Tributo a un presidente...
Cuando hace tres años inicié la aventura para completar mi genealogía y conocer así mis orígenes, nunca imaginé que la travesía traería consigo momentos inolvidables.
Sabía que mi apellido paterno provenía de gente ilustre, pero desconocía mi conexión con ellos. La Internet fue de gran ayuda; los documentos oficiales que me enviaron desde Colombia sirvieron de mucho; el correo electrónico que recibí del abogado Juan David Morgan; el artículo de opinión del ex vicepresidente Ricardo Arias Calderón sobre el libro de Ovidio Díaz Espino y la obra de Ismael Ortega Brandao (q.e.p.d.), se convirtieron en una “luz al final del túnel”. El resultado de mi investigación fue gratificante, enaltecedor y me llenó de incalculable orgullo. Descubrí a Manuel Amador Guerrero y su familia.
Ayer, 30 de junio, se conmemoraron 170 años de su natalicio. En 1833 vino al mundo en un minúsculo villorrio de Colombia, Turbaco. Quién imaginaría que llegaría a ser un prominente médico, un reconocido político pero, más importante aún, uno de los gestores y artífices de nuestra nacionalidad. Hizo posible, con tesón y sacrificio, que hoy nos podamos llamar “panameños”.
Algunos lo tildaron de “pusilánime”. Otros de “vende patria”, por la supuesta “leyenda negra”. Yo creo que fue simplemente un hombre. Un individuo que dio lo mejor de sí como médico, ciudadano, padre de familia y político. ¿Quién trabajaría en estos tiempos por 19 años, sin cobrar un quinto, en un hospital, como lo hizo él en el Santo Tomás? ¿Quién pondría en riesgo a su esposa, hijos y nietos, por darle libertad a su pueblo?
No niego que Manuel Amador Guerrero tuvo sus bajones y cometió sus errores. Al fin y al cabo era un ser humano, con virtudes y defectos. En algunas ocasiones dudó, perdió la esperanza. Pero asumió su responsabilidad, superando todos los retos. No se rindió.
No fue un hombre egoísta. En una ocasión, asumió el pago de una fianza de su amigo liberal Carlos A. Mendoza, la cual éste no respetó. Hasta tuvo el descaro de llamarlo “viejo loco”, después de lo que hizo por él. Sin embargo, ese “viejo loco”, cuando se convirtió en el primer presidente de Panamá, trajo progreso a su país.
Tiene mucho mérito lo que Amador Guerrero realizó en Panamá. Otros, en su lugar, se hubiesen acobardado, por el simple hecho de asumir el gran peso, la enorme responsabilidad, de sacar adelante la recién creada nación. Un terruño que estaba sumido en la más extrema pobreza, insalubridad y analfabetismo. Él no lo hizo. Siguió su destino sin vacilar. Con todo y que Bunau Varilla le “jugó la pacheca”.
Podría estar todo el día hablando maravillas de Manuel Amador Guerrero. Podría inundar de adjetivos positivos este artículo. Pero no. Hoy quiero que los que lean esta columna recuerden al hombre, al médico, al comerciante y al político íntegro. Que aprecien el inmenso amor que sintió y manifestó un extranjero, por un país que no era el suyo. Que conozcan al “Primer Panameño”.
Aunque mi abuelo, mi padre y yo no provenimos del presidente, sino de su segundo hermano, Juan de Dios Amador Guerrero, nos sentimos igual de responsables por mantener su legado y respetar su memoria.
Y este año lo vamos a hacer. En noviembre, por primera vez, los descendientes del primer presidente y su hermano se reunirán. Vendrán desde Estados Unidos, para reunirse con los que residimos en Panamá. Juntos, haremos un “pool” de fotos, cartas e invaluables recuerdos en un solo lugar; para rendirles tributo y un homenaje póstumo.
Hoy, tras repasar la vida y obra del “Fundador de la República”, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, siento felicidad al recordarle. Por el otro, tristeza. Tristeza porque al estar celebrando cien años de independencia, de soberanía que tanto le costó, nuestro país está enrumbado hacia la catástrofe y la miseria. Pareciera que su labor no valió la pena.
“Ten fe en que las cosas van a cambiar. Cree en un futuro mejor para los panameños. No pierdas la esperanza”. Eso es lo que me hubiese aconsejado Manuel Amador Guerrero.
