Un mal precedente
La reforma tributaria recientemente aprobada en sesiones extraordinarias es un pésimo precedente que sienta el actual gobierno. Es un pésimo precedente, porque deja al descubierto la verdadera naturaleza del mismo y hasta dónde llega su compromiso de cumplir con su agenda electoral y de escuchar la voluntad de los ciudadanos.
El hoy presidente Torrijos se comprometió, en campaña, a derogar la reforma tributaria aprobada por la administración Moscoso. Y no es que estuvieran sólo en desacuerdo porque considerasen que la reforma era incompleta, como ahora dicen con el mayor de los cinismos. No, el PRD se opuso a cobrar el 5% a los servicios, se opuso a aumentar las tasas únicas, se opuso a gravar con impuesto selectivo al consumo a algunos productos a los que antes no se les aplicaba; en fin, se opuso a aspectos bien específicos de dicha Ley 61 del 2002. Aspectos que ahora dejaron casi idénticos en la reforma de Martín. Ergo, engañaron a quienes votaron por ellos. Con toda premeditación y alevosía.
Pero el engaño no acaba allí. En el 2002, se opusieron a la creación de un impuesto mínimo y su oposición, junto a la de economistas como Chapman, fue tan categórica que la propuesta ni se incluyó en el Proyecto de Ley que el Ejecutivo de aquel entonces presentó a la Asamblea.
Ahora vienen las reformas al Seguro Social. ¿Será la misma dinámica?
Dos años después, ya en gobierno, nos colaron el IRMA, que no es más que un impuesto mínimo, que pretendieron disfrazar con la perogrullada esa del "cálculo alternativo", Y lo cierto es que imponer la figura del impuesto mínimo fue la razón de ser de la reforma que aprobaron a tambor batiente, con apenas tres semanas de lapso entre la fecha que presentaron su propuesta original y el día en que se sancionó la Ley por parte del señor Presidente.
Nótese bien cómo evolucionó lo del IRMA. Primero, la propuesta decía que el impuesto sobre la renta de las personas jurídicas equivaldría al 27.5% y el IRMA al 2%. Luego, bajaron el IRMA al 1.4%, pero subieron el Impuesto sobre la Renta al 30% (cuando la Ley 61, lo bajaba al 28% a partir del 2007). Después, cambiaron el cálculo del IRMA, diciendo que ahora equivaldría, no al 1.4%, sino al resultado de restar al 100% el 95.33%, y a la diferencia resultante (4.66%), multiplicarla por el 30%.
Lo que no dijeron de salida, es que esa enrevesada operación aritmética daba por resultado el famoso 1.4%. Es decir, nos quisieron ver la cara de... (estimado lector, ponga usted aquí el calificativo que mejor encaje, a su juicio). Durante todo el proceso se cambiaron cosas, pero con el propósito de no cambiar nada. El nuevo impuesto mínimo se aprobó sin cambios profundos en lo sustancial.
Ahora vienen las reformas al Seguro Social. ¿Será la misma dinámica? ¿Vendrán con ideas preconcebidas que no están dispuestos a cambiar? ¿Nos someterán a un apresurado e improvisado proceso de consultas, para luego hacer lo que pretendían hacer desde un principio, aunque con un poco más de maquillaje? ¿Cumplirá el presidente Torrijos con sus compromisos electorales explícitos e implícitos o nos vendrán con alguna otra excusa baladí para incumplir nuevamente sus promesas de campaña?
Esas, entre muchas otras, son algunas de las inquietudes que despierta en muchos el pésimo precedente de la reforma tributaria recién aprobada. Ojalá que el precedente no se convierta en costumbre.
El hoy presidente Torrijos se comprometió, en campaña, a derogar la reforma tributaria aprobada por la administración Moscoso. Y no es que estuvieran sólo en desacuerdo porque considerasen que la reforma era incompleta, como ahora dicen con el mayor de los cinismos. No, el PRD se opuso a cobrar el 5% a los servicios, se opuso a aumentar las tasas únicas, se opuso a gravar con impuesto selectivo al consumo a algunos productos a los que antes no se les aplicaba; en fin, se opuso a aspectos bien específicos de dicha Ley 61 del 2002. Aspectos que ahora dejaron casi idénticos en la reforma de Martín. Ergo, engañaron a quienes votaron por ellos. Con toda premeditación y alevosía.
Pero el engaño no acaba allí. En el 2002, se opusieron a la creación de un impuesto mínimo y su oposición, junto a la de economistas como Chapman, fue tan categórica que la propuesta ni se incluyó en el Proyecto de Ley que el Ejecutivo de aquel entonces presentó a la Asamblea.
Ahora vienen las reformas al Seguro Social. ¿Será la misma dinámica?
Dos años después, ya en gobierno, nos colaron el IRMA