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Tres fechas y una oportunidad


El período de Gobierno de 1999 a 2004 tiene una significación excepcional para Panamá. No es simplemente que los panameños y panameñas, como todos los pueblos, vivamos el comienzo de un nuevo siglo en un nuevo milenio. Este hecho tiene valor simbólico para todos los pueblos y a todos por igual nos invita a una reflexión sobre nuestro pasado y a un compromiso sobre nuestro futuro.
Pero el pueblo panameño celebra, además, en estos cinco años tres fechas de singular importancia, que conjugadas representan una oportunidad decisiva para reforzar nuestra identidad e impulsar nuestro desarrollo.
La primera fecha ya la vivimos. Fue el 31 de diciembre de 1999, cuando el Canal pasó a plena jurisdicción y administración panameñas. En preparación de esta fecha el pasado Gobierno hubiera debido propiciar una conciencia progresista del evento. Hubiera debido fomentar que el país ahondara su percepción de la transferencia del Canal como un logro para el perfeccionamiento de nuestra independencia y para el pleno ejercicio de nuestra soberanía en cuanto Estado Nacional y que el país elaborara una nueva relación con los Estados Unidos, positiva y de cooperación, pero totalmente libre de cualquiera presencia militar subordinante. Desdichadamente, en vez de ello, desvió la atención nacional hacia una controversia regresiva, primero sobre la posible continuación de bases norteamericanas y luego sobre un Centro Multilateral Antidrogas que encubría dicha continuación, y enfrascó a la población en un enconado y divisivo referéndum constitucional.
La Presidenta actual en sus dos discursos del 14 y del 31 de diciembre de 1999 supo enfocar la transferencia del Canal en una perspectiva nacional, incluyente y responsable. Pero no supo darle a la celebración del evento una dimensión de participación dinámica y consciente de nuestro pueblo en el plano colectivo y cultural.
El hecho de que seamos desde el primer día del año 2000 plenamente responsables por el Canal no ha calado aún efectivamente en todas las honduras de nuestro quehacer nacional. Este hecho debe transformar nuestra auto-imagen nacional y nuestra personalidad internacional. Exige de nuestro Gobierno y de nuestra sociedad civil un intento sostenido por lograr concertaciones en torno a una verdadera Agenda de Estado, que apenas se han comenzado en el campo de la política de seguridad. Y exige al mismo tiempo una política exterior de una seriedad y de una proyección que la actual política exterior no tiene todavía. Ni en la una ni en la otra de estas tareas hemos alcanzado hasta ahora un comportamiento a la altura del sustancial significado de la primera fecha a la que nos referimos.
Tenemos, sin embargo, la oportunidad de recuperar el tiempo perdido y de garantizar así la exitosa integración del Canal a Panamá y la positiva transformación de Panamá gracias a dicha integración. De hecho estamos por decidir el plan de modernización del Canal. Ello implica escoger entre alguna versión del tercer juego de esclusas y la posibilidad de otra alternativa, como por ejemplo la sugerida por el Arq. Ricardo J. Bermúdez D., la cual incluye una nueva manera de calcular el peaje del Canal, en base al volumen de agua utilizada, y como complemento la distribución de otros servicios de transporte interoceánico a través del país. La discusión comparativa de estas alternativas nos dará una apreciación de las ventajas y de los costos relativos de cada alternativa desde el punto de vista financiero, ecológico y del desarrollo humano de nuestra población.
Abordemos esta discusión razonablemente, haciendo que participen de la misma el mayor número posible de panameños y panameñas y teniendo en mente primero nuestros intereses nacionales y, además, la repercusión que la satisfacción de los mismos pueda tener sobre los pueblos hermanos de América Latina y sobre el comercio internacional. De esta manera estaremos asumiendo el significado de la transferencia del Canal con una responsabilidad que nos hará madurar como pueblo y como nación para nuestro propio bien, en el concierto de las naciones.
La iniciativa que promueve el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a través de las gestiones del ex - Canciller de Guatemala Eduardo Stein, para propiciar una discusión de los actuales gobernantes con líderes políticos de oposición y dirigentes civiles sobre el plan de modernización del Canal, es bienvenida. Sin embargo, su éxito depende en buen grado de que no se llegue al encuentro con resultados preconcebidos y de que se realice el mismo, no como un acontecimiento aislado, sino como el inicio de un proceso de concienciación de toda nuestra población acerca de la realidad y del futuro del Canal.
El presidente Porras se equivocaba cuando decía "Panamá existe por y para el Canal". Pero es un hecho de que Panamá existe con el Canal y que sin él tendríamos que reinventar nuestras condiciones de vida. Por ello la decisión sobre su modernización es trascendental.
