Tras la renuncia de Fujimori
Mientras leíamos los primeros despachos, nuestra reacción era de incredulidad. La lógica nos indicaba que giros tan abruptos no ocurren sin el visto bueno de Estados Unidos; y habríamos apostado a que ni una hoja se movería en Perú mientras Fujimori y su ejército resguardara con puño de hierro la frontera con Colombia.
Tras el anuncio nos parecía ver entre líneas el regocijo de las columnas de Sendero Luminoso, del MTRA, Túpac Amaru y otros grupos guerrilleros, descendiendo desde la sierra en silencio, iluminados por bollos de dinamita, cargando lanzacohetes a la espalda, prestos a tomar las ciudades, ahora que el león está moribundo.
No muy lejos, hacia la frontera norte, el ejército de Colombia estrena sus sesenta helicópteros del plan que lleva su nombre, rociando de metralla y químicos la selva, mientras que a todo lo largo y ancho de Panamá circulan, por tierra y mar, contenedores de armas y explosivos, al lado del Canal. Nadie imagina el daño que 2,700 libras de TNT habría causado, de haber explotado en Bejuco, La Chorrera o el Puente de las Américas. La cosa no es relajo. Pero aquí nadie ve ni sabe nada.
Fujimori se va, pero tras él vendrá, antes que la democracia, el caos a carcajadas, salvo que con los suyos tengan la fuerza y serenidad mínimas para conducir a su país hacia la transición democrática. ¿Toledo? Tamaño disparate. Es un demagogo supremo, sin coraje, ni experiencia, ni habilidad, ni sangre fría, para llenar el inevitable vacío de poder que dejará la ausencia de Fujimori.
Que el mandatario peruano sea un dictador en un régimen corrupto, es cierto. Pero tuvo el mérito de haber acabado con la guerrilla, salvo algunos grupos dispersos y desvencijados. Que violó todos los derechos humanos en el camino, también es cierto; y por eso tiene que irse. Pero en el ínterin, llevó estabilidad a un país anárquico. Perú no es el de hace treinta años. Hoy impera la limpieza y el orden en Lima, Cuzco, Callao y otras ciudades, aunque fuera impuesto con fuerza draconiana.
Pese a todo tiene que irse, de acuerdo. Pero hay que encomendarse a todos los santos para que su retiro, y el de Vladimiro Montesinos, no haga espacio al extremismo anarquista de las guerrillas, ni al desorden callejero que ahuyente las inversiones y envíe de regreso al país a las penumbras.
Legará una montaña de errores, tantos como logros indiscutibles: acabar la hiperinflación, firmar la paz con Ecuador y Chile, implantar el orden, modernizar la economía y poner a raya a las guerrillas. Se le reprochará la disolución del Congreso y la destitución en pleno del Organo Judicial. Pero ambas eran instituciones harto corruptas, aunque no menos que ahora.
Será difícil lograr una transición en paz, con un Colombia en llamas y un narcotráfico dotado de infinitos recursos, presto a aprovechar una baja de guardia para reactivar las lucrativas asociaciones con los campesinos cocaleros y las guerrillas. Antes de Fujimori, era Perú y no Colombia ni Bolivia, el principal productor de coca del planeta. Por eso, la dimisión de Fujimori nos deja una sensación de agridulce de esperanza y preocupación, sabiéndonos la parte más frágil de este ajedrez fatal que es la guerra en Colombia y el área Andina.
Tras el anuncio nos parecía ver entre líneas el regocijo de las columnas de Sendero Luminoso, del MTRA, Túpac Amaru y otros grupos guerrilleros, descendiendo desde la sierra en silencio, iluminados por bollos de dinamita, cargando lanzacohetes a la espalda, prestos a tomar las ciudades, ahora que el león está moribundo.
No muy lejos, hacia la frontera norte, el ejército de Colombia estrena sus sesenta helicópteros del plan que lleva su nombre, rociando de metralla y químicos la selva, mientras que a todo lo largo y ancho de Panamá circulan, por tierra y mar, contenedores de armas y explosivos, al lado del Canal. Nadie imagina el daño que 2,700 libras de TNT habría causado, de haber explotado en Bejuco, La Chorrera o el Puente de las Américas. La cosa no es relajo. Pero aquí nadie ve ni sabe nada.
Fujimori se va, pero tras él vendrá, antes que la democracia, el caos a carcajadas, salvo que con los suyos tengan la fuerza y serenidad mínimas para conducir a su país hacia la transición democrática. ¿Toledo? Tamaño disparate. Es un demagogo supremo, sin coraje, ni experiencia, ni habilidad, ni sangre fría, para llenar el inevitable vacío de poder que dejará la ausencia de Fujimori.
Que el mandatario peruano sea un dictador en un régimen corrupto, es cierto. Pero tuvo el mérito de haber acabado con la guerrilla, salvo algunos grupos dispersos y desvencijados. Que violó todos los derechos humanos en el camino, también es cierto; y por eso tiene que irse. Pero en el ínterin, llevó estabilidad a un país anárquico. Perú no es el de hace treinta años. Hoy impera la limpieza y el orden en Lima, Cuzco, Callao y otras ciudades, aunque fuera impuesto con fuerza draconiana.
Pese a todo tiene que irse, de acuerdo. Pero hay que encomendarse a todos los santos para que su retiro, y el de Vladimiro Montesinos, no haga espacio al extremismo anarquista de las guerrillas, ni al desorden callejero que ahuyente las inversiones y envíe de regreso al país a las penumbras.
Legará una montaña de errores, tantos como logros indiscutibles: acabar la hiperinflación, firmar la paz con Ecuador y Chile, implantar el orden, modernizar la economía y poner a raya a las guerrillas. Se le reprochará la disolución del Congreso y la destitución en pleno del Organo Judicial. Pero ambas eran instituciones harto corruptas, aunque no menos que ahora.
Será difícil lograr una transición en paz, con un Colombia en llamas y un narcotráfico dotado de infinitos recursos, presto a aprovechar una baja de guardia para reactivar las lucrativas asociaciones con los campesinos cocaleros y las guerrillas. Antes de Fujimori, era Perú y no Colombia ni Bolivia, el principal productor de coca del planeta. Por eso, la dimisión de Fujimori nos deja una sensación de agridulce de esperanza y preocupación, sabiéndonos la parte más frágil de este ajedrez fatal que es la guerra en Colombia y el área Andina.