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A través del túnel del tiempo


Nada se olvida. Todo, los buenos recuerdos y aquello que es preciso borrar, permanece para siempre incrustado en la memoria. Estas son las consecuencias de un cruel trastorno conocido como hipermnesia. Afecta, según los estudiosos, a sólo tres o cuatro personas en el mundo. Sin embargo, millones de usuarios de las redes sociales están expuestos a diario a recibir una inocente caricia del pasado.

Redes como Facebook, con 300 millones de usuarios a nivel global, la española Tuenti o Twitter sirven de punto de encuentro y de reencuentro para muchísimas personas que recurren a estas herramientas virtuales para establecer contacto con otros usuarios.

Cualquier motivo parece bueno para crear un perfil de uno mismo y comenzar a compartir datos, fotos, vídeos y experiencias.

La nota negativa que se destila de estas gigantescas estructuras de conexión interpersonal está, aunque suene extraño, en la infinita memoria que brinda Internet. Millones y millones de datos personales se almacenan día tras día en un stock ilimitado. Un catálogo de recuerdos que permanecen inalterables. No existe la oportunidad del olvido.

Se trata, como afirma la creativa publicitaria y novelista Emma Riverola, “de un periplo interior que a veces compartimos con otras personas. La guerra en contra del anonimato ha sido declarada.

Miedo que “el fenómeno Facebook” combate con un remedio casero: el reconocimiento de los demás. En una canción de Joaquín Sabina en la que se enumeran “más de cien mentiras que valen la pena”, el cantautor español hablaba también de la existencia de “más de cien pupilas en las que vernos vivos”.

Como dijo Gabriel García Márquez, “gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. Después de todo, ese artificio no es más que un viejo coronel retirado de las guerras de Macondo que ha perdido sus galones por la hipermnesia crónica que aqueja a las redes sociales.

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