Ultima oportunidad para Colón
La inauguración de dos terminales de cruceros, la de Cristóbal y Colón 2000, abre para Colón un cúmulo de posibilidades infinitas para salir de la pobreza y miseria en que se halla sumida. Pero para que no se vean frustradas, es menester que sus ciudadanos tomen conciencia que esta es su última oportunidad; y que el éxito o fracaso de ambos hermosos proyectos yace en sus exclusivas manos.
Si como siempre, ceden espacio a la delincuencia y se atraca a los turistas que tímidamente se aventuren por sus calles y aceras, la pagarán con su alma y estómago todas las generaciones presentes y venideras por todos los siglos. Y no habrá MODESCO que los salve jamás.
En República Dominicana, al igual que en todas las islas del Caribe, recibir turismo de cruceros es un privilegio sin par. Cualquiera de esos barcos, de los medianos, carga entre tres mil y cinco mil visitantes extranjeros de alto y mediano ingreso. Se estima que por día, suelen gastar en promedio unos B/.250, aunque no usen hoteles. Ella recibe cerca de dos millones de turistas al año; mientras que Cuba contó su primer millón al cerrar julio.
Puerto Rico recibe cinco millones de visitantes. No imaginamos cómo es que no se hunde la isla entera que normalmente tiene la misma cantidad de habitantes nativos. Pero se nota, porque todo está congestionado. El turismo es prosperidad, alegría, bonanza, empleos.
Seguramente hay tantos maleantes en Santo Domingo como en Colón, con igual o mayor agresividad y capacidad de fuego. Sin embargo, lo que más impresiona al llegar al casco urbano dominicano, tras rodar por su extenso malecón desde el aeropuerto, es la presencia de aquellas inmensas moles flotantes que semejan los rascacielos del Miramar en Avenida Balboa. Son torrentes de turistas volcados a la libre por sus calles. La diferencia entre una y otra ciudad es la conciencia de lo que más conviene. En Santo Domingo, la propia delincuencia "lincha" a quien se mete con los turistas. Saben distinguir lo que es el interés nacional que es el propio. Sin turismo no hay qué comer.
¿Podrán entenderlo los colonenses? Unos apuestan mil a uno que no. Señalan como ejemplo la marcha de MODESCO hacia la Alcaldía el lunes en que inauguraron la terminal de Cristóbal. Por suerte los disturbios se dieron temprano y no interfirieron el corte de cinta presidencial. El mismo día, un grupo de Gatuncillo bloqueó la Boyd Roosevelt en las afueras de la ciudad. ¿Qué impresión se habrían llevado los turistas rodeados por una de esas turbas fantásticas?
¿Por qué la Kansas City Railroad Company tuvo que importar la piedra de los durmientes, habiendo tanta cantera aquí? ¿Por qué se robaban todo, los trabajadores de las terminales? ¿Por qué hurtan y qué hacen con cuanto semáforo se instala en los Cuatro Altos, a la entrada de Colón? ¿Por qué el fraude y la extorsión por las propias autoridades municipales, que son la máxima autoridad de Policía? Basta. Esta es la última oportunidad para Colón; y ojalá lo entiendan, porque no habrá otra.
Si como siempre, ceden espacio a la delincuencia y se atraca a los turistas que tímidamente se aventuren por sus calles y aceras, la pagarán con su alma y estómago todas las generaciones presentes y venideras por todos los siglos. Y no habrá MODESCO que los salve jamás.
En República Dominicana, al igual que en todas las islas del Caribe, recibir turismo de cruceros es un privilegio sin par. Cualquiera de esos barcos, de los medianos, carga entre tres mil y cinco mil visitantes extranjeros de alto y mediano ingreso. Se estima que por día, suelen gastar en promedio unos B/.250, aunque no usen hoteles. Ella recibe cerca de dos millones de turistas al año; mientras que Cuba contó su primer millón al cerrar julio.
Puerto Rico recibe cinco millones de visitantes. No imaginamos cómo es que no se hunde la isla entera que normalmente tiene la misma cantidad de habitantes nativos. Pero se nota, porque todo está congestionado. El turismo es prosperidad, alegría, bonanza, empleos.
Seguramente hay tantos maleantes en Santo Domingo como en Colón, con igual o mayor agresividad y capacidad de fuego. Sin embargo, lo que más impresiona al llegar al casco urbano dominicano, tras rodar por su extenso malecón desde el aeropuerto, es la presencia de aquellas inmensas moles flotantes que semejan los rascacielos del Miramar en Avenida Balboa. Son torrentes de turistas volcados a la libre por sus calles. La diferencia entre una y otra ciudad es la conciencia de lo que más conviene. En Santo Domingo, la propia delincuencia "lincha" a quien se mete con los turistas. Saben distinguir lo que es el interés nacional que es el propio. Sin turismo no hay qué comer.
¿Podrán entenderlo los colonenses? Unos apuestan mil a uno que no. Señalan como ejemplo la marcha de MODESCO hacia la Alcaldía el lunes en que inauguraron la terminal de Cristóbal. Por suerte los disturbios se dieron temprano y no interfirieron el corte de cinta presidencial. El mismo día, un grupo de Gatuncillo bloqueó la Boyd Roosevelt en las afueras de la ciudad. ¿Qué impresión se habrían llevado los turistas rodeados por una de esas turbas fantásticas?
¿Por qué la Kansas City Railroad Company tuvo que importar la piedra de los durmientes, habiendo tanta cantera aquí? ¿Por qué se robaban todo, los trabajadores de las terminales? ¿Por qué hurtan y qué hacen con cuanto semáforo se instala en los Cuatro Altos, a la entrada de Colón? ¿Por qué el fraude y la extorsión por las propias autoridades municipales, que son la máxima autoridad de Policía? Basta. Esta es la última oportunidad para Colón; y ojalá lo entiendan, porque no habrá otra.