La segunda fecha la viviremos el año próximo. En fecha indeterminada de la segunda mitad del año 2001 celebraremos los 500 años del viaje de Rodrigo de Bastidas a lo largo de la costa atlántica de Colombia hasta la altura de las Islas Mulatas en San Blas o de Puerto Escribano o Retrete en lo que hoy día es Panamá. Si bien este primer descubrimiento de nuestras tierras no dejó un asentamiento humano español, marcó el punto de partida de lo que los historiadores Celestino Andrés Araúz y Patricia Pizzurno llaman "El Panamá Hispano", que es en realidad un Panamá mestizo con vocación de ser un crisol de etnias y de razas.
La tercera fecha la viviremos el 3 de noviembre del año 2003, cuando hemos de celebrar el Centenario de nuestra Independencia y por ende de la República.
Estas dos últimas fechas nos plantean el conjunto de nuestra historia y nos invitan a tomar conciencia de qué hemos logrado hasta ahora como pueblo y como nación y de qué queremos lograr en el futuro a partir de esta historia vivida.
Para conmemorarlas, de una manera que sea cónsona con su hondo significado, debemos comenzar a programar su celebración desde ya, a través de una Comisión Nacional integrada con las personalidades más relevantes de la vida nacional, al margen de cualquiera pequeñez sectaria. Del 2001 al 2003 debiera realizarse en el país un conjunto de actividades públicas a través de los medios, en nuestras universidades y escuelas, en las iglesias y en los clubes cívicos, en los parques y en las calles, por doquier, que traigan a la mente de los panameños y panameñas las figuras y los eventos que nos han hecho lo que somos y que den rienda suelta a la imaginación creadora en las diversas artes para representar y enaltecer los valores más positivos de nuestra trayectoria. Estas actividades no deben limitarse a recordar el pasado, sino que deben abarcar propuestas, sugerencias y sueños acerca de lo que puede y debe ser el futuro de nuestra Patria.
Debiéramos poder crear un ambiente que nos envuelva y entusiasme a todos, que nos haga sentir no sólo el orgullo de ser panameños sino la responsabilidad de ser solidarios los unos con los otros. Debiéramos contribuir así a forjar, más allá del Panamá dividido entre ricos y pobres, entre poderosos y marginados, una comunidad de panameños y panameñas que sientan los unos por los otros lo que Aristóteles llamaba la amistad cívica.
¿Es esto algo imposible? ¿No tendremos acaso la capacidad de sobreponernos a nuestros egoísmos, a nuestras divisiones y a nuestras rencillas para gestar una vivencia colectiva de lo que ha significado nuestra historia, de lo que somos como pueblo y nación y de lo que aspiramos a ser en el futuro?
Cuando escribo estas líneas, me viene a la mente un texto que considero uno de los textos más nobles e inspiradores de toda nuestra literatura. Se trata del discurso que escribió Eusebio A. Morales en 1916 para ser pronunciado al regreso de una misión a la República de Argentina. Decía el político estadista que ha sido considerado la conciencia crítica de la República: "Yo me he preguntado a mí mismo muchas veces: ¿es este realmente un país, un pueblo, una nacionalidad? ¿Existe aquí un verdadero espíritu nacional digno de ser admirado por los historiadores, cantado por los poetas y transformando en leyenda inspiradora en el hogar y en la escuela? ¿Poseemos como colectividad de la decisión enérgica capaz del heroísmo y la resolución suprema capaz del martirio? Y en el recogimiento de mi propia conciencia ha contestado que sí. Nuestra alma nacional existe con elementos de grandeza, nobleza y patriotismo. Ella no se ha revelado todavía porque no se ha visto sometida a la prueba de la adversidad; ella lleva en sí la fuerza latente que determina las acciones gloriosas; ella posee la capacidad requerida para trasformar nuestra humilde nacionalidad de hoy en un Estado vigoroso, próspero, civilizado y feliz. La debilidad del sentimiento de la nacionalidad originada de nuestras condiciones de vida y del modo de haber obtenido la independencia, ha sido y es indudablemente una grave condición de nuestra vida colectiva, pero es un mal que puede llamarse funcional y no una lesión orgánica irremediable. Ese mal, sin embargo, exige pronto y eficaz remedio. ¿Cuál es el remedio?"
La pregunta que se hacía Morales nos sigue acosando hoy en día. A nosotros nos reta más todavía, puesto que hemos pasado "la prueba de la adversidad", tanto de la adversidad de la dictadura como de la adversidad de la invasión. Morales respondía a la pregunta que el remedio es: "despertar, desarrollar, engrandecer y ennoblecer el espíritu nacional". ¿Responderemos nosotros lo mismo? ¿Querremos hacerlo de verdad? ¿Podremos hacerlo realmente? Si la respuesta es afirmativa, tenemos la oportunidad, con 1999 como base, de intentarlo del 2001 al 2003.

101 años de Panamá América

 
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