Ultimos recuerdos de mi padre
El mes de septiembre no es para mí de buenos recuerdos, a pesar de que otras muchas cosas agradables me han sucedido también durante ese período. Sin embargo, a mis quince años, un acontecimiento ya marcaba la pauta de lo que sería la apreciación permanente de dicho mes durante el resto de mi vida, convirtiéndolo en inspirador de verdadera angustia. Mi padre moría tras larga y triste enfermedad.
Así pues, septiembre se convirtió para mí en la época de los presentimientos medrosos, de los ratos de congoja, de las tristezas inexplicables. Fue ese el mes en que consumido por el cáncer, emprendía el misterioso viaje al más allá quien me engendró. Se fue esa noche, y a partir de ese momento, ya no volvería a escuchar los ruidos callejeros de nuestra ciudad, ni a recibir sus brisas que refrescan, y ya no pasearía jamás a la sombra de los árboles del Parque Catedral, ni atravesaría sus lagos de sol, ni dormiría otra vez con los balcones abiertos, ni vería al despertar el fulgor lechoso de las estrellas.
Aquella noche, el aire enrarecido de su habitación de hospital ahuyentaba mi sueño, y la vigilia, con sus monstruosas garras, engendraba melancólicas ideas en mí. Yo fingía dormir para engañar la vigilancia inquieta de los familiares allí presentes, aunque entonces, en el albur de los puros lechos virginales de esa edad, estallaba ese llanto inconsolable en donde parece morir ahogada la esperanza. Mis sollozos de jovenzuelo cortaban en ese momento aquellas frases calcinadas por la amargura suprema que me hería como lanzazos.
¡Fue horrendo el martirio de vegetar, aprisionado por la debilidad propia! En esos momentos comprendía que si las fuerzas no obedecen al ánimo, éste desmaya, y si lo que nos rodea nos desalienta, la voluntad rota nos abandona y sólo conservamos el vigor para agrandar con el pensamiento nuestra desdicha. Sentía a mi padre pensar. Sus músculos le habían traicionado ya, y toda fuerza le había abandonado. Este subía jadeante sin haber vuelto a pisar la arena de sus playas queridas, sintiendo en sus mejillas el aleteo de la muerte.
Recuerdo, finalmente, el tañido enronquecido de las campanas de la iglesia en donde se le hicieron las honras fúnebres, que no queriendo mojarse con la lluvia que caía en esos momentos, retornaba rápido al campanario. Sentía que aquel bronce se quejaba en un gañido agudo, largo y lacrimoso.
Mi mente recuerda las horas lúgubres que pasé en el rincón húmedo de aquella iglesia, rumiando oraciones ante Jesús y la Virgen María, y que una tos sonora de alguno de los allí presentes se mecía en el espacio, chocaba contra los ventanales y en las paredes, se estrellaba en el techo abovedado del recinto, se volvía a mecer y a chocar a estrellarse como un pájaro ciego.
De mi pecho se desprendía algo, que si no fue la vida en sí ni el hilillo que la sujeta, sí pudo ser un rayo de luz afianzado por la fe. Fue entonces cuando comprendí que no hay llanto que libre al corazón de esa bárbara amargura de no poder afirmar la existencia, cambiando las leyes naturales, imponiendo en el mundo una eterna primavera, obligando al sol a conservar permanentemente su rojizo color de verano, y a los árboles a reverdecer y a los rosales a dar flores.
Mi padre fue el generador que me movió a cambiar. El ejemplo de su vida personal y su inmenso amor por mi madre, su trayectoria de rectitud y honestidad, sus logros profesionales como abogado, diputado y Primer Procurador de la Administración que tuvo nuestro país, me hicieron cambiar, aunque ello tomó algún tiempo.
Hoy todavía veo con recelo el mes de septiembre. De igual forma le pido a Dios por aquellos pequeños seres que todavía sueñan, inocentes y crédulos, en la recuperación física de su más querido ser, confiando esperanzados en el milagro. Por ellos rezo, por ellos pido y por ellos también lucho.
