Un Estado Palestino
Cierto que con la actual espiral de violencia y el estancamiento de las negociaciones de delimitación territorial, resta mucho todavía para que la idea de un estado soberano palestino sea una realidad. Pero es indudable que el tiempo acelera a favor de ello.
Moralmente tiene sustento y políticamente también. Tanto derecho tenían los judíos de crear su estado en Palestina en 1948, - si es que se asume que lo tenían -, como los palestinos que derivan su nombre de la tierra donde siempre vivieron y de la cual salieron por la fuerza de las armas.
Arqueológicamente se ha demostrado que ya por el siglo XXIII antes de Cristo, había palestinos en la estrecha franja situada entre el valle del Jordán y el norte del Sinaí, donde fueron invadidos por israelíes desde tiempos de Moisés, debiendo desde entonces ceder a la presión militar. Pero nunca se fueron del todo. Y su resistencia a todos los invasores que en interminable sucesión se dieron fue ejemplar y valiente. Y así han sido hasta ahora.
Momentáneamente dispersos por varias naciones árabes vecinas y muchos de ellos por el mundo, comparten la misma diáspora que padecieron los judíos. En Zona Libre de Colón son un grupo fuerte y pujante, extraordinariamente trabajador. En Chile y casi todas las naciones, igual. Hoy hay más árabes palestinos en Estados Unidos que judíos, aunque éstos tengan mayor poder económico y político.
Pero al margen de la razón histórica, la correlación política favorece la creación del nuevo estado. Tras ese concepto está alineada monolíticamente toda Europa, China y Rusia, entre las mayores potencias. Y en Estados Unidos la opinión pública favorece cada vez más la misma idea.
Siendo así, parecen maduras las condiciones para traer de una vez por todas la paz al atribulado Cercano Oriente, mediante una negociación madura que procure conjugar los intereses de palestinos e israelíes. Al margen de los centenares de muertos de las últimas semanas, lo esencial está resuelto: ya hay un territorio en su mayor parte delimitado, ya hay un gobierno con una policía medianamente organizada, ya hay un acuerdo de reconocer al Estado de Israel y de renunciar a su destrucción. Lo que resta es mínimo. Y por eso la frustración de Clinton, de ver tan cerca la paz que rebotaba como un globo al viento al toque de los dedos.
Israelíes y palestinos tendrán que ceder más temprano que tarde, resignándose a compartir Jerusalén y los lugares santos, tomando en parte el modelo de Berlín, dividida tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial. El mundo está harto de una guerra y matanza absurda, y del permanente estado de tensión con sus secuelas petroleras, aderezadas con botones nucleares y hedor a genocidio, a aplastamiento y abuso del más débil por el más fuerte.
Moralmente tiene sustento y políticamente también. Tanto derecho tenían los judíos de crear su estado en Palestina en 1948, - si es que se asume que lo tenían -, como los palestinos que derivan su nombre de la tierra donde siempre vivieron y de la cual salieron por la fuerza de las armas.
Arqueológicamente se ha demostrado que ya por el siglo XXIII antes de Cristo, había palestinos en la estrecha franja situada entre el valle del Jordán y el norte del Sinaí, donde fueron invadidos por israelíes desde tiempos de Moisés, debiendo desde entonces ceder a la presión militar. Pero nunca se fueron del todo. Y su resistencia a todos los invasores que en interminable sucesión se dieron fue ejemplar y valiente. Y así han sido hasta ahora.
Momentáneamente dispersos por varias naciones árabes vecinas y muchos de ellos por el mundo, comparten la misma diáspora que padecieron los judíos. En Zona Libre de Colón son un grupo fuerte y pujante, extraordinariamente trabajador. En Chile y casi todas las naciones, igual. Hoy hay más árabes palestinos en Estados Unidos que judíos, aunque éstos tengan mayor poder económico y político.
Pero al margen de la razón histórica, la correlación política favorece la creación del nuevo estado. Tras ese concepto está alineada monolíticamente toda Europa, China y Rusia, entre las mayores potencias. Y en Estados Unidos la opinión pública favorece cada vez más la misma idea.
Siendo así, parecen maduras las condiciones para traer de una vez por todas la paz al atribulado Cercano Oriente, mediante una negociación madura que procure conjugar los intereses de palestinos e israelíes. Al margen de los centenares de muertos de las últimas semanas, lo esencial está resuelto: ya hay un territorio en su mayor parte delimitado, ya hay un gobierno con una policía medianamente organizada, ya hay un acuerdo de reconocer al Estado de Israel y de renunciar a su destrucción. Lo que resta es mínimo. Y por eso la frustración de Clinton, de ver tan cerca la paz que rebotaba como un globo al viento al toque de los dedos.
Israelíes y palestinos tendrán que ceder más temprano que tarde, resignándose a compartir Jerusalén y los lugares santos, tomando en parte el modelo de Berlín, dividida tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial. El mundo está harto de una guerra y matanza absurda, y del permanente estado de tensión con sus secuelas petroleras, aderezadas con botones nucleares y hedor a genocidio, a aplastamiento y abuso del más débil por el más fuerte.