Un docente distinguido
Una pertinaz lluvia caía, rebosando la rica floresta del cerro Ancón y su entorno. Osvaldo Gudiño Aguilar recibía esa noche a sus colegas de docencia universitaria. Sonrisas y abrazos, lograron censurar aquella dolencia que agobiaba su cuerpo. Abren la puerta a las voces y los recuerdos. Y así, en su hogar, resaltaron las características del hombre que tenía en la sencillez de su trato, el punto de partida de su decálogo de relaciones humanas. Sus ideas e interrogantes penetraban sin distorsión, apoyadas en su excelente dicción y voz grave, pulidas tras sus años como periodista de Radio Nacional. Con la nitidez de su léxico, sin marañas, cuestionaba en sus conversaciones con sus colegas, los mareos del poder y la gloria humana. Fue un convencido de que el buen proceder llenaba la alcancía de la convivencia, como lo reiteró en sus diálogos habituales.
Osvaldo no necesitaba de saco y corbata, simplemente de anécdotas y los apuntes de su experiencia, la reflexión y el estudio, para darnos a conocer la riqueza del -no pocas veces complicado- idioma Español. Como profesor de esa especialidad, dictó la cátedra Lenguaje de la Comunicación en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá. Obras como las de Martín Vivaldi, las combinó con lo que aprendió durante los años en la redacción del noticiero nacional y en esas vivencias que da el ejercicio del periodismo; así orientó con sapiencia y destreza a centenares de futuros comunicadores sociales.
Sobrepasó los 60 años, pero inmerso en esa madurez que dejan los pesares y las alegrías. Su dedicación la dirigió a la semántica, por los efectos que produce en el mensaje y proceso de la comunicación. El costumbrismo y los alcances de la descripción de Hemingway, el misterio de Dickens y las páginas del andar literario de García Márquez, estimularon su sed de cómo expresar el pensamiento, interpretar el contexto de las palabras y disipar la confusión de la narrativa.
Al despedirlo el 14 de julio en la Iglesia San Pablo Apóstol, el padre que ofició la misa habló del amor que Osvaldo profesó a su familia e invitó a los asistentes a exaltar los valores que lo distinguieron. Una visión que Gabriel Marcel, al referirse al sentido del hombre y la sociedad, la resumió en esta expresión: “una fuerza poderosa y secreta asegura que si los otros no existieran, no existiría yo tampoco¨.
Osvaldo no necesitaba de saco y corbata, simplemente de anécdotas y los apuntes de su experiencia, la reflexión y el estudio, para darnos a conocer la riqueza del -no pocas veces complicado- idioma Español. Como profesor de esa especialidad, dictó la cátedra Lenguaje de la Comunicación en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá. Obras como las de Martín Vivaldi, las combinó con lo que aprendió durante los años en la redacción del noticiero nacional y en esas vivencias que da el ejercicio del periodismo; así orientó con sapiencia y destreza a centenares de futuros comunicadores sociales.
Sobrepasó los 60 años, pero inmerso en esa madurez que dejan los pesares y las alegrías. Su dedicación la dirigió a la semántica, por los efectos que produce en el mensaje y proceso de la comunicación. El costumbrismo y los alcances de la descripción de Hemingway, el misterio de Dickens y las páginas del andar literario de García Márquez, estimularon su sed de cómo expresar el pensamiento, interpretar el contexto de las palabras y disipar la confusión de la narrativa.
Al despedirlo el 14 de julio en la Iglesia San Pablo Apóstol, el padre que ofició la misa habló del amor que Osvaldo profesó a su familia e invitó a los asistentes a exaltar los valores que lo distinguieron. Una visión que Gabriel Marcel, al referirse al sentido del hombre y la sociedad, la resumió en esta expresión: “una fuerza poderosa y secreta asegura que si los otros no existieran, no existiría yo tampoco¨.