Tras la enfermedad de Castro
Hasta la grave crisis intestinal que aún lo aqueja, ni Fidel Castro, ni todos los gobiernos norteamericanos que lo hostigan desde hace casi medio siglo se habían percatado de algo tan evidente como que el presidente cubano no es eterno. Cierto, ha sobrevivido igual tiempo de embargo y se ha enfrentado, con relativo éxito, a diez gobernantes estadounidenses, todo un récord digno de aparecer en el libro Guiness, pero con todo y eso, no es más que un simple mortal, a quien la historia juzgará en su momento.
Muestra de lo anterior es que, pese a la actual crisis, el gobierno de George Bush ha reaccionado en forma decepcionante. Por un lado, mantiene el embargo, que sirve de pretexto al régimen de la isla para sojuzgar a su pueblo y suprimir sus libertades; y por el otro, nada constructivo y nuevo aporta como alternativa a una Cuba post Castro. Sencillamente, Estados Unidos parece limitar su interés en la actual coyuntura al mantener a raya la temible migración ilegal de cubanos. En otras palabras, parece únicamente interesado en que quienquiera que sea quien gobierne la isla, mantenga a su población lo más lejos posible de las costas norteamericanas.
Pero Castro también evidenció su propia miopía, sólo superada por sus archienemigos de la Casa Blanca. Tampoco se percató de su propia mortalidad, hasta que empezó a evacuar sangre en cantidad suficiente para recordarle que nunca había hecho testamento. Se apresuró a delegar el poder a su hermano Raúl quien, a diferencia suya, carece de arraigo popular, y cuyo único argumento descansa en su propia gente del Partido Comunista y del Ejército. Y pare de contar. Sin el poder de convocatoria de Fidel, la base política de Raúl es peor que endeble, precaria.
En esencia, Fidel Castro nunca dedicó siquiera un segundo de sus cinco décadas en el poder para pensar en su sucesión. Nada aprendió del generalísimo Franco, que sí lo hizo en España, con pleno éxito. Mao Tse Tung, en China, en cambio, fue un desastre. Su país se vio obligado a padecer dos décadas de inestabilidad y de "revolución cultural" antes de encontrar su propio camino. A Tito, en Yugoslavia, le ocurrió peor, y tras su muerte, su país entró en una devastadora guerra civil que lo hizo borrar del mapa.
Lo que más conviene al continente es una transición ordenada y pacífica del poder en Cuba, desde una dictadura comunista a un sistema democrático de plenas libertades. Y esperamos que ello sea resultado de una fórmula negociada y consensuada entre cubanos de dentro y fuera de la isla, sin intromisiones indeseables.