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Un liberalismo raro


Durante un reciente viaje a Nueva York, quise visitar nuevamente el Museo Frick, ubicado en la antigua mansión sobre la Quinta Avenida de Henry Clay Frick, quien fue Presidente de la Corporación de Acero Carnegie. La misma contiene una colección de maestros de las pinturas inglesa, flamenca, española e italiana. Entre ellos se encuentra un maravilloso retrato de Tomás Moro por Hans Holbein, de la primera mitad del siglo XVI. Muestra la recia figura del Gran Canciller de Inglaterra bajo Enrique VIII, quien escribió la “Utopía”, expresión ideal de un socialismo cristiano. Con los ojos mirando fijamente hacia adelante y el resto de su cuerpo en sólida tranquilidad, el retrato revela la firmeza de convicciones que habría de llevarlo luego a sufrir el martirio a manos del rey antes que denegar su fe religiosa.
En la tienda de la mansión-museo me llamó la atención una pequeña publicación elegantemente empastada de Andrew Carnegie, el fundador de la Corporación de Acero. Vivió de 1835 a 1919 y fue posiblemente el hombre más rico del mundo en su tiempo, un barón de la industria en la época del capitalismo salvaje de los Estados Unidos, quien competía con John D. Rockefeller tanto en acumular riqueza como en donar dinero a causas filantrópicas. Me sorprendió el título: “El Evangelio de la Riqueza”, porque reúne vocablos contradictorios: por una parte “El Evangelio” o la buena nueva, cuyo mensaje fundamental incluye “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios” (Lucas, 6, 20), y “Riqueza” que el evangelio sólo recomienda que atesoremos en el cielo, no en la tierra.
Leí con sumo interés el texto, redactado originalmente en junio de 1889, cuando Carnegie tenía 54 años. Desde los 13 años había emigrado de Escocia hacia Pittsburg en los Estados Unidos y, superando su pobreza original, había logrado una acumulación sorprendente de riqueza. En el opúsculo, Carnegie formuló la visión que tenía de su mundo y de su papel en el mismo, muy diferente de la visión de Tomás Moro en su “Utopía”.
De acuerdo con Carnegie, el problema fundamental de su época era cómo administrar la riqueza de manera que la fraternidad siga vinculando armónicamente a ricos y pobres. La vida humana ha experimentado una revolución en los últimos tiempos, que generó una dramática diferenciación entre las condiciones de vida de un millonario y las de un trabajador. Además de ser inevitable, dicha diferenciación es esencial para el progreso y por ello beneficiosa. La ley de la competencia rompió la comunicación entre empleador y trabajadores, sacrificando la homogeneidad de la sociedad. Pero a través de un nuevo modo de producción de miles de trabajadores reunidos en una fábrica, los artículos de lujo de antaño se han convertido en las necesidades de hoy en día.
Para Carnegie la competencia resulta en la concentración de la actividad económica en pocas manos y, por lo tanto, asegura la sobrevivencia de los más aptos. La desigualdad es así condición del futuro progreso de la raza. El individualismo competitivo se subsume en la lucha biológica por ese futuro progreso. La competencia económica se acompaña así de un darwinismo racial. La clave en esta sociedad la tiene el individuo con capacidad organizativa y gerencial, que es rara y por eso acarrea enormes ventajas financieras para quien la posee. Es una ley que los hombres dotados de este talento para los negocios necesariamente terminan, en el contexto del libre juego de las fuerzas económicas, con más ingreso que el que pueden gastar para ellos mismos, lo cual beneficia a la raza.
La civilización, piensa Carnegie, se inició cuando el trabajador capaz e industrioso le dijo al incompetente y perezoso: si no siembras no cosecharás. Sobre el carácter sagrado de la propiedad -tanto el derecho del trabajador a sus $100 de ahorros, como el del millonario a sus millones- se basa la civilización. Por eso el socialismo y el anarquismo atentan contra la fundación misma de la civilización. El proyecto comunista de sustituir el individualismo, de manera que el hombre trabaje no para sí mismo, sino en aras de la fraternidad que lo une a su prójimo, aunque admitamos que es un ideal más noble, requeriría cambiar la propia naturaleza humana, lo que tomaría un tiempo ilimitado. El individualismo, la propiedad privada, la ley de acumulación de riqueza y la ley de competencia “son el más alto resultado de la experiencia humana, la tierra en la cual la sociedad ha producido su mejor fruto”. Operan desigual, injusta e imperfectamente. Sin embargo, son lo mejor y más valioso que la humanidad ha logrado.
Puesto que la civilización está basada en la concentración de la riqueza en pocas manos, Carnegie se formula la gran pregunta: “¿Cuál es la manera apropiada de administrar la riqueza?” Hay tres modos: primero, dejársela en herencia a la familia y descendientes; segundo, donarla para fines de beneficio público; tercero, administrarla por parte de su propietario con fines filantrópicos durante su vida, de manera que se efectúe la reconciliación entre ricos y pobres. El primer modo es el menos juicioso, porque no hay la menor duda de que grandes sumas dejadas en herencia le hacen más daño que bien a los beneficiarios. Estos legados están motivados más por el orgullo familiar que por el bienestar de los hijos. Sólo conviene dejar sumas moderadas a la esposa y a las hijas y más moderadas aún a los hijos. El segundo modo significa que uno espera morirse antes de ser bueno con los demás y en realidad quien adopta este modo no habría dejado la donación si hubiera podido llevársela.
