¿Un gran ejemplo de democracia?
Hemos venido consignando nuestros puntos de vista en torno a los problemas nacionales, en general, y sobre los políticos, particularmente, gracias a que El Panamá América, desde hace año y medio, nos ha brindado su hospitalidad. En esa colaboración hemos mantenido una opinión objetiva, no personalista, y casi siempre planteando lo que entendemos como soluciones benéficas para el país. Por ello hemos insistido en escribir sobre problemas políticos y estatales de fondo, ya que en Panamá hace mucha falta demostrar la continuidad inveterada que tiene, a la altura de un siglo de República, la problemática general que afecta muy profundamente al país.
El triunfo electoral que obtuvo el Sr. Martín Torrijos no ha sido, como la propaganda interesada lo estuvo pregonando el 2 de mayo desde las 6:30 de la tarde en adelante, "el gran triunfo de la democracia panameña". Esta última frase no ha sido más, entre nosotros, que una frase muy superficial y cajonera, que colma el estrecho horizonte de la partidocracia imperante en la tierra de Justo Arosemena, sobre todo en 1983 a esta parte. Lo atribuimos a esa partidocracia, porque la Constitución y la Ley Electoral crean el monopolio de la postulación de candidatos a la Presidencia y Vicepresidencias, de legisladores y de alcaldes, para los partidos políticos, los cuales, como la realidad lo demuestra, escogen a sus candidatos en los conciliábulos de sus reducidas cúpulas. Así, el triunfo eleccionario de quien obtiene la Presidencia como candidato seleccionado por tales métodos partidarios, no representa verdaderamente una hazaña de la democracia, sino un acto propio de las oligarquías políticas.
Esta vez hubo tres candidatos (no incluidos a uno, que tenía la selección de "su" partido, y ninguna simpatía en el pueblo), y esa tremenda propaganda orquestada al costo de millones de dólares, por los partidos, en esta última campaña eleccionaria, es lo que lleva a las urnas a un electorado que la mentira política y la demagogia populachera convierten en "carne de cañón electoral".
Incluso ha habido candidatos triunfantes, que van a la Presidencia ni siquiera por mayoría de los votantes, sino hasta por una tercera parte de los mismos, gracias a lo que dispone la Constitución y la interpretación dada por la Corte Suprema de Justicia, las que de este modo han rechazado la segunda vuelta (balotage), situación verdaderamente antidemocrática, en la que algunos presidentes resultaron elegidos hasta por una tercera parte de los votantes.
Adicionalmente, el sistema electoral panameño vigente ha caído, entre otros vicios politiqueros, en la paradójica circunstancia de que un candidato triunfante puede ir a la Presidencia, aunque el partido que lo postuló no tenga un estatuto legal y jurídico, al momento de su postulación y elección. Es otras palabras, en el caso panameño, se trata de un sistema electoral divorciado, a veces, del mismo Derecho que la poderosa partidocracia ha impuesto, y que ni siquiera lo cumple. Así, no pocas veces la política panameña ha resultado ser un régimen supuestamente jurídico, en el cual esa misma partidocracia, apoyada por el Tribunal Electoral, ha incluido en la Constitución y en la Ley nada menos que un subsidio estatal, que en esta última ocasión ha alcanzado la cantidad de B/. 60 millones, como si los dueños de tales partidos fueran pobres de solemnidad.
En la elección del domingo último, el verdadero triunfo ha sido de esa funesta partidocracia, que hace presidentes y legisladores, para que gobiernen, no en beneficio del pueblo, sino en favor de intereses plutocráticos bien conocidos, siendo ésta una verdad permanente en nuestras lides eleccionarias.
Y el resultado total vendrá pronto, porque cuando se imponía que los candidatos les dieran a conocer al pueblo cuáles eran las soluciones que ofrecían al pueblo panameño para la gran crisis financiera de la Caja de Seguro Social; a un desempleo que en cifras reales y no en parámetros estadísticos llega a un 20% de la población trabajadora; al hambre física en que vive, según estadísticas extranjeras, nada menos que casi un millón de panameños; una deuda externa que últimamente alcanzó los 9 mil millones, sin que el Tesoro Público pueda pagarla, si no es endeudándose más, etc., etc.
