Un buen magistrado
Debe por tanto ser un hombre de estudio y actualización constante, de vieja data, porque el bagaje jurídico no se improvisa de la noche a la mañana, ni se gana en un seminario o curso especializado. Para su designación pesarán sus méritos propios, sus obras, su trayectoria, no sus preferencias o relaciones políticas ni personales. Ha de contar asimismo con conocimientos vastos en disciplinas complementarias como la sociología, la filosofía, la historia, el arte, el humanismo, la economía y la política, entre otras. Debe igualmente tener una sólida base ética y moral, ser incorruptible y de carácter fuerte frente a las presiones y tentaciones, debe tener sensibilidad social, sentido de justicia, claros valores de la panameñidad y del interés nacional, vocación y conciencia de servicio.
Un buen magistrado se enfrentará a presiones, igual que sus malos colegas. Recibirá halagos, regalos y favores de quienes ostentan el poder. Algunos provendrán del seno del propio organismo al que sirve, pero los rechazará con dignidad y decoro. Será objeto de las veleidades de su cargo, de viajes, choferes, guardaespaldas, exoneraciones, asistentes y del natural deslumbramiento de quien se sabe en la cumbre. Nada alterará su sencillez, la humildad propia de los sabios conscientes de su pequeñez frente a la inmensidad del Universo y sobre todo de su condición de servidor de la comunidad a la que se debe y ha de entregarse de cuerpo y alma.
Ha de ser de amplio criterio y modesto como persona. Firme en la exposición de su criterio, aunque flexible e inteligente para reconocer la razón ajena y rectificar sus yerros.
Ha de ser trabajador infatigable, que no descanse ciegamente en sus asistentes, porque el magistrado es él no sus auxiliares. En ese cargo, no hay cabida para la holgazanería y el poco importa. Ha de saber trabajar en equipo, porque servirá en un cuerpo colegiado, donde deberá guardar respeto y consideración por sus compañeros, al igual que por sus colegas y demás personal de menor rango. Tendrá siempre consciencia de que a mayor sapiencia, más humildad.
Un buen magistrado también será sujeto de tentaciones y, a veces, de amenazas. En más de una ocasión le cobrarán su nombramiento como favor político a cambio de torcer su criterio y quebrar el sentido de la Ley. A nada de eso cederá, porque antepondrá su recto y buen sentido de la justicia y denunciará a quien no respete su alta investidura. Se empinará en momentos de crisis y será superior a las pasiones humanas. Panamá se merece un jurista y ciudadano de ese perfil para su máximo tribunal.
Un buen magistrado se enfrentará a presiones, igual que sus malos colegas. Recibirá halagos, regalos y favores de quienes ostentan el poder. Algunos provendrán del seno del propio organismo al que sirve, pero los rechazará con dignidad y decoro. Será objeto de las veleidades de su cargo, de viajes, choferes, guardaespaldas, exoneraciones, asistentes y del natural deslumbramiento de quien se sabe en la cumbre. Nada alterará su sencillez, la humildad propia de los sabios conscientes de su pequeñez frente a la inmensidad del Universo y sobre todo de su condición de servidor de la comunidad a la que se debe y ha de entregarse de cuerpo y alma.
Ha de ser de amplio criterio y modesto como persona. Firme en la exposición de su criterio, aunque flexible e inteligente para reconocer la razón ajena y rectificar sus yerros.
Ha de ser trabajador infatigable, que no descanse ciegamente en sus asistentes, porque el magistrado es él no sus auxiliares. En ese cargo, no hay cabida para la holgazanería y el poco importa. Ha de saber trabajar en equipo, porque servirá en un cuerpo colegiado, donde deberá guardar respeto y consideración por sus compañeros, al igual que por sus colegas y demás personal de menor rango. Tendrá siempre consciencia de que a mayor sapiencia, más humildad.
Un buen magistrado también será sujeto de tentaciones y, a veces, de amenazas. En más de una ocasión le cobrarán su nombramiento como favor político a cambio de torcer su criterio y quebrar el sentido de la Ley. A nada de eso cederá, porque antepondrá su recto y buen sentido de la justicia y denunciará a quien no respete su alta investidura. Se empinará en momentos de crisis y será superior a las pasiones humanas. Panamá se merece un jurista y ciudadano de ese perfil para su máximo tribunal.