Tres alianzas y un trono
Vencido el término de postulaciones para las elecciones generales del 2 de mayo, sobreviven tres alianzas para disputar la Presidencia de la República y demás cargos a los que aspiran 10 mil candidatos. El panorama luce, sin embargo, menos complejo que las siete nóminas presidenciales que se presentaron a la contienda en 1994.
Encabeza las encuestas con el 34% de la intención de voto, el conglomerado oficialista que lidera Martín Torrijos, del Partido Revolucionario Democrático, hijo del desaparecido general Omar Torrijos, uno de los gestores del golpe de Estado de 1968 que implantó una dictadura militar de 21 años.
Se ubica en segundo lugar con el 26% de las preferencias Mireya Moscoso, del Partido Arnulfista, ex esposa del fallecido líder Arnulfo Arias, quien fuera acérrimo adversario del militarismo durante su larga carrera política. Moscoso busca emular el fenómeno de las viudas de líderes que tuvo como ejemplos a Corazón Aquino, en Filipinas y a Violeta de Chamorro, en Nicaragua.
Cerca de la anterior se coloca con el 22% el disidente arnulfista Alberto Vallarino, talentoso banquero y empresario que hasta el año pasado abandonó un papel discreto dentro de su partido, para desafiar en las primarias a la hasta entonces indiscutida dirigente Mireya Moscoso. El choque de ambos produjo una escisión que provocó la migración de Vallarino y de sus 50 mil simpatizantes hacia otros partidos más pequeños que ahora sirven de vehículo a sus aspiraciones.
La estrategia de cada uno ha sido diferente. Por un lado Torrijos, realizando giras relámpagos por todo el país, parece diferir sus fuerzas; mientras Moscoso, pasiva, parece estar reservando las suyas, salvo su reciente gran concentración en Antón, donde mostró poder; y Vallarino, concentrándose en el área metropolitana densamente poblada donde busca hacerse fuerte, sacrificando algo de su presencia en el interior.
Los tres están guardando recursos pesados para la guerra publicitaria que arrancará después de carnavales. Vallarino en particular, asume este fin de semana un gran riesgo, al intentar realizar una gran concentración en Penonomé, lugar de profunda raigambre arnulfista, en abierto desafío a Moscoso, cuando apenas arma su guardia. Restaría a Torrijos hacer lo mismo, si sigue el paso frenético de sus adversarios.
Torrijos ofrece continuidad a la labor del actual gobierno, buena para muchos, lo que es a la vez una ventaja y una desventaja; Moscoso plantea algunos cambios, aunque con evidentes vacíos en su equipo de trabajo; y Vallarino propone las reformas más radicales, una nueva constitución incluso, recordando a Hugo Chávez, pero con metas que lucen aún demasiado ambiciosas para algunos.
Los márgenes son estrechos y seguramente oscilarán caprichosos hasta el momento mismo de la votación, con un dramatismo que sólo se perderá quien se sustraiga del proceso y se abstenga de votar ese día.
Encabeza las encuestas con el 34% de la intención de voto, el conglomerado oficialista que lidera Martín Torrijos, del Partido Revolucionario Democrático, hijo del desaparecido general Omar Torrijos, uno de los gestores del golpe de Estado de 1968 que implantó una dictadura militar de 21 años.
Se ubica en segundo lugar con el 26% de las preferencias Mireya Moscoso, del Partido Arnulfista, ex esposa del fallecido líder Arnulfo Arias, quien fuera acérrimo adversario del militarismo durante su larga carrera política. Moscoso busca emular el fenómeno de las viudas de líderes que tuvo como ejemplos a Corazón Aquino, en Filipinas y a Violeta de Chamorro, en Nicaragua.
Cerca de la anterior se coloca con el 22% el disidente arnulfista Alberto Vallarino, talentoso banquero y empresario que hasta el año pasado abandonó un papel discreto dentro de su partido, para desafiar en las primarias a la hasta entonces indiscutida dirigente Mireya Moscoso. El choque de ambos produjo una escisión que provocó la migración de Vallarino y de sus 50 mil simpatizantes hacia otros partidos más pequeños que ahora sirven de vehículo a sus aspiraciones.
La estrategia de cada uno ha sido diferente. Por un lado Torrijos, realizando giras relámpagos por todo el país, parece diferir sus fuerzas; mientras Moscoso, pasiva, parece estar reservando las suyas, salvo su reciente gran concentración en Antón, donde mostró poder; y Vallarino, concentrándose en el área metropolitana densamente poblada donde busca hacerse fuerte, sacrificando algo de su presencia en el interior.
Los tres están guardando recursos pesados para la guerra publicitaria que arrancará después de carnavales. Vallarino en particular, asume este fin de semana un gran riesgo, al intentar realizar una gran concentración en Penonomé, lugar de profunda raigambre arnulfista, en abierto desafío a Moscoso, cuando apenas arma su guardia. Restaría a Torrijos hacer lo mismo, si sigue el paso frenético de sus adversarios.
Torrijos ofrece continuidad a la labor del actual gobierno, buena para muchos, lo que es a la vez una ventaja y una desventaja; Moscoso plantea algunos cambios, aunque con evidentes vacíos en su equipo de trabajo; y Vallarino propone las reformas más radicales, una nueva constitución incluso, recordando a Hugo Chávez, pero con metas que lucen aún demasiado ambiciosas para algunos.
Los márgenes son estrechos y seguramente oscilarán caprichosos hasta el momento mismo de la votación, con un dramatismo que sólo se perderá quien se sustraiga del proceso y se abstenga de votar ese día.