsidian productos agropecuarios de países desarrollados están en contra del espíritu de buena fe de los tratados de libre comercio y fueron la causa primera del rechazo al ALCA hasta que EU, la UE y otros, no eliminen los suyos.
No debemos caer en el escepticismo fatalista de aceptar que el pez grande se termina comiendo siempre al pez chico, pero hasta que no logremos cambiar la naturaleza del pez, tratemos de no mezclar tiburones con pirañas. A menos que estas últimas sean muchas más y se pongan de acuerdo.

101 años de Panamá América

 
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