Un ángel llamado Adán
Hace unos cuantos años, me vi en la angustiosa situación de llevar a mi padre, de 75 años, a la ciudad de Houston, en el estado norteamericano de Texas, con el fin de corroborar un diagnóstico y definir un tratamiento para combatir un cáncer pulmonar que le quitaba día a día lo que le quedaba de vida.
En mis años de estudiante universitario recorrí esa ciudad en búsqueda de centros comerciales, restaurantes, entretenimiento nocturno y juegos de pelota, pero nunca pensé regresar a Houston para adentrarme en ese complejo sistema de clínicas y hospitales de fama y reconocimiento mundial, mucho menos por una necesidad tan agobiante.
No lo conocía, pero había oído hablar lo suficiente del doctor Adán Ríos como para pedirle a los médicos que remitían a mi padre como paciente, que me dieran su número de teléfono para localizarlo y pedirle el favor que me asistiera.
Desde Panamá logré contactarlo y pasados unos días, me confirmó el programa de citas y exámenes médicos a realizar. Lo localicé tan pronto llegamos a Houston un domingo en la tarde y nos instalamos en un hotel del centro de la ciudad, e inmediatamente inicié una experiencia que ha sobrepasado el tiempo y perdurado en los recuerdos.
Esa misma noche el doctor Ríos nos pasó a buscar al hotel para llevarnos a un evento cultural del Círculo de Lectores de Houston, en compañía de otros panameños y familiares que lo visitaban, donde su amigo, el gran boxeador y también originario de Houston, George Foreman, presentaba su autobiografía en compañía de otros escritores. A partir de ese momento, se estableció con Adán una relación intensa, de solidaridad y apoyo, como si nos hubiéramos conocido toda una vida, desde los tiempos de su infancia en El Chorrillo, ese populoso barrio que lo vio crecer y convertirse, a pesar de las apuestas, en eminente doctor en medicina e investigador en la cura de enfermedades.
Con su carácter sencillo, abierto y jovial, su entusiasmo por la profesión, su nostalgia y añoranza por la patria, su amor por la música y el boxeo (es ya tradicional ver al Dr. Ríos en la esquina de George Foreman en cualquiera de sus peleas), Adán logró con su interés y preocupación por la salud y el bienestar de mi padre, ayudarnos a confrontar la realidad del cáncer, conocer los avances médicos y las probabilidades de éxito de los diferentes tratamientos disponibles y a poner nuestras esperanzas en la voluntad divina, que verdaderamente resuelve el destino final de todos nosotros los mortales.
De regreso en Panamá, y hasta que falleció cuatro meses después mi papá, conversamos de Adán, lo que habíamos hablado con Adán, lo que nos había advertido Adán, y tuvimos la oportunidad de reflexionar lo mucho que él había significado para nosotros en tan poco tiempo, y que como un ángel enviado por Dios en ayuda de seres humanos en necesidad, nos había dispensado calor y calidad humana ante la dureza y la frialdad de la enfermedad, ante lo desconocido de un país y un sistema hospitalario extraño, frente a la impotencia de tener que enfrentar lo desconocido y prepararse para la muerte.
Estas líneas no son una deuda pendiente con Adán, porque mi agradecimiento es personal, interno e imperecedero y él lo sabe.
Sin embargo, he querido publicar este testimonio a raíz de un reconocimiento que se le hace en estos días, para resaltar sus dotes de ángel de paso por este mundo y que su ejemplo sirva de guía e inspiración a tantos otros galenos en la práctica de una medicina más humana y en la búsqueda para sus pacientes de una manera más digna de afrontar las enfermedades.
En mis años de estudiante universitario recorrí esa ciudad en búsqueda de centros comerciales, restaurantes, entretenimiento nocturno y juegos de pelota, pero nunca pensé regresar a Houston para adentrarme en ese complejo sistema de clínicas y hospitales de fama y reconocimiento mundial, mucho menos por una necesidad tan agobiante.
No lo conocía, pero había oído hablar lo suficiente del doctor Adán Ríos como para pedirle a los médicos que remitían a mi padre como paciente, que me dieran su número de teléfono para localizarlo y pedirle el favor que me asistiera.
Desde Panamá logré contactarlo y pasados unos días, me confirmó el programa de citas y exámenes médicos a realizar. Lo localicé tan pronto llegamos a Houston un domingo en la tarde y nos instalamos en un hotel del centro de la ciudad, e inmediatamente inicié una experiencia que ha sobrepasado el tiempo y perdurado en los recuerdos.
Esa misma noche el doctor Ríos nos pasó a buscar al hotel para llevarnos a un evento cultural del Círculo de Lectores de Houston, en compañía de otros panameños y familiares que lo visitaban, donde su amigo, el gran boxeador y también originario de Houston, George Foreman, presentaba su autobiografía en compañía de otros escritores. A partir de ese momento, se estableció con Adán una relación intensa, de solidaridad y apoyo, como si nos hubiéramos conocido toda una vida, desde los tiempos de su infancia en El Chorrillo, ese populoso barrio que lo vio crecer y convertirse, a pesar de las apuestas, en eminente doctor en medicina e investigador en la cura de enfermedades.
Con su carácter sencillo, abierto y jovial, su entusiasmo por la profesión, su nostalgia y añoranza por la patria, su amor por la música y el boxeo (es ya tradicional ver al Dr. Ríos en la esquina de George Foreman en cualquiera de sus peleas), Adán logró con su interés y preocupación por la salud y el bienestar de mi padre, ayudarnos a confrontar la realidad del cáncer, conocer los avances médicos y las probabilidades de éxito de los diferentes tratamientos disponibles y a poner nuestras esperanzas en la voluntad divina, que verdaderamente resuelve el destino final de todos nosotros los mortales.
De regreso en Panamá, y hasta que falleció cuatro meses después mi papá, conversamos de Adán, lo que habíamos hablado con Adán, lo que nos había advertido Adán, y tuvimos la oportunidad de reflexionar lo mucho que él había significado para nosotros en tan poco tiempo, y que como un ángel enviado por Dios en ayuda de seres humanos en necesidad, nos había dispensado calor y calidad humana ante la dureza y la frialdad de la enfermedad, ante lo desconocido de un país y un sistema hospitalario extraño, frente a la impotencia de tener que enfrentar lo desconocido y prepararse para la muerte.
Estas líneas no son una deuda pendiente con Adán, porque mi agradecimiento es personal, interno e imperecedero y él lo sabe.
Sin embargo, he querido publicar este testimonio a raíz de un reconocimiento que se le hace en estos días, para resaltar sus dotes de ángel de paso por este mundo y que su ejemplo sirva de guía e inspiración a tantos otros galenos en la práctica de una medicina más humana y en la búsqueda para sus pacientes de una manera más digna de afrontar las enfermedades.