Un descrédito para la Universidad
¡Condecorar a Fidel Castro¡ La Universidad de Panamá, en la persona de su Rector, impone una condecoración al dictador de Cuba. Al conceder la presea, nuestra máxima Casa de Estudios pretende reconocer las excelencias y virtudes del señor Castro:
Haber usurpado el poder en la isla caribeña y detentarlo con puño de hierro durante más de cuarenta años.
Exportar la llamada "revolución" a otros países de América Latina, lo cual ha costado miles de vidas en guerras civiles, guerrillas y alzamientos armados como han sido los casos tristes de El Salvador, Nicaragua y Colombia.
Ser el causante de la tragedia de incontables familias cubanas que han debido tomar la ruta del exilio, porque no se puede vivir en el "paraíso" creado por el régimen castrista. El éxodo de Cuba es constante. Si las condiciones fuesen favorables, nadie optaría por irse, incluso, arriesgando sus existencias, como es el caso de los "balseros", entre ellos, ancianos, mujeres y niños.
Los desplantes del señor Castro con su trasnochada dialéctica que nos hace ver una realidad que en Cuba no existe. Sus palabras contrastan con la pobreza, el temor, la inseguridad y la distribución desigual de bienes y servicios en la Patria de Martí y Maceo.
Eso es lo que la Universidad aplaude y condecora. A veces estamos bajo la impresión de que la Universidad de Panamá se ha desviado o ha perdido el rumbo académico que le trazó Octavio Méndez Pereira. Si la política criolla prevalece sobre la investigación, las publicaciones, los eventos de altura universitaria, entonces, la institución no está cumpliendo el propósito para el cual fue creada.
Ya la Universidad no invita a prestantes figuras del pensamiento latinoamericano a pronunciar conferencias ilustres, a debatir los graves y trascendentales problemas de este hemisferio, a dejar en la mente de la juventud que se educa, actitudes y conceptos que le repercutan positivamente para toda la vida. Parece que ha pasado al olvido que el Paraninfo fue un foro de renombre, una tribuna que honraron maestros del pensamiento, las artes y las letras que llegaron a Panamá de muchas latitudes.
La Universidad de Panamá deja en la penumbra a la mayor parte de sus catedráticos que han dedicado sus vidas y sus talentos a la creación intelectual, a la investigación silenciosa pero fructífera, a cimentar nuestra identidad nacional en el ejercicio de la docencia, en sus escritos, en la constante peregrinación hacia la verdad, cada quien en su respectiva disciplina. A esos, evidentemente, no se les condecora. Sus libros pasan inadvertidos y son resultado de un esfuerzo titánico personal, porque la Universidad no ofrece las condiciones, el apoyo ni los recursos necesarios que propicien y auspicien esta faena.
¡Condecorar a Fidel Castro! Un dislate más en una universidad politizada, que está diciéndole a sus estudiantes que las dictaduras son buenas, que Castro es un "héroe" porque hace frente a los yankis, que sus posturas demagógicas son un "espejo" en el cual hemos de mirarnos docentes y alumnos.
Esa no fue la Universidad que concibieron Méndez Pereira, Harmodio Arias y José Dolores Moscote. Tampoco la pensaron como un claustro cerrado, de espaldas a las circunstancias en las cuales opera. La Universidad ha de estar abierta a las ideas, a la discusión seria, a la diatriba y planteamientos hondos, a decir una palabra justa y ponderada en las coyunturas históricas trascendentales del país panameño y del continente.
Pero aprovechar la situación meramente circunstancial de la presencia de Panamá del último dictador marxista del mundo, y precisamente para condecorarlo, es un error garrafal que deploro.
La Universidad de Panamá ha de volver por los fueros del academicismo, de la búsqueda constante de nuestra identidad tantas veces amenazada, para honrar el pensamiento de Méndez Pereira, que ostenta su monumento erigido en el campus central. Sólo la cultura nos hará libres, porque en ella están los valores permanentes de la Nación.
El reconocimiento, si así puede llamársele, que la Universidad acaba de hacer a Fidel Castro -a juicio mío- desdice de la misión que ella ha de cumplir en nuestro medio: proyectar sano nacionalismo, vida académica de relieve, logros intelectuales influyentes. El hecho que lamento va en sentido inverso a la esencia de cualquier centro de estudios superiores, y más del nuestro, concebido en irrefutable vocación democrática, trascendente entidad con respeto a las ideas, superación intelectual y excelencia en todas sus expresiones. Castro representa exactamente lo opuesto a tan nobles metas.
