A tres años de su muerte
El pasado domingo 19, se cumplieron tres años del fallecimiento de mi hermano Gabriel. El sigue viviendo permanentemente en mi recuerdo. Su caminar rápido, su sonrisa amplia y amable, su ronca voz y su gesticular dándole énfasis a sus palabras pasan por mis retinas reflejando fielmente su recia personalidad.
Gabriel logró en su corta existencia muchas cosas; venció toda clase de obstáculos y superó las más diversas situaciones adversas. Parecía invencible. Fue siempre un triunfador. A pesar de su tenacidad y gran determinación no fue exitoso sobre la fibrosis pulmonar que tan cruelmente lo atacó. Quería vivir un poco más. Quería llegar al 31 de diciembre y cantar con el resto de los panameños "Alcanzamos por fin la victoria...". Luchó tanto porque en los Tratados Torrijos-Carter prevalecieran los mejores intereses nacionales que sentía en lo más íntimo de su ser, que si no estaba presente en la histórica fecha algo podía empañar la transición. Vivía obsesionado con la reversión del Canal. Su mente muy fecunda en ideas buscaba afanosamente, en sus últimos meses de vida, la elaboración de una estrategia panameña que le diera sentido a una nueva política internacional con los Estados Unidos que reemplazara el tradicional paternalismo que por casi cien años lo regularon. Se empeñaba en diseñar una concepción que permitiera a los dos países mantener unas relaciones especiales que fueran de beneficio mutuo. No quería, por su puesto, que tantos años de convivencia fructífera, con sus altas y sus bajas, se perdiera por la falta de una concepción moderna que orientara los vínculos estrechos que debía haber entre las dos naciones.
Recuerdo que unos pocos meses antes de su muerte, estando Gabriel en la ciudad de Miami, en la espera de un donante para el transplante pulmonar, que era lo único que la ciencia médica consideraba que debía prolongarle su existencia unos cuantos años, recibió la visita inesperada y estrictamente de carácter social de una joven doctora, hija de un prominente asiático amigo suyo. La doctora, sin mayor preámbulo y con muy poco tacto le dijo: "Arregle pronto todas sus cosas y prepárese para morir. Usted lamentablemente, no verá el próximo siglo". Si bien Gabriel sintió el impacto de estas proféticas palabras, no se amilanó ni perdió el optimismo. Confiaba en su coraje y en su fe en Dios para vencer la enfermedad.
Murió Gabriel sin haber visto la entrega del Canal. El día de los actos protocolares en Miraflores lo tuve siempre presente, me parecía verlo inquieto, pero alegre, sonriente y feliz, dándole un fuerte abrazo al Presidente Carter, en señal de triunfo. Al igual que Torrijos y tantos otros patriotas, no pudo presenciar la culminación de lo que por tanto lucharon: la plena soberanía de nuestro país en todo su territorio. El nombre de Gabriel, sin duda alguna, ocupará una posición de honor en nuestra historia patria. El fue parte muy destacada de ese "alpinismo generacional" que culminó con el cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter. Los que aquí aún estamos seguiremos Gabriel, inspirándonos en los ideales patrióticos que tú tuviste.
Gabriel logró en su corta existencia muchas cosas; venció toda clase de obstáculos y superó las más diversas situaciones adversas. Parecía invencible. Fue siempre un triunfador. A pesar de su tenacidad y gran determinación no fue exitoso sobre la fibrosis pulmonar que tan cruelmente lo atacó. Quería vivir un poco más. Quería llegar al 31 de diciembre y cantar con el resto de los panameños "Alcanzamos por fin la victoria...". Luchó tanto porque en los Tratados Torrijos-Carter prevalecieran los mejores intereses nacionales que sentía en lo más íntimo de su ser, que si no estaba presente en la histórica fecha algo podía empañar la transición. Vivía obsesionado con la reversión del Canal. Su mente muy fecunda en ideas buscaba afanosamente, en sus últimos meses de vida, la elaboración de una estrategia panameña que le diera sentido a una nueva política internacional con los Estados Unidos que reemplazara el tradicional paternalismo que por casi cien años lo regularon. Se empeñaba en diseñar una concepción que permitiera a los dos países mantener unas relaciones especiales que fueran de beneficio mutuo. No quería, por su puesto, que tantos años de convivencia fructífera, con sus altas y sus bajas, se perdiera por la falta de una concepción moderna que orientara los vínculos estrechos que debía haber entre las dos naciones.
Recuerdo que unos pocos meses antes de su muerte, estando Gabriel en la ciudad de Miami, en la espera de un donante para el transplante pulmonar, que era lo único que la ciencia médica consideraba que debía prolongarle su existencia unos cuantos años, recibió la visita inesperada y estrictamente de carácter social de una joven doctora, hija de un prominente asiático amigo suyo. La doctora, sin mayor preámbulo y con muy poco tacto le dijo: "Arregle pronto todas sus cosas y prepárese para morir. Usted lamentablemente, no verá el próximo siglo". Si bien Gabriel sintió el impacto de estas proféticas palabras, no se amilanó ni perdió el optimismo. Confiaba en su coraje y en su fe en Dios para vencer la enfermedad.
Murió Gabriel sin haber visto la entrega del Canal. El día de los actos protocolares en Miraflores lo tuve siempre presente, me parecía verlo inquieto, pero alegre, sonriente y feliz, dándole un fuerte abrazo al Presidente Carter, en señal de triunfo. Al igual que Torrijos y tantos otros patriotas, no pudo presenciar la culminación de lo que por tanto lucharon: la plena soberanía de nuestro país en todo su territorio. El nombre de Gabriel, sin duda alguna, ocupará una posición de honor en nuestra historia patria. El fue parte muy destacada de ese "alpinismo generacional" que culminó con el cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter. Los que aquí aún estamos seguiremos Gabriel, inspirándonos en los ideales patrióticos que tú tuviste.