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Un gobierno sin juego de cintura


Cuando nuestros gobernantes avistan una crisis se paralizan, quedan atrapados más bien, y tienden a responder bastante tarde con reveses y melindres característicos de la más burda indignidad. Un botón de muestra sería el de los jubilados quienes, con sus protestas, llegaron a convertir la ciudad ni más ni menos que en un infierno durante los últimos días. Este es un asunto que no tenía porqué ganar el tamaño titánico que adquirió. Sólo hacía falta un poco de oído, visión, tacto, capacidad de negociación y buen juicio, virtudes que, tal parece, escasean en el olimpo gubernativo.
El episodio de los jubilados demuestra que al gobierno le falta olfato, y mucha capacidad de maniobra. No sabe distinguir los movimientos que pueden adquirir notoriedad, y es incapaz de neutralizarlos en su cuna. En este caso se decidió esperar a que la ola ganara un volumen tal que se hiciera difícil pararla, pues tampoco se tiene el farallón de la firmeza democrática, y nadie se iba a atrever a subyugar a nuestros ancianos con los rigores de la policía antimotines. Esta es sólo una muestra. Otro ejemplo se dio con la discusión de la reforma a la ley del Seguro Social, cuando el gobierno declinó al diálogo y casi pierde el país.
Lo chocante es que al final del camino es invariable que se llegue a alguna forma de transacción, y se logren acuerdos que de una u otra manera pondrán fin al conflicto. Pocos piensan que en el camino habrán dejado una ciudad que padeció tranques, pérdidas económicas y engorrosos días de dificultad. Casi ninguno considera aquellos terceros que aportan el sacrificio y el calvario que sirve de moneda en la caótica negociación. Para hacer gobierno, se debe contar con mayor capacidad de discernimiento y juego de cintura. Pretender ser un ogro, cuando no se tiene ni el tamaño ni el tono de voz para el papel, es penoso y somete a la nación a angustias innecesarias.

101 años de Panamá América

 
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