Un debate regional
Son cada vez más los temas que parecen dividir a la América Latina, y aquellas que antes podían ser identificadas como discretas contradicciones en la base, comienzan a ganar espacios abiertos: la violencia organizada y sostenida por el narcotráfico, la corrupción oficial y privada, la libertad de expresión, la migración, la salud, y un largo etcétera.
Cada tema encuentra en el sistema interpretaciones y justificaciones distintas, como si los puntos de referencia estuvieran más a condición de quienes pueden imponerse como fuerza política y económica, en lugar del tradicional fundamento ético de la sociedad. El denominador común lo es, sin embargo, el temor por las consecuencias. ¿Hacia dónde avanza la región?
Semanas atrás, la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresa, en su tradicional conferencia anual, se manifestaba a favor de una radical defensa de las instituciones, como garantía para el fortalecimiento del sistema democrático, una sugerencia acertada pero a todas luces insuficiente. Ello, porque nuestras sociedades reflejan hoy el agotamiento de un modelo centralista que no basta para abordar el cada vez mayor número de problemas sociales.
Basados en una estructura paternalista, ni el populismo ni la democracia centralizada responden a las demandas de estabilidad y gobernabilidad. Al contrario, es urgente prorratear entre la mayoría la administración oficial. La descentralización, más oferta electoral que compromiso serio, debe traducirse en una democratización de las estructuras de poder, con una mayor incorporación de la sociedad a la toma de decisiones. Puede ser un cuco que asuste a más de cuatro que se sienten cómodos dentro de las estructuras actuales. El riesgo, sin embargo, es que mientras todo se centraliza, hay una mayoría que carece de instrumentos para defender la democracia que tanto se alaba.
Tres millones de panameños no pueden seguir siendo espectadores de la "sabiduría" de un aparato administrativo que no llega a cinco mil personas. En la medida en que se mantenga el poder personalizado y minoritario en nada deben sorprender situaciones como las de Venezuela. Hay que democratizar las estructuras de poder, y darle más protagonismo a la sociedad civil. Lo contrario es apostar al colapso.