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Un juego peligroso


“Supongamos que fuese el istmo de Panamá, punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente ¿no continuarán éstos (pueblos) en la languidez y aun en el desorden actual?”. Bolívar. Cartas de Jamaica (1815).

El sueño de nuestros libertadores ha sido el de crear una sola gran nación. Una nación capaz de enfrentar con éxito un futuro común ineludible. Comenzamos a cumplir 2 siglos de aquella revolución republicana que a 200 años de distancia pareciera más ilusoria que nunca. Pasados los primeros 100 años en soledad, en los 100 restantes todavía no hemos aprendido a convivir entre nosotros. Resentidos, desconfiados, egoístas, altaneros, ingratos y desmemoriados vamos transitando por la historia, enfrentados y dando tumbos.

La cosa hoy pasa por Colombia y Venezuela. Gestoras de aquella platónica idea primigenia que no ha podido encarnarse. Y lo que duele aún más es que sean ellas las que han entrado en el peligroso juego de sospechas y recriminaciones.

Chávez vive sometido a la obsesión de un socialismo bolivariano que encierra una contradicción permanente, tanto histórica como conceptual. Bolívar no era socialista, abogaba por un gobierno republicano vitalicio como también lo quiere Uribe y tampoco puede haber socialismo auténtico si no existe una democracia legitimada, no sólo por una constitución política equilibrada, sino por su verdadero y legítimo espíritu, el de la libertad de expresión, el derecho a la propiedad, justicia social y la igualdad ante la ley. Pero Chávez no es producto de una generación espontánea de la izquierda criolla, ni nació de un golpe de Estado Preventivo a la hondureña. Guste o no a sus oponentes Chávez es el golem venezolano hecho a medida por una generación política oportunista, corrupta y egoísta y por una oligarquía petrolera que desde la altura de sus torres fueron ciegas, sordas y mudas ante la realidad que las rodeaba desde abajo. Una realidad que hoy pega con fuerza donde más les duele: en la boca.

Del otro lado, Colombia encara una lucha tan paradójica como Venezuela, su hermana siamesa. Lo que empezó siendo un levantamiento armado en respuesta al asesinato de Eliécer Gaitán, genuino demócrata socialista, termina en un contubernio delincuencial por el control del petróleo blanco colombiano y su brazo armado, las FARC. Mercado el del narcotráfico que Uribe ataca desde el productor local pero rehuye al gran consumidor del norte. Para Uribe, la lucha contra el narcotráfico provoca “daños colaterales” veniales, como la agresión a su otro hermano carnal: Ecuador, en una frontera que es incapaz de proteger sin ayuda. Pero bajo el manto sagrado del Pentágono la narcopolítica también produce pingües “beneficios colaterales” a sus ostensibles ambiciones políticas. Su segunda reelección lo convertiría en presidente bolivariano vitalicio. Intento que sus admiradores aplauden con el mismo fervor cínico con que vitorean a los golpistas de Honduras. En los extremos, Chávez y Uribe son más parecidos de lo que aparentan sus discrepancias. Mediáticos, astutos, personalistas, agresivos e ideológicamente galvanizados, cada uno en su acera y con su personal estilo, representan las dos caras de una misma moneda: la de un gran país que no pudo ser.

101 años de Panamá América

 
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