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Un futuro que podría ser prometedor


Panamá no podrá satisfacer las necesidades inmediatas de sus ciudadanos, si su economía sigue funcionando usando dispositivos de freno y palancas de desaceleración. Como funcionario de la CLICAC, que ha seguido científicamente las incidencias de mercado y la temperatura interna del movimiento de consumidores, no puedo más que comentar que en nuestro país, si queremos salir de la modorra del subdesarrollo, tenemos que aprender a aprovechar las oportunidades y desarrollar industrias que sean eficientes y competitivas en los mercados internacionales.
Nuestra tasa de crecimiento económico ha decrecido significativamente en los últimos doce meses, de manera que ahora resulta imposible a las autoridades cumplir sus promesas de mayores empleos sostenibles. Los índices de crecimiento económico pueden y deben mejorar, pero antes es necesario aumentar las inversiones de capital nacional y extranjero, crear infraestructuras y polos de desarrollo, y capacitar en educación y generación apropiada de tecnologías.
Los procesos que regulan el crecimiento económico de un país son graduales, dando frutos en décadas y no en días. Por lo tanto, la seguridad económica constituye la prioridad principal en la agenda nacional. Nuestra historia revela que la economía se ha caracterizado por baja productividad, férrea y recurrente protección a la producción nacional y una sustitución caprichosa a las importaciones. Con la excepción de la banca, los puertos, las telecomunicaciones y algunos otros sectores emergentes, los componentes tradicionales de la economía han mostrado fatiga. Esta realidad significa que el país no está aprovechando sus ventajas comparativas.
La explicación de este desaprovechamiento es la falta de una política educativa de cara a nuestra realidad nacional, lo cual nos está haciendo pagar desde hace décadas un alto costo en cuanto al aprovechamiento de mejores oportunidades de crecimiento y desarrollo. Por un lado, la educación pública no es adecuada y el mercado no tiene capacidad para la oferta de graduados que salen a buscar trabajo. Por otro lado, en Panamá no hay una buena educación vocacional superior y por lo tanto, hay escasez de mano de obra calificada.
Pareciera que nuestros antepasados mostraron mayor interés por los asuntos de la educación. En la administración del Doctor Harmodio Arias Madrid, cuando estaba el país en plena convalecencia fiscal, fue evidente el compromiso ineludible con "la segunda necesidad del pueblo, que es la educación". El presidente Arias, preocupado porque se mejorara la educación, consiguió una reforma de los planes de estudio de las escuelas primarias, normales, comerciales, secundarias y universitarias; mejoró los sueldos de los maestros; construyó un sinnúmero de edificios escolares; fundó el Centro de Estudios Pedagógicos e Hispanoamericanos, así como la Universidad de Panamá. Mi abuelo, Don Rubén Darío Carles Oberto, fue ministro de Educación y durante su gestión visitó todos los centros de enseñanza de la República, y allí le escucharon decir que "el conocimiento no se gasta". Por convicción de mis padres, aprendí que la vida es un permanente examen de conciencia en donde se juzga el amor a la patria. De allí mi reflexión de que la civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe.
Existen razones suficientes para estar preocupados del presente y señalarles a las autoridades del Ministerio de Educación, actuales y futuras, que serán ellos los responsables de que Panamá pierda o gane esa importante carrera para ésta y las futuras generaciones. En la educación reposa nuestra única posibilidad de éxito como nación. No hay un mayor recurso que el de un hombre y una mujer educada. Ningún país puede moverse hacia un mejor futuro y ninguna sociedad libre puede siquiera mantenerse como tal, a menos que la mayoría de sus ciudadanos estén educados.
Nuestro progreso como nación estará asegurado si avanzamos en aras de una mejor educación. Los requisitos para que Panamá sea más competitiva, las esperanzas para mayores índices de crecimiento, y las necesidades de toda la comunidad, exigen el máximo de esfuerzo por parte de las autoridades de educación para hacer de cada niño panameño, un ciudadano pensante. Aquel que no ha estudiado se parece a una caña de bambú: hueca por dentro, no tiene meollo, no sabe nada. Sin educación, no se aprovechan las aptitudes y no destella la sabiduría. La primera pregunta que deben hacerse los gobernantes y la más importante es: ¿tienen los niños y niñas del país la oportunidad de desarrollar cualesquiera talentos que posean? No todos tenemos los mismos talentos, pero, en principio, todos deberíamos tener iguales oportunidades para desarrollarlos.
