Un foro permanente de diálogo
Aunque erráticos en su cumplimiento, foros como las reuniones de Coronado y Bambito han servido como un ejercicio preparatorio. Es cierto que no todos los acuerdos consensuados en aquellas memorables reuniones llegaron a plasmarse, por una y otra razón. Y que en estos momentos el Organo Ejecutivo intenta aplicar una reforma tributaria consensuada con los diversos sectores de la sociedad civil, lamentablemente en una coyuntura crítica que más recomienda alicientes tributarios que medidas fiscalistas.
En todo caso, lo trascendente es que el diálogo adquiera carta de ciudadanía y que se destierre el método de imponer decisiones sorpresivas o unilaterales que tantos estragos desencadenó en el pasado. Pero la cultura del diálogo requiere formalización legal. En otras palabras, deben proveerse los mecanismos legislativos para que el foro económico tripartito se inscriba en la estructura legal y deje de ser una reacción eventual y transitoria generada por necesidades fácticas.
El foro económico podría proporcionar las bases constitutivas de un proyecto nacional en el que se tracen políticas estatales estables que cohesionen un estado moderno. En el pórtico del siglo veintiuno no podemos reciclar la incongruencia de que el gobierno en funciones anule o trabe los programas de desarrollo del gobierno saliente y que prevalezca la persecución de los funcionarios por sus ideas políticas y se substituyan cíclicamente burocracias empíricas reclutadas en los fondos turbios del clientelismo político. No; así no puede cimentarse el estado moderno que nos merecemos los panameños. No podemos proseguir trazando programas al calor de un mitin electoral o en conciliábulos secretos de cúpulas partidarias. Mucho menos improvisando planes que siembran incertidumbre y confusión sobre metas por alcanzar.
Apolítico por sus fines intrínsecos; representativo por la constitución de su naturaleza gremial; constructivo por el alcance de sus programas y metas, el foro económico puede ser el punto de partida de un nuevo capítulo de la historia panameña en la medida que conjugue en forma abierta y democrática iniciativas que nos rescaten del subdesarrollo y la improvisación intermitente.
En todo caso, lo trascendente es que el diálogo adquiera carta de ciudadanía y que se destierre el método de imponer decisiones sorpresivas o unilaterales que tantos estragos desencadenó en el pasado. Pero la cultura del diálogo requiere formalización legal. En otras palabras, deben proveerse los mecanismos legislativos para que el foro económico tripartito se inscriba en la estructura legal y deje de ser una reacción eventual y transitoria generada por necesidades fácticas.
El foro económico podría proporcionar las bases constitutivas de un proyecto nacional en el que se tracen políticas estatales estables que cohesionen un estado moderno. En el pórtico del siglo veintiuno no podemos reciclar la incongruencia de que el gobierno en funciones anule o trabe los programas de desarrollo del gobierno saliente y que prevalezca la persecución de los funcionarios por sus ideas políticas y se substituyan cíclicamente burocracias empíricas reclutadas en los fondos turbios del clientelismo político. No; así no puede cimentarse el estado moderno que nos merecemos los panameños. No podemos proseguir trazando programas al calor de un mitin electoral o en conciliábulos secretos de cúpulas partidarias. Mucho menos improvisando planes que siembran incertidumbre y confusión sobre metas por alcanzar.
Apolítico por sus fines intrínsecos; representativo por la constitución de su naturaleza gremial; constructivo por el alcance de sus programas y metas, el foro económico puede ser el punto de partida de un nuevo capítulo de la historia panameña en la medida que conjugue en forma abierta y democrática iniciativas que nos rescaten del subdesarrollo y la improvisación intermitente.