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¡Un hipódromo en Amador!


Panamá sigue siendo un país surrealista. En el área de la Calzada de Amador se invirtió decenas de millones de balboas para crear una infraestructura turística de primera calidad, a tono con una estrategia diseñada y programada por al menos dos gobiernos nacionales para lograr un óptimo y armonioso uso y explotación de las tierras revertidas del Canal, y para obtener un máximo beneficio de nuestros recursos turísticos.
Lo demás es historia sabida. Si bien la Calzada de Amador se convirtió en el más bello paraje turístico de la urbe capitalina y un orgullo nacional en todo el sentido de la expresión, los prometidos hoteles no llegaron sino a cuentagotas. Lo que creímos sería objeto de un desarrollo en breve plazo, padece hoy la espera parsimoniosa propia del lento crecimiento económico mundial.
Las inversiones iniciales, sin embargo, están allí, a la vista de cualquiera que transite por los bellos parajes de Amador. Cierto que hay más letreros que obras concretas; pero están llegando. El lugar cuenta con una espectacular marina colmada de yates y veleros, casi una decena de regios restaurantes y un hotel con vista al Canal. Allí se edificará un museo marino, obra del genial arquitecto Frank Ghery. Ghery es para la Arquitectura lo que un Picasso para la pintura y un Beethoven para la música. Su solo nombre atrae multitudes hacia sus obras, que son verdaderos clásicos contemporáneos de su disciplina. Ghery está casado con una panameña oriunda de Antón, provincia de Coclé. Quizás ese detalle explique el interés de un genio de tal envergadura en un minúsculo país perdido en un rincón del Caribe.
Las perspectivas de desarrollo de Amador son hoy inmensas y seguras. Es sólo cuestión de tiempo antes de que más hoteles, marinas, tiendas y restaurantes se sumen al museo de Ghery para erigirlo en un sitio de atracción turística de categoría mundial, con la ventaja colateral de su cercanía al Canal, el Casco Viejo de la ciudad, Taboga y Contadora, entre otros.
Lamentablemente, nuestros gobiernos suelen actuar como en la procesión de Portobelo, dos pasos para adelante y uno para atrás. Trasladar el hipódromo Remón a Amador es tan descabellado que raya en la estupidez. Pero como quiera que aquí, a veces, pareciera que tal condición reinara, es mejor alertar seriamente a la ciudadanía para impedirlo a cualquier costo.
De lo contrario, las moscas, los malos olores, el ruido y el estercolero terminarán frustrando, entre las patas de los caballos, un bello sueño que está a punto de convertirse en realidad, el ver elevar a Amador a un sitial privilegiado del turismo internacional, orgullo de todos los panameños.

101 años de Panamá América

 
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