La educación como estrategia de cambio y vehículo de desarrollo económico, debe asumirse como agenda de Estado. La clave para alcanzar el éxito está en llevar a un debate nacional la idea que la educación pública sea obligatoria hasta sexto año de nivel secundario y gratuita hasta el último año de educación vocacional. La consigna de país debe ser "todos a la escuela a estudiar y aprender". El tema de la educación es un asunto que merece seriedad, de allí la urgencia de que el Ministerio de Educación sea más eficaz y no reporte a las bases del partido de turno.
En principio hay un problema de asignación de recursos porque no existe una política educativa adecuada. Actualmente hay demasiadas escuelas públicas que no tienen los medios necesarios para dotar de una educación adecuada a los niños. Hay demasiados estudiantes y muy pocos maestros. Hay pocos salones y muchos alumnos. Hay muchos maestros que son despedidos injustamente y otros que están mal pagados y mal formados. Y muchos niños talentosos que ni siquiera alcanzan la educación superior por falta de escuelas. Mientras el Ministerio de Educación destine el grueso de presupuesto a gastos de operación y funcionamiento, y no desarrolle una política de competencia en el sector privado, esta situación no podrá revertirse.
Si de verdad nuestros gobernantes quieren solucionar este problema y sacar al país por los senderos de la competitividad y del desarrollo económico; si de verdad quieren vencer las trabas de la pobreza, la pesadez de la mediocridad y el entorpecimiento de la ineficiencia, entonces atrévanse a crear, con propósito de país, los estándares de excelencia en educación y disponer de tal excelencia en todas las aulas de clase.
Y entiendan que hay que hacerlo como una medida de supervivencia, porque los otros países ya lo están haciendo. Según un estudio reciente sobre los países de la OECD, el gasto público en los países desarrollados crece más rápido que su riqueza, aumenta la inversión privada y el mayor incremento presupuestario se produce en la educación superior. De igual forma, los países en desarrollo luchan por frenar el abandono escolar prematuro de casi la mitad de los niños y por alcanzar la plena escolarización en el 2015. También en el Foro Mundial de Educación celebrado en Senegal este año, se puso de manifiesto que la clave para romper el fatal vínculo entre ignorancia y miseria es el esfuerzo que hagan los países por extender la educación básica a todos los estratos sociales.
Según los autores Herrera y Madrid, la tasa de retorno general de la educación en Panamá es 13%. Esta relación refleja cuánto se incrementa el ingreso del individuo por cada año de educación invertido. Si comparamos esta cifra con la de nuestros países vecinos como Costa Rica (17%) y Colombia (19%), observamos que la contribución de la educación en la distribución del ingreso en Panamá es menor, reflejando así una baja productividad.
Cuando hayamos alcanzado los estándares de excelencia en educación, las ondas del futuro llegarán a nuestro país como un acto de liberación y celebraremos juntos un mismo credo de esperanza y porvenir. Pero antes es necesario despertar a la economía, y sacarle rápidamente el freno y todas las palancas de desaceleración. El actual sistema educativo no trabaja, porque no tiene recursos ni programas de largo plazo, y esa es la verdad de nuestros tiempos. Hay que cambiarlo porque no funciona.
La reforma de la educación es todo un reto para el conjunto de la sociedad panameña. Podemos, como en el pasado, agriar la convivencia en una discusión inacabable. Pero también tenemos la posibilidad de estar hoy a la altura de nuestras necesidades objetivas para resolverlo de forma definitiva. Tomemos con seguridad lo mejor del pasado, pero movámonos rápido hacia lo mejor del futuro. Vivamos el presente y aprovechemos las oportunidades para garantizar un futuro prometedor.

101 años de Panamá América

 
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