Viento, no los troches; lluvia, no los dejes sin agua; frío, no los muerdas. ¡Sean piadosos con ellos! Dejen que florezca en sus almas el capullo de una ilusión, y que jamás se apague en sus cerebros y en sus almas el mágico farolillo de la esperanza.
Así pues, septiembre se convirtió para mí en la época de los presentimientos medrosos, de los ratos de congoja, de las tristezas inexplicables. Fue ese el mes en que consumido por el cáncer, emprendía el misterioso viaje al más allá quien me engendró. Se fue esa noche, y a partir de ese momento, ya no volvería a escuchar los ruidos callejeros de nuestra ciudad, ni a recibir sus brisas que refrescan, y ya no pasearía jamás a la sombra de los árboles del Parque Catedral, ni atravesaría sus lagos de sol, ni dormiría otra vez con los balcones abiertos, ni vería al despertar el fulgor lechoso de las estrellas.
Aquella noche, el aire enrarecido de su habitación de hospital ahuyentaba mi sueño, y la vigilia, con sus monstruosas garras, engendraba melancólicas ideas en mí. Yo fingía dormir para engañar la vigilancia inquieta de los familiares allí presentes, aunque entonces, en el albur de los puros lechos virginales de esa edad, estallaba ese llanto inconsolable en donde parece morir ahogada la esperanza. Mis sollozos de jovenzuelo cortaban en ese momento aquellas frases calcinadas por la amargura suprema que me hería como lanzazos.
¡Fue horrendo el martirio de vegetar, aprisionado por la debilidad propia! En esos momentos comprendía que si las fuerzas no obedecen al ánimo, éste desmaya, y si lo que nos rodea nos desalienta, la voluntad rota nos abandona y sólo conservamos el vigor para agrandar con el pensamiento nuestra desdicha. Sentía a mi padre pensar. Sus músculos le habían traicionado ya, y toda fuerza le había abandonado. Este subía jadeante sin haber vuelto a pisar la arena de sus playas queridas, sintiendo en sus mejillas el aleteo de la muerte.
Recuerdo, finalmente, el tañido enronquecido de las campanas de la iglesia en donde se le hicieron las honras fúnebres, que no queriendo mojarse con la lluvia que caía en esos momentos, retornaba rápido al campanario. Sentía que aquel bronce se quejaba en un gañido agudo, largo y lacrimoso.
Mi mente recuerda las horas lúgubres que pasé en el rincón húmedo de aquella iglesia, rumiando oraciones ante Jesús y la Virgen María, y que una tos sonora de alguno de los allí presentes se mecía en el espacio, chocaba contra los ventanales y en las paredes, se estrellaba en el techo abovedado del recinto, se volvía a mecer y a chocar a estrellarse como un pájaro ciego.
De mi pecho se desprendía algo, que si no fue la vida en sí ni el hilillo que la sujeta, sí pudo ser un rayo de luz afianzado por la fe. Fue entonces cuando comprendí que no hay llanto que libre al corazón de esa bárbara amargura de no poder afirmar la existencia, cambiando las leyes naturales, imponiendo en el mundo una eterna primavera, obligando al sol a conservar permanentemente su rojizo color de verano, y a los árboles a reverdecer y a los rosales a dar flores.
Mi padre fue el generador que me movió a cambiar. El ejemplo de su vida personal y su inmenso amor por mi madre, su trayectoria de rectitud y honestidad, sus logros profesionales como abogado, diputado y Primer Procurador de la Administración que tuvo nuestro país, me hicieron cambiar, aunque ello tomó algún tiempo.
Hoy todavía veo con recelo el mes de septiembre. De igual forma le pido a Dios por aquellos pequeños seres que todavía sueñan, inocentes y crédulos, en la recuperación física de su más querido ser, confiando esperanzados en el milagro. Por ellos rezo, por ellos pido y por ellos también lucho.
Viento, no los troches; lluvia, no los dejes sin agua; frío, no los muerdas. ¡Sean piadosos con ellos! Dejen que florezca en sus almas el capullo de una ilusión, y que jamás se apague en sus cerebros y en sus almas el mágico farolillo de la esperanza.