Sólo le contestaría: ¡Gracias! y ¡Feliz cumpleaños, señor Presidente!
(jayamal@hotmail.com)
Sabía que mi apellido paterno provenía de gente ilustre, pero desconocía mi conexión con ellos. La Internet fue de gran ayuda; los documentos oficiales que me enviaron desde Colombia sirvieron de mucho; el correo electrónico que recibí del abogado Juan David Morgan; el artículo de opinión del ex vicepresidente Ricardo Arias Calderón sobre el libro de Ovidio Díaz Espino y la obra de Ismael Ortega Brandao (q.e.p.d.), se convirtieron en una “luz al final del túnel”. El resultado de mi investigación fue gratificante, enaltecedor y me llenó de incalculable orgullo. Descubrí a Manuel Amador Guerrero y su familia.
Ayer, 30 de junio, se conmemoraron 170 años de su natalicio. En 1833 vino al mundo en un minúsculo villorrio de Colombia, Turbaco. Quién imaginaría que llegaría a ser un prominente médico, un reconocido político pero, más importante aún, uno de los gestores y artífices de nuestra nacionalidad. Hizo posible, con tesón y sacrificio, que hoy nos podamos llamar “panameños”.
Algunos lo tildaron de “pusilánime”. Otros de “vende patria”, por la supuesta “leyenda negra”. Yo creo que fue simplemente un hombre. Un individuo que dio lo mejor de sí como médico, ciudadano, padre de familia y político. ¿Quién trabajaría en estos tiempos por 19 años, sin cobrar un quinto, en un hospital, como lo hizo él en el Santo Tomás? ¿Quién pondría en riesgo a su esposa, hijos y nietos, por darle libertad a su pueblo?
No niego que Manuel Amador Guerrero tuvo sus bajones y cometió sus errores. Al fin y al cabo era un ser humano, con virtudes y defectos. En algunas ocasiones dudó, perdió la esperanza. Pero asumió su responsabilidad, superando todos los retos. No se rindió.
No fue un hombre egoísta. En una ocasión, asumió el pago de una fianza de su amigo liberal Carlos A. Mendoza, la cual éste no respetó. Hasta tuvo el descaro de llamarlo “viejo loco”, después de lo que hizo por él. Sin embargo, ese “viejo loco”, cuando se convirtió en el primer presidente de Panamá, trajo progreso a su país.
Tiene mucho mérito lo que Amador Guerrero realizó en Panamá. Otros, en su lugar, se hubiesen acobardado, por el simple hecho de asumir el gran peso, la enorme responsabilidad, de sacar adelante la recién creada nación. Un terruño que estaba sumido en la más extrema pobreza, insalubridad y analfabetismo. Él no lo hizo. Siguió su destino sin vacilar. Con todo y que Bunau Varilla le “jugó la pacheca”.
Podría estar todo el día hablando maravillas de Manuel Amador Guerrero. Podría inundar de adjetivos positivos este artículo. Pero no. Hoy quiero que los que lean esta columna recuerden al hombre, al médico, al comerciante y al político íntegro. Que aprecien el inmenso amor que sintió y manifestó un extranjero, por un país que no era el suyo. Que conozcan al “Primer Panameño”.
Aunque mi abuelo, mi padre y yo no provenimos del presidente, sino de su segundo hermano, Juan de Dios Amador Guerrero, nos sentimos igual de responsables por mantener su legado y respetar su memoria.
Y este año lo vamos a hacer. En noviembre, por primera vez, los descendientes del primer presidente y su hermano se reunirán. Vendrán desde Estados Unidos, para reunirse con los que residimos en Panamá. Juntos, haremos un “pool” de fotos, cartas e invaluables recuerdos en un solo lugar; para rendirles tributo y un homenaje póstumo.
Hoy, tras repasar la vida y obra del “Fundador de la República”, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, siento felicidad al recordarle. Por el otro, tristeza. Tristeza porque al estar celebrando cien años de independencia, de soberanía que tanto le costó, nuestro país está enrumbado hacia la catástrofe y la miseria. Pareciera que su labor no valió la pena.
“Ten fe en que las cosas van a cambiar. Cree en un futuro mejor para los panameños. No pierdas la esperanza”. Eso es lo que me hubiese aconsejado Manuel Amador Guerrero.
Sólo le contestaría: ¡Gracias! y ¡Feliz cumpleaños, señor Presidente!
(jayamal@hotmail.com)