Un llamado de atención sobre la violencia escolar
En los últimos años, como este diario ha reflejado, en los colegios de nuestra capital se ha registrado un sensible aumento de los casos de violencia. Por supuesto que han habido episodios graves y otros leves, pero en conjunto son indicadores de un problema creciente y de enorme complejidad. Por lo pronto, cada caso exige un análisis particular. Pero ninguno debe minimizarse, porque aún los episodios leves o aparentemente insignificantes, pueden encerrar síntomas de una conducta problemática y proclive a las reacciones violentas. En algunos de los casos más graves que se han registrado, se han advertido que algunos síntomas, que podrían anticipar un desenlace traumático, habían sido pasados por alto. Y esas experiencias deben servir para que en las escuelas haya una mayor atención que permita prevenir situaciones de violencia.
El tema, como aquí se ha remarcado muchas veces, demanda una estrategia pedagógica y asistencial que contribuya a la prevención y el oportuno tratamiento de los casos conflictivos. Muchas escuelas no tienen las suficientes herramientas ni recursos para atender a esta problemática y ésta es una carencia que debe resolverse. El problema de la violencia escolar no es exclusivo a los colegios de las zonas marginales o de clases sociales bajas. Es un fenómeno que se ha enquistado en todos los niveles socioeconómicos, aunque en las escuelas con una población de clase media, los recursos para hacerle frente suelen ser más importantes.
El caso sobre el que este diario informó en días pasados es, si se quiere, uno de los más graves. Se trató de una serie de reyertas entre estudiantes de los cuatro planteles señalados, que ocasionaron la muerte de un alumno. Si se le compara con episodios en los que han actuado alumnos armados en actos vandálicos que han destrozado la propiedad privada, puede concluirse que estos estudiantes tienen un rango amplio de imaginación violenta de donde sacan sus ideas. Sin embargo, vale insistir que debe hacerse un llamado de atención para examinar a fondo las causas de ese comportamiento violento, para lo cual seguramente los docentes necesitan el asesoramiento de psicopedagogos y un trabajo en conjunto de los padres.
Es obvio que no todos los colegios tienen un gabinete psicopedagógico para tratar este tipo de situaciones. Integrarlos quizá sea presupuestariamente imposible en este momento. Pero desde el Ministerio de Educación debería pensarse, al menos, en la conformación de un grupo de especialistas altamente capacitados que puedan actuar en diferentes escuelas cuando se plantean episodios de esta naturaleza. Podría armarse una suerte de "cuerpo especial de asistencia" que pueda ser convocado por docentes de diferentes escuelas ante situaciones conflictivas o comportamientos violentos. Esa es, probablemente, una alternativa válida para actuar frente a un problema que no admite la indiferencia ni la inacción. De esa forma podría acentuarse el trabajo de prevención, que es, desde luego, la clave fundamental.
El tema, como aquí se ha remarcado muchas veces, demanda una estrategia pedagógica y asistencial que contribuya a la prevención y el oportuno tratamiento de los casos conflictivos. Muchas escuelas no tienen las suficientes herramientas ni recursos para atender a esta problemática y ésta es una carencia que debe resolverse. El problema de la violencia escolar no es exclusivo a los colegios de las zonas marginales o de clases sociales bajas. Es un fenómeno que se ha enquistado en todos los niveles socioeconómicos, aunque en las escuelas con una población de clase media, los recursos para hacerle frente suelen ser más importantes.
El caso sobre el que este diario informó en días pasados es, si se quiere, uno de los más graves. Se trató de una serie de reyertas entre estudiantes de los cuatro planteles señalados, que ocasionaron la muerte de un alumno. Si se le compara con episodios en los que han actuado alumnos armados en actos vandálicos que han destrozado la propiedad privada, puede concluirse que estos estudiantes tienen un rango amplio de imaginación violenta de donde sacan sus ideas. Sin embargo, vale insistir que debe hacerse un llamado de atención para examinar a fondo las causas de ese comportamiento violento, para lo cual seguramente los docentes necesitan el asesoramiento de psicopedagogos y un trabajo en conjunto de los padres.
Es obvio que no todos los colegios tienen un gabinete psicopedagógico para tratar este tipo de situaciones. Integrarlos quizá sea presupuestariamente imposible en este momento. Pero desde el Ministerio de Educación debería pensarse, al menos, en la conformación de un grupo de especialistas altamente capacitados que puedan actuar en diferentes escuelas cuando se plantean episodios de esta naturaleza. Podría armarse una suerte de "cuerpo especial de asistencia" que pueda ser convocado por docentes de diferentes escuelas ante situaciones conflictivas o comportamientos violentos. Esa es, probablemente, una alternativa válida para actuar frente a un problema que no admite la indiferencia ni la inacción. De esa forma podría acentuarse el trabajo de prevención, que es, desde luego, la clave fundamental.