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A través del tiempo


Hay llamadas telefónicas que producen algarabía, y con la fuerza de un remolino de viento te hacen viajar al pasado como si hubiera una máquina de tiempo en tu mente. Hoy recibí una de esas llamadas de mi condiscípula y amiga Purrunga Barbero, ahora Sra. Carmen de DeMena. Han pasado 59 años sin vernos ni hablarnos, pero ella había seguido mis artículos en El Panamá América y se tomó el trabajo de obtener mi número de teléfono, sorprendiéndome agradablemente.
Yo no hubiera querido detener en el aire la conversación tan amena. Juntas retrocedimos superficialmente, nuestra época en el IPA, y al colgar el teléfono, yo quedé como suspendida en más de medio siglo; hoy pretendo viajar a través del tiempo retrospectivamente.
Con una sensación placentera me parecía oír el timbre de llamada a clases de nuestra Alma Mater, el IPA, que en aquella época, se conocía más ampliamente como la Metodista. Me parecía oír la campaña del tranvía que llegaba hasta Palacio, y al director Walter Oliver despidiendo a los alumnos.
En 1935 excomulgaban a todos los católicos que asistíamos a ese colegio, mientras el Dr. Walter Oliver y su grupo de profesores, casi todos norteamericanos, trataban con ahínco que los alumnos evolucionáramos dentro de una relación vertical, humana y hacia Dios. Formábamos una cadena, cogidos de la mano, viviendo en comunión espiritual digna, íntegra y capaz de enfrentarnos en el mundo de los negocios, cuyas metas, la estadísticas, lo probaron después.
El IPA no tenía piscina; la nuestra fue el mar que nos rodeaba. Gozamos aire puro por muchos años. En aquel tiempo, la bahía estaba limpia y los alumnos la gozaron a pleno pulmón. Su iglesita, una de las más antiguas del país y formando parte del Casco Viejo, fue demolida con el resto del edificio escolar. No me explico por qué todo el conjunto fue destruido en vez de considerarlo Patrimonio Histórico.
Purrunga era hija de metodista, pero no por eso gozaba de privilegio alguno. Ella se daba a todos y creo que servía de eslabón para hacernos sentir en casa. Todos teníamos la misma tarea, ser útil dentro de la sociedad, sin discriminación de ninguna clase.
Hablar con otro es esencialmente saber escuchar, pero haber conversado con mi condiscípula Purrunga, tan distante, pero tan cerca de mí, forjó en mi corazón un lazo tan fuerte que pretendo seguir cultivando. Esto, también, oxigena mis años y trabaja como un soporte para mantener intacto los buenos recuerdos de aquellos cinco años escolares; la gratísima compañía compartida con 43 alumnos que nos graduamos en febrero de 1940. Un grupo espectacular con la misma hidalguía, la misma tarea y el mismo destino. Nuestra meta fue jamás olvidar la esencia de los verdaderos valores: la paz, la justicia y el amor.

101 años de Panamá América

 
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