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Un debate necesario


No he escuchado a candidato alguno a la Presidencia de la República plantear el tema de la consolidación de la democracia y su interrelación con la política económica. No parecen advertir que las perspectivas de consolidación de los regímenes democráticos, no sólo en nuestro país sino en el resto de la América Latina, son evidentemente muy difíciles, como claramente lo demuestran las últimas experiencias de tensiones y conflictos políticos y sociales en diversos países, la más reciente en Bolivia.
No sólo hay que superar en muchos de nuestros países el problema de la deuda externa, sino enfrentar además una profunda reorganización del Estado y sus relaciones con la sociedad civil, y además rearticular un modelo dinámico de acumulación, crecimiento y desarrollo capaz de regenerar un excedente substancial y en expansión que pueda satisfacer las agudas demandas sociales.
La propuesta impulsada por los organismos internacionales encargados de implementar las políticas de ajuste y reestructuración, por los gobiernos de los países industrializados, por la banca internacional y por los sectores empresariales y tecnocráticos transnacionalizados de las sociedades en América Latina, continúa siendo la ideología y el programa neoliberal. Ello a pesar de que sus limitaciones sociales y dinámicas han quedado en evidencia y sus costos políticos han resultado intolerables en muchos casos. Es indudable que un proceso renovado de desarrollo requiere de nuevas dinámicas de inserción internacional, de la elevación de la productividad, la eficiencia y la competitividad; del aumento del ahorro y la inversión; de la reducción, nacionalización, flexibilización y mayor eficiencia del aparato estatal, del logro y manutención de un grado razonable de equilibrio en los balances macroeconómicos, y del perfeccionamiento del rol del mercado y los agentes económicos privados, nacionales y extranjeros.
Hay un alto grado de convergencia en estos objetivos y orientaciones generales, pero también hay profundas divergencias del enfoque, así como de diagnóstico y respecto de las políticas económicas y sociales específicas. El neoestructuralismo considera esencial adoptar modalidades de política económica que se puedan conjugar con una acción política no sólo compatible sino fortalecedora de la democracia, para que se compartan razonablemente los inevitables costos sociales de las reformas.
La sobrevivencia de los procesos de democratización requiere de programas políticos y económicos profundamente realistas pero, a la vez, claramente progresistas, en el sentido de tener prioritariamente presente el bienestar de las mayorías populares. No se trata de resucitar populismos añejos, lo que es materialmente imposible.
Hay que tener plena conciencia de las nuevas realidades y exigencias y las restricciones que entrañan. Pero hay que desarrollar también la capacidad de concertar políticamente la realización de las reformas imprescindibles, de tal manera que se compartan sacrificios sociales que entrañan y se distribuyan con mayor justicia los frutos de la recuperación del desarrollo.
Se trata, entre otras políticas concretas, de impulsar la inaplazable mejora de los deteriorados niveles de vida de al menos los sectores más postergados durante estas décadas y más perjudicados por las políticas de ajuste y reestructuración; de procurar el aumento y diversificación de las exportaciones por medio del aumento de la productividad y no sólo por la reducción indiscriminada de aranceles aduaneros; de adoptar medidas concretas y prácticas de concertación, integración regional y de negociación externa conjunta en materia de deuda, acceso a mercados y financiación; de asegurar que la descentralización se realice de forma transparente y que tonifique la sociedad civil, mejore la participación social y política y fortalezca la empresa privada tanto grande como, sobre todo, mediana, pequeña y cooperativa; de robustecer - no obstante su indispensable reorganización - las funciones públicas básicas del Estado y su capacidad para orientar el desarrollo económico, especialmente en materia social, ambiental y de control de los monopolios públicos y privados, nacionales y extranjeros.
En definitiva, el enfoque económico prevaleciente debe ser revisado a la luz de éstas y otras consideraciones, y flexibilizado mediante propuestas políticas y económicas creativas en todas las materias.
Una revisión histórica muestra que no es inevitable que la democracia zozobre ante la crisis y la reorganización de la economía, pero para ello es preciso elaborar propuestas concretas que superen el ideologismo neoliberal y neoconservador, aún en boga en nuestros países, tanto en lo económico como en lo político.
Es fundamental reconocer que la reforma económica ha terminado por imponerse, debido a profundas razones objetivas y reales internas. Además, por poderosos motivos derivados del avanzado proceso de transnacionalización y globalización de la economía. Por tanto, es necesaria e inevitable, aun cuando no hubiera sobrevenido el huracán ideológico neoconservador y neoliberal, y aún cuando no se hubiera producido el colapso de la ideología y la práctica del socialismo. Pero la reforma económica neoliberal, que se superpone a los efectos de la crisis del desarrollo y de la deuda, está teniendo unas consecuencias económicas y, sobre todo sociales, desgastadores y una de las consecuencias es, indudablemente, el comienzo del desmoronamiento de la democracia.
No obstante, debemos insistir en que es preciso reconocer definitivamente y asumir plenamente, y por todos los sectores y actores sociales, que el paso por el purgatorio de la reforma económica es tanto inevitable como necesario.
Los costos sociales son enormes, pero limitados en el tiempo si la reforma se lleva a cabo lo antes posible y con éxito, porque cuanto antes se recupera el crecimiento, tanto mayor es la posibilidad de revertir las tendencias al deterioro social y político. Este es mucho peor, y el purgatorio se prolonga en forma interminable, si la reforma se posterga indefinidamente, si se realiza a medias, con avances y retrocesos, y no se logra un mínimo de éxito. Sin ella no hay probabilidad de reponerse, lo que en cambio se puede evitar en alguna medida es la intensidad y duración del costo social. Y también puede elevarse la probabilidad de sobre vivencia, recuperación y crecimiento.

101 años de Panamá América

 
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