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Un dulce sueño


He vuelto a mi afición predilecta, escuchar música instrumental. Con ella recorro caminos extraños y mi alegría de vivir se robustece. Cierro mi mente a los acontecimientos deplorables del país, y mi imaginación vuela a un mundo íntimo, y el mismo personaje aparece ante mí mientras duermo. Comparto con mis lectores un dulce sueño, al amanecer del 10 de septiembre, cuando yo hubiera cumplido 58 años de feliz matrimonio.
Yo sentí que la música me devolvía el aliento; sentí que me abrazaban fuertemente, que labios conocidos se juntaban con los míos, que me susurraban al oído "te sigo amando", dame tu mano que yo te llevaré a mi mundo, donde nadie roba, donde nadie mata; donde no hay drogas, donde los niños no son delincuentes, donde no hay políticos inescrupulosos, donde sólo se proclama el amor. Caminarás tanto sin cansarte y sin miedo. Tu aliento se confundirá con el mío. Te llevaré a esa línea donde se pierde el crepúsculo y verás un mundo despejado donde no existe el hambre ni niños vendiendo estampitas, ni cárceles paupérrimas.
No temas, entre nubes y destellos tomaré una estrella para ti, que se convertirá en un prendedor que lleva tu nombre. Será luminoso y esa luz te guiará hasta que me alcances. Acuérdate que sólo existe el hoy; cierra los ojos y sentirás que siempre estuve a tu lado. Nuestros anillos se mantendrán siempre como una mancuerna inseparable.
Desperté muy asustada, con muchas preguntas en mi mente. No fue una pesadilla ni un sueño para interpretarlo y jugar la lotería. ¿Quién me regaló este sueño? Lo escribí todo en borrador para reproducirlo más adelante. Fue una experiencia inolvidable digna de la promesa que Chito me hizo en salud y enfermedad; en la juventud y en la edad mayor. Un dulce sueño; una experiencia sublime que hago partícipe a mis lectores.

101 años de Panamá América

 
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