El tercer modo es el antídoto para la distribución desigual temporal de la riqueza y es el medio de reconciliación entre ricos y pobres. De dicha manera la sobreabundante riqueza de pocos se convierte, en el mejor sentido, en propiedad de muchos, porque es administrada para el bien común. Las grandes sumas acumuladas por algunos de sus conciudadanos y gastadas con propósitos filantrópicos comunes, en beneficio de las masas, son más valiosas para ellos que si las mismas fueran diseminadas en pequeñas cantidades en el curso de muchos años.
En esta perspectiva, estima Carnegie, los hombres ricos deben agradecer la inestimable bendición que consiste en tener el poder durante sus vidas de ocuparse en organizar la beneficencia a favor de las masas, cuya existencia se dignifica de esta manera. “La vida más alta, considera Carnegie, probablemente se alcanzará, no por una imitación de la vida de Cristo tal que nos la proporcionó el Conde Tolstoi, sino animados por el espíritu de Cristo, reconociendo el cambio de condiciones que se ha dado en esta época, y adoptando modos de expresar este espíritu adecuados a las condiciones bajo las cuales vivimos, todavía trabajando por el bien de nuestros compañeros, lo que era la esencia de su vida y su enseñanza, pero trabajando de una manera diferente.”
En razón de lo anterior, “el deber del hombre rico es dar un ejemplo de vida modesta y sin ostentación, evitando la exhibición o la extravagancia; es atender moderadamente a las necesidades legítimas de sus dependientes; y después de hacer esto, es considerar todos los ingresos adicionales que recibe simplemente como fideicomisos, que él está llamado a administrar, obligado estrictamente por deber a administrarlos de una manera que a su juicio sea la mejor calculada para producir los resultados más beneficiosos a favor de la comunidad - el hombre rico convirtiéndose así en fiduciario y agente para sus hermanos más pobres, poniendo a su servicio su superior sabiduría, experiencia y habilidad para administrar, haciendo por ellos algo mejor que lo que ellos harían o podrían hacer por ellos mismos”.
El criterio de lo modesto y de lo moderado que marca el deber del hombre rico, según Carnegie, es algo que no se puede definir, pero que se conoce bien, pues depende del mejor y más ilustrado sentimiento público, a propósito del cual los juicios de la comunidad no se equivocan con frecuencia. Por lo demás, hay que tener presente al hacer caridad al prójimo que la principal consideración debe ser ayudar a los que se ayudan a sí mismos. El verdadero reformador social es particularmente cuidadoso tanto en ayudar a quien lo merece, como en no ayudar a quien no lo merece. La mejor manera de ayudar a una comunidad es colocar “las escaleras que les permiten ascender a quienes aspiran a hacerlo”, y estas escaleras son bibliotecas, parques, medios de recreación, obras de arte, centros de instrucción pública y similares que les facilitan a los ciudadanos ayudarse gratuitamente en cuerpo y mente. Desgraciadamente, piensa Carnegie, de cada mil dólares que se gastan en caridad unos novecientos cincuenta se malgastan, pues producen los mismos males que se espera mitigar.
Tal es, de acuerdo con Carnegie, a fines del siglo XIX, “el verdadero evangelio de la riqueza”, del que él esperaba la solución del problema de las relaciones entre ricos y pobres en la sociedad industrial y capitalista. Podemos hablar en este caso de una especie de liberalismo cristiano, si comprendemos que en este modelo el liberalismo determina el modo de producción y de acumulación de riqueza sin ninguna cortapisa moral y que el cristianismo se añadiría como simple deber moral que ha de asumir el hombre rico, después de hecha su fortuna, en su estilo modesto de vida, en proveer moderadamente a sus descendientes y en administrar su fortuna con propósitos filantrópicos según su mejor criterio.
Huelga destacar las fallas evidentes del modelo de Carnegie: la producción y la acumulación de riqueza se desarrollan sobre la base de un individualismo sin límites, y lo que es más grave animado por una mentalidad darwiniana de sobrevivencia de los más aptos, individuos o razas; la moral se añade después, pero no en estructuras sociales de distribución, sino en decisiones individuales de austeridad de vida y de herencia moderada y de filantropía paternalista.
Dicho esto, debemos preguntarnos si algunas variantes del neoliberalismo actual -ciertamente no todas- no se acercan al modelo de Carnegie, pero con la desventaja adicional que eliminan el componente moral de austeridad y de filantropía. Nuestra sociedad haría bien preguntarse si se reconoce en el espejo de “El Evangelio de la Riqueza” de Andrew Carnegie. (ariyan@sinfo.net)

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