"Un gringo integrado"
Con esas palabras describía mi padre, Joseph Harrington (q.e.p.d.), su especial vinculación a su segunda patria, Panamá. Desde que desembarcó por primera vez en el puerto de Cristóbal en 1939, cuando fungía como oficial de tesorería de la Grace Line, optó por integrarse permanentemente al país que lo recibiera tan cálidamente.
Cincuenta años más tarde, atribuiría su éxito en este sentido al haber seguido al pie de la letra los consejos de otro inmigrado a Colón, el célebre hebreo húngaro radicado en esa ciudad atlántica, Max Bilgray: "Si quieres llevarte bien con los panameños, debes mirarles fijamente a los ojos mientras hablas". Tan práctico consejo aplicó el economista recién graduado de la Univesidad de Notre Dame en sus tratos con todos los panameños por igual.
Desde los prácticos del Canal que acompañaba a las naves fondeadas cuando estuvo empleado en Boyd Brothers, a los estibadores de origen antillano que atendía a diario mientras servía en la aduana del puerto de Cristóbal, a los indios de la sierra coclesana donde recolectó caucho natural durante la Segunda Guerra Mundial, a sus compañeros de aula en la incipiente Universidad de Panamá, a sus jóvenes contertulios de la histórica Plaza de Santa Ana (de cuya Junta Cívica fue miembro honorario), a las damitas deslumbradas por el apuesto irlandés en los salones del antiguo Club Unión, a los capitalistas locales e internacionales con quienes fundó en Panamá bancos, industrias y empresas financieras, a los 250 empleados locales que empleó en la distribución farmacéutica de la Pfizer Corporation que ubicó en Colón (donde él era el único extranjero), hasta los diversos presidentes de Panamá quienes lidió como autor intelectual de la Zona Libre de Colón, y, muy especialmente, a los campesinos interioranos verbalmente humildes a quienes atendía acompañado a sendos embajadores en su calidad extraoficial de "attaché folklórico" de la Embajada de los Estados Unidos.
Otro consejo de Bilgray concernía las relaciones internacionales de Panamá, el que debe entenderse en contexto de las realidades imperantes de esa época: "Como irlandés, imagínese a Irlanda partida en dos por un canal operado por una potencia mil veces más grande".Fiel al mandato de su convicción y conciencia, y en su suave estilo, el "gringo integrado" abogó metódicamente durante años por una diplomacia personal de pueblo a pueblo que condujera a una resolución definitiva de un conflicto geopolítico envuelto en pasiones de difícil mediación. Durante la ratificación de los Tratados Torrijos-Carter en el senado, viajó varias veces a los Estados Unidos para promover una postura moral frente a las causas mismas del conflicto, y por estos esfuerzos fue condecorado oportunamente por ambos gobiernos.
Es por ello que, en este el primer aniversario de su reunión con la panameña compañera de toda su vida, sus hijos repetimos con ese poeta que sabiamente sentenció:
"Muchas personas entrarán y saldrán de tu vida, pero sólo verdaderos amigos dejarán huellas en tu corazón"
Cincuenta años más tarde, atribuiría su éxito en este sentido al haber seguido al pie de la letra los consejos de otro inmigrado a Colón, el célebre hebreo húngaro radicado en esa ciudad atlántica, Max Bilgray: "Si quieres llevarte bien con los panameños, debes mirarles fijamente a los ojos mientras hablas". Tan práctico consejo aplicó el economista recién graduado de la Univesidad de Notre Dame en sus tratos con todos los panameños por igual.
Desde los prácticos del Canal que acompañaba a las naves fondeadas cuando estuvo empleado en Boyd Brothers, a los estibadores de origen antillano que atendía a diario mientras servía en la aduana del puerto de Cristóbal, a los indios de la sierra coclesana donde recolectó caucho natural durante la Segunda Guerra Mundial, a sus compañeros de aula en la incipiente Universidad de Panamá, a sus jóvenes contertulios de la histórica Plaza de Santa Ana (de cuya Junta Cívica fue miembro honorario), a las damitas deslumbradas por el apuesto irlandés en los salones del antiguo Club Unión, a los capitalistas locales e internacionales con quienes fundó en Panamá bancos, industrias y empresas financieras, a los 250 empleados locales que empleó en la distribución farmacéutica de la Pfizer Corporation que ubicó en Colón (donde él era el único extranjero), hasta los diversos presidentes de Panamá quienes lidió como autor intelectual de la Zona Libre de Colón, y, muy especialmente, a los campesinos interioranos verbalmente humildes a quienes atendía acompañado a sendos embajadores en su calidad extraoficial de "attaché folklórico" de la Embajada de los Estados Unidos.
Otro consejo de Bilgray concernía las relaciones internacionales de Panamá, el que debe entenderse en contexto de las realidades imperantes de esa época: "Como irlandés, imagínese a Irlanda partida en dos por un canal operado por una potencia mil veces más grande".Fiel al mandato de su convicción y conciencia, y en su suave estilo, el "gringo integrado" abogó metódicamente durante años por una diplomacia personal de pueblo a pueblo que condujera a una resolución definitiva de un conflicto geopolítico envuelto en pasiones de difícil mediación. Durante la ratificación de los Tratados Torrijos-Carter en el senado, viajó varias veces a los Estados Unidos para promover una postura moral frente a las causas mismas del conflicto, y por estos esfuerzos fue condecorado oportunamente por ambos gobiernos.
Es por ello que, en este el primer aniversario de su reunión con la panameña compañera de toda su vida, sus hijos repetimos con ese poeta que sabiamente sentenció:
"Muchas personas entrarán y saldrán de tu vida, pero sólo verdaderos amigos dejarán huellas en tu corazón"