Debemos terminar este comentario, con motivo de una elección general cuyo resultado estaba a la vista, porque ya se nos agotó el espacio.
El triunfo electoral que obtuvo el Sr. Martín Torrijos no ha sido, como la propaganda interesada lo estuvo pregonando el 2 de mayo desde las 6:30 de la tarde en adelante, "el gran triunfo de la democracia panameña". Esta última frase no ha sido más, entre nosotros, que una frase muy superficial y cajonera, que colma el estrecho horizonte de la partidocracia imperante en la tierra de Justo Arosemena, sobre todo en 1983 a esta parte. Lo atribuimos a esa partidocracia, porque la Constitución y la Ley Electoral crean el monopolio de la postulación de candidatos a la Presidencia y Vicepresidencias, de legisladores y de alcaldes, para los partidos políticos, los cuales, como la realidad lo demuestra, escogen a sus candidatos en los conciliábulos de sus reducidas cúpulas. Así, el triunfo eleccionario de quien obtiene la Presidencia como candidato seleccionado por tales métodos partidarios, no representa verdaderamente una hazaña de la democracia, sino un acto propio de las oligarquías políticas.
Esta vez hubo tres candidatos (no incluidos a uno, que tenía la selección de "su" partido, y ninguna simpatía en el pueblo), y esa tremenda propaganda orquestada al costo de millones de dólares, por los partidos, en esta última campaña eleccionaria, es lo que lleva a las urnas a un electorado que la mentira política y la demagogia populachera convierten en "carne de cañón electoral".
Incluso ha habido candidatos triunfantes, que van a la Presidencia ni siquiera por mayoría de los votantes, sino hasta por una tercera parte de los mismos, gracias a lo que dispone la Constitución y la interpretación dada por la Corte Suprema de Justicia, las que de este modo han rechazado la segunda vuelta (balotage), situación verdaderamente antidemocrática, en la que algunos presidentes resultaron elegidos hasta por una tercera parte de los votantes.
Adicionalmente, el sistema electoral panameño vigente ha caído, entre otros vicios politiqueros, en la paradójica circunstancia de que un candidato triunfante puede ir a la Presidencia, aunque el partido que lo postuló no tenga un estatuto legal y jurídico, al momento de su postulación y elección. Es otras palabras, en el caso panameño, se trata de un sistema electoral divorciado, a veces, del mismo Derecho que la poderosa partidocracia ha impuesto, y que ni siquiera lo cumple. Así, no pocas veces la política panameña ha resultado ser un régimen supuestamente jurídico, en el cual esa misma partidocracia, apoyada por el Tribunal Electoral, ha incluido en la Constitución y en la Ley nada menos que un subsidio estatal, que en esta última ocasión ha alcanzado la cantidad de B/. 60 millones, como si los dueños de tales partidos fueran pobres de solemnidad.
En la elección del domingo último, el verdadero triunfo ha sido de esa funesta partidocracia, que hace presidentes y legisladores, para que gobiernen, no en beneficio del pueblo, sino en favor de intereses plutocráticos bien conocidos, siendo ésta una verdad permanente en nuestras lides eleccionarias.
Y el resultado total vendrá pronto, porque cuando se imponía que los candidatos les dieran a conocer al pueblo cuáles eran las soluciones que ofrecían al pueblo panameño para la gran crisis financiera de la Caja de Seguro Social; a un desempleo que en cifras reales y no en parámetros estadísticos llega a un 20% de la población trabajadora; al hambre física en que vive, según estadísticas extranjeras, nada menos que casi un millón de panameños; una deuda externa que últimamente alcanzó los 9 mil millones, sin que el Tesoro Público pueda pagarla, si no es endeudándose más, etc., etc.
Debemos terminar este comentario, con motivo de una elección general cuyo resultado estaba a la vista, porque ya se nos agotó el espacio.