Tras las jubilaciones anticipadas
Me va tan bien en los negocios, que creo me jubilaré antes de los cincuenta", termina un mensaje publicitario de un servicio comercial por Internet. Algo muy malo está ocurriendo a la sociedad panameña cuando, de pronto, existe un desmesurado interés por retirarse de la actividad laboral antes de finalizar la edad productiva.
Nos causa asombro el contraste con las generaciones de mediados y tres cuartos de siglo pasado, de los años 40, 50 y 60, lanzadas a la calle clamando por mejores condiciones de trabajo, vivienda, educación. Las de ahora acentúan sus aspiraciones, más que todo en la jubilación. ¿Es que de pronto, estamos deificando la muerte y no la vida?
Jubilarse es, en cierto sentido, alcanzar las páginas finales del libro de la vida, preparase para los días finales. Ciertamente, nada malo hay en ello, pues se trata de una etapa natural a la que todos llegaremos si no sobreviene antes algo que adelante la partida. La temporalidad es ley de la existencia y, por ende, todo inicio tiene su final. La misma Biblia nos dice que hay tiempo para todo, esto es para nacer, vivir y morir. Pero no eso lo que nos preocupa.
Se supone que las sociedades y las naciones trascienden a los individuos que la componen. Siendo así, es natural que la conciencia de la colectividad tienda más hacia la supervivencia. A eso alude la expresión "relevo generacional" o a la "construcción de las naciones" y al concepto de "memoria histórica". Se dice de ese modo: "Uno es temporal, la Patria es eterna".
Pero, ¿qué pasa cuando los conglomerados gremiales luchan en las calles por una jubilación anticipada y no por mejores condiciones de trabajo? ¿Es ese su objetivo de vida, su meta vital? Si es así, es una pena, porque muchas personas alcanzan la plenitud a avanzada edad, cuando se acumulan las experiencias más fecundas.
Tenemos una hipótesis sobre lo que nos está ocurriendo. La intuimos a partir del día que recibimos el Canal y la explicamos en dos o tres editoriales de esos días. Y es que como país, a la manera de Fukuyama, hemos llegado al "fin de la historia". La lucha canalera nos absorbió como pueblo con tal profundidad, que se convirtió inconscientemente en la única razón histórica de nuestro ser nacional.
De ese modo, llegada a la meta, nos quedamos sin razón de ser y sin rumbo. "Alcanzamos por fin la victoria", destacábamos del Himno Nacional, el que cantamos desde los primeros años por el resto de la vida, siéndonos ya imposible desligarlo del gran triunfo nacional que significó la consolidación de la independencia a través de la heroica lucha por el Canal.
Después de la victoria nos quedó el cansancio de la lucha, para luego abandonarnos a la oscuridad, la irracionalidad, la violencia fratricida y la anarquía. Es el síndrome colectivo de los últimos días, el del Juicio Final tan distante. Por eso el descarrilamiento de nuestra juventud, la obsesión por la muerte y el reinado de los antivalores. Sin darnos cuenta, hemos extraviado los ideales y perdido los sueños.
Nos causa asombro el contraste con las generaciones de mediados y tres cuartos de siglo pasado, de los años 40, 50 y 60, lanzadas a la calle clamando por mejores condiciones de trabajo, vivienda, educación. Las de ahora acentúan sus aspiraciones, más que todo en la jubilación. ¿Es que de pronto, estamos deificando la muerte y no la vida?
Jubilarse es, en cierto sentido, alcanzar las páginas finales del libro de la vida, preparase para los días finales. Ciertamente, nada malo hay en ello, pues se trata de una etapa natural a la que todos llegaremos si no sobreviene antes algo que adelante la partida. La temporalidad es ley de la existencia y, por ende, todo inicio tiene su final. La misma Biblia nos dice que hay tiempo para todo, esto es para nacer, vivir y morir. Pero no eso lo que nos preocupa.
Se supone que las sociedades y las naciones trascienden a los individuos que la componen. Siendo así, es natural que la conciencia de la colectividad tienda más hacia la supervivencia. A eso alude la expresión "relevo generacional" o a la "construcción de las naciones" y al concepto de "memoria histórica". Se dice de ese modo: "Uno es temporal, la Patria es eterna".
Pero, ¿qué pasa cuando los conglomerados gremiales luchan en las calles por una jubilación anticipada y no por mejores condiciones de trabajo? ¿Es ese su objetivo de vida, su meta vital? Si es así, es una pena, porque muchas personas alcanzan la plenitud a avanzada edad, cuando se acumulan las experiencias más fecundas.
Tenemos una hipótesis sobre lo que nos está ocurriendo. La intuimos a partir del día que recibimos el Canal y la explicamos en dos o tres editoriales de esos días. Y es que como país, a la manera de Fukuyama, hemos llegado al "fin de la historia". La lucha canalera nos absorbió como pueblo con tal profundidad, que se convirtió inconscientemente en la única razón histórica de nuestro ser nacional.
De ese modo, llegada a la meta, nos quedamos sin razón de ser y sin rumbo. "Alcanzamos por fin la victoria", destacábamos del Himno Nacional, el que cantamos desde los primeros años por el resto de la vida, siéndonos ya imposible desligarlo del gran triunfo nacional que significó la consolidación de la independencia a través de la heroica lucha por el Canal.
Después de la victoria nos quedó el cansancio de la lucha, para luego abandonarnos a la oscuridad, la irracionalidad, la violencia fratricida y la anarquía. Es el síndrome colectivo de los últimos días, el del Juicio Final tan distante. Por eso el descarrilamiento de nuestra juventud, la obsesión por la muerte y el reinado de los antivalores. Sin darnos cuenta, hemos extraviado los ideales y perdido los sueños.