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Un caso: su conocida lección


UNO de los Gobiernos de la década pasada tuvo que hacerle frente a una protesta del Sindicato de Trabajadores de Tocumen, por razones del servicio, y tomó el camino de las medidas drásticas para detener los desajustes del sistema. Actualmente ha vuelto a la palestra un grupo numeroso de controladores aéreos (47 empleados) a quienes se les adeudan 123 meses de vacaciones y 6, 436 horas de tiempo compensatorio, a más de que se quejan de la falta de personal suficiente.
El sistema de radar con que prestan servicios fatiga el sistema nervioso, pero en ocasiones no está funcionando adecuadamente y peligra la seguridad en los vuelos que salen o llegan a Tocumen. Recordamos que en 1996, casi cien controladores suspendieron su labor y casi todos fueron despedidos (en número de 88), viéndose el Gobierno obligado a contratar de urgencia personal extranjero. Como siempre, no fue la mejor solución, sino un rapto de soberbia.
El Aeropuerto de Tocumen es la principal puerta de entrada y salida del país, y su funcionamiento siempre he tenido quejas, de todas partes, por lo que se decidió darle una organización diferente (una mal llamada desburocratización, para estructurar el personal con ribetes de empresa).
Como siempre ocurre con la maquinaria estatal panameña, su organización es desastrosa y el servicio de que se quejan tirios y troyanos, justificadamente, no supera sus conocidas fallas, y de tiempo en tiempo, en ciertos despachos públicos, los empleados o trabajadores se ven obligados a protestar, porque no hay otro remedio. El caso a que nos referimos es muy sintomático, con el agravante de que nacionales y extranjeros tienen una queja permanente, debido a la baja calidad del servicio.
Recordamos que no hace mucho tiempo surgió un basurero en las cercanías del Aeropuerto, y los Zopilotes que llamamos gallinazos, comúnmente, volaban por encima de las pistas, poniendo en peligro la seguridad de los aviones.
El caso nos ha interesado, porque marca como negro síntoma, lo que es el dichoso país en que vivimos. Todos sabemos que el mal tiene origen en la ausencia de organización adecuada, para los aspectos de la vida nacional que requieren regímenes que ofrezcan algún control. Hemos llegado a calificar estas situaciones como la prueba diaria de lo que debemos reconocer como un gran fracaso del país durante todo el siglo XX, que no respeta épocas ni Gobiernos, y que lo mismo da un siglo que otro y un Gobierno u otro, pese a que la palabra fracaso no es usada por nosotros con placer, por lo dura y aparentemente invencible. Pero el hecho de que no haya una sola esfera del acontecer nacional que funcione en forma medianamente aceptable, nos obliga a denominar la triste realidad espantable con la palabra impronunciable pero realista de fracaso.
A nosotros nos produce náuseas esta mediocridad o fracaso nacional que padecemos, aparentemente sin soluciones adecuadas, y sin esperanzas de ellas, no se sabe por cuáles rutas. El estado de crisis irremediable parece ser la característica panameña más arraigada, lo que nos hace acuñar, sobre todo mentalmente, la frase de que somos un país a la deriva, un país al garete, chapuceando en una miasma fétida: una sociedad que no ha podido generar fuerzas sociales internas para la solución de sus propios problemas.
Esperando llegar a los noventa de edad (estamos algo lejos) todavía nos sostienen los amarres de un optimismo que parece candoroso, ante los fracasos colectivos tan abundantes, pero que no nos hacen claudicar del mismo, que nos parece, en ocasiones, como una tabla de salvación (que nos perdone la Caja de Seguro Social) a la cual es necesario asirnos, para no morir del mal que representa nuestro fracaso como país, como nación, como Estado, como sociedad.
Continuamos afirmando que, fuera de los culpables eternos que han sido nuestros Gobiernos, con muy pocas excepciones, los grupos intelectuales que brillan en la opaca luz del panorama nacional, deberían solidarizarse para formular un análisis certero de la existencia nacional, como base para conducir a las mayorías populares por la ruta que deben seguir para su propio beneficio.
Falta elaborar después, un plan social; como un acuerdo legítimo, producto de los talentos nacionales, que con tal bandera convoquen al pueblo a rechazar democráticamente la absurda y envejecida politiquería panameña, la monopolizadora nacional del poder público con el nombre de partidocracia constitucional. Parece que no hay otro camino, si aquilatamos los fracasos nacionales del siglo XX y los síntomas decepcionantes que nos ha dado el primer lustro del siglo que acaba de comenzar.

101 años de Panamá América

 
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