Tumbar un árbol
Los árboles y las plantas están en la tierra antes que los seres humanos. Son seres vivos como nosotros y los animales. Respiran, nacen, se reproducen y mueren. Cuando los talamos -los panameños decimos "tumbamos"- lo matamos. De eso se trata, de asesinarlos, quitarles la vida, la misma que nos nutre de todo el oxígeno que respiramos y sin el cual moriríamos. Somos los únicos seres vivos que persigue intencionalmente su propia extinción. No es broma.
Parte de los países industrializados, conscientes de la devastación que hicieron en sus propias tierras, se esmeran en que las naciones en desarrollo no sigan sus pasos. Por eso están pagando para que conservemos los árboles y tienen programas de subsidio en efectivo, uno de los cuales es la "deuda por naturaleza".
Los panameños estamos entre los campeones en devastación de bosques y arboricidas. En un siglo de independencia acabamos con más de un tercio de nuestras existencias de árboles. Nos encantan los peladeros. Para nosotros, la vista más bella es la de una extensa llanura, poblada de ganado, sin árboles que obstruyan la vista. Las organizaciones ambientalistas hacen un gran esfuerzo, pero están perdiendo la guerra.
Durante nuestra época colombiana hubo un escritor que bautizó a nuestro país con el mote de "Panamá la verde". Describía el tremendo impacto que le causaba arribar a la ciudad capital y verla repleta de árboles. Hoy, cada vez los hay menos. Cada nueva urbanización que se construye empieza pelando el terreno con tractores, eliminando su delicada capa vegetal, hasta la base árida de arcilla. Sobre ella se construye. La capa de humus no se recuperará en siglos.
Algunos vecinos conscientes siembran desesperadamente árboles, pero son pocos. La mayoría aprovecha la primera oportunidad para techar y echar cemento. Los calores son infernales. Más árboles son muertos, con autorización de la autoridad. Sus hojas son molestas, tapan las canaletas y desagües, ocasionan desbordes. Sus raíces rompen los pisos, tuberías y aceras. Al final, optamos por la "solución final", matarlos por completo, quitarlos de nuestra vista. No acoplamos la construcción a los árboles, sino éstos a la construcción. Sencillamente, los eliminamos. Un día nos quedaremos solos y nuestros niños perecerán sin dejar apenas huella.
Parte de los países industrializados, conscientes de la devastación que hicieron en sus propias tierras, se esmeran en que las naciones en desarrollo no sigan sus pasos. Por eso están pagando para que conservemos los árboles y tienen programas de subsidio en efectivo, uno de los cuales es la "deuda por naturaleza".
Los panameños estamos entre los campeones en devastación de bosques y arboricidas. En un siglo de independencia acabamos con más de un tercio de nuestras existencias de árboles. Nos encantan los peladeros. Para nosotros, la vista más bella es la de una extensa llanura, poblada de ganado, sin árboles que obstruyan la vista. Las organizaciones ambientalistas hacen un gran esfuerzo, pero están perdiendo la guerra.
Durante nuestra época colombiana hubo un escritor que bautizó a nuestro país con el mote de "Panamá la verde". Describía el tremendo impacto que le causaba arribar a la ciudad capital y verla repleta de árboles. Hoy, cada vez los hay menos. Cada nueva urbanización que se construye empieza pelando el terreno con tractores, eliminando su delicada capa vegetal, hasta la base árida de arcilla. Sobre ella se construye. La capa de humus no se recuperará en siglos.
Algunos vecinos conscientes siembran desesperadamente árboles, pero son pocos. La mayoría aprovecha la primera oportunidad para techar y echar cemento. Los calores son infernales. Más árboles son muertos, con autorización de la autoridad. Sus hojas son molestas, tapan las canaletas y desagües, ocasionan desbordes. Sus raíces rompen los pisos, tuberías y aceras. Al final, optamos por la "solución final", matarlos por completo, quitarlos de nuestra vista. No acoplamos la construcción a los árboles, sino éstos a la construcción. Sencillamente, los eliminamos. Un día nos quedaremos solos y nuestros niños perecerán sin dejar apenas huella.