En La Habana, Juan Pablo II pidió que "el mundo se abra a Cuba", es decir, al país, a su pueblo tropical y alegre, jamás a la política dictatorial y obsoleta del señor Castro.
Haber usurpado el poder en la isla caribeña y detentarlo con puño de hierro durante más de cuarenta años.
Exportar la llamada "revolución" a otros países de América Latina, lo cual ha costado miles de vidas en guerras civiles, guerrillas y alzamientos armados como han sido los casos tristes de El Salvador, Nicaragua y Colombia.
Ser el causante de la tragedia de incontables familias cubanas que han debido tomar la ruta del exilio, porque no se puede vivir en el "paraíso" creado por el régimen castrista. El éxodo de Cuba es constante. Si las condiciones fuesen favorables, nadie optaría por irse, incluso, arriesgando sus existencias, como es el caso de los "balseros", entre ellos, ancianos, mujeres y niños.
Los desplantes del señor Castro con su trasnochada dialéctica que nos hace ver una realidad que en Cuba no existe. Sus palabras contrastan con la pobreza, el temor, la inseguridad y la distribución desigual de bienes y servicios en la Patria de Martí y Maceo.
Eso es lo que la Universidad aplaude y condecora. A veces estamos bajo la impresión de que la Universidad de Panamá se ha desviado o ha perdido el rumbo académico que le trazó Octavio Méndez Pereira. Si la política criolla prevalece sobre la investigación, las publicaciones, los eventos de altura universitaria, entonces, la institución no está cumpliendo el propósito para el cual fue creada.
Ya la Universidad no invita a prestantes figuras del pensamiento latinoamericano a pronunciar conferencias ilustres, a debatir los graves y trascendentales problemas de este hemisferio, a dejar en la mente de la juventud que se educa, actitudes y conceptos que le repercutan positivamente para toda la vida. Parece que ha pasado al olvido que el Paraninfo fue un foro de renombre, una tribuna que honraron maestros del pensamiento, las artes y las letras que llegaron a Panamá de muchas latitudes.
La Universidad de Panamá deja en la penumbra a la mayor parte de sus catedráticos que han dedicado sus vidas y sus talentos a la creación intelectual, a la investigación silenciosa pero fructífera, a cimentar nuestra identidad nacional en el ejercicio de la docencia, en sus escritos, en la constante peregrinación hacia la verdad, cada quien en su respectiva disciplina. A esos, evidentemente, no se les condecora. Sus libros pasan inadvertidos y son resultado de un esfuerzo titánico personal, porque la Universidad no ofrece las condiciones, el apoyo ni los recursos necesarios que propicien y auspicien esta faena.
¡Condecorar a Fidel Castro! Un dislate más en una universidad politizada, que está diciéndole a sus estudiantes que las dictaduras son buenas, que Castro es un "héroe" porque hace frente a los yankis, que sus posturas demagógicas son un "espejo" en el cual hemos de mirarnos docentes y alumnos.
Esa no fue la Universidad que concibieron Méndez Pereira, Harmodio Arias y José Dolores Moscote. Tampoco la pensaron como un claustro cerrado, de espaldas a las circunstancias en las cuales opera. La Universidad ha de estar abierta a las ideas, a la discusión seria, a la diatriba y planteamientos hondos, a decir una palabra justa y ponderada en las coyunturas históricas trascendentales del país panameño y del continente.
Pero aprovechar la situación meramente circunstancial de la presencia de Panamá del último dictador marxista del mundo, y precisamente para condecorarlo, es un error garrafal que deploro.
La Universidad de Panamá ha de volver por los fueros del academicismo, de la búsqueda constante de nuestra identidad tantas veces amenazada, para honrar el pensamiento de Méndez Pereira, que ostenta su monumento erigido en el campus central. Sólo la cultura nos hará libres, porque en ella están los valores permanentes de la Nación.
El reconocimiento, si así puede llamársele, que la Universidad acaba de hacer a Fidel Castro -a juicio mío- desdice de la misión que ella ha de cumplir en nuestro medio: proyectar sano nacionalismo, vida académica de relieve, logros intelectuales influyentes. El hecho que lamento va en sentido inverso a la esencia de cualquier centro de estudios superiores, y más del nuestro, concebido en irrefutable vocación democrática, trascendente entidad con respeto a las ideas, superación intelectual y excelencia en todas sus expresiones. Castro representa exactamente lo opuesto a tan nobles metas.
En La Habana, Juan Pablo II pidió que "el mundo se abra a Cuba", es decir, al país, a su pueblo tropical y alegre, jamás a la política dictatorial y obsoleta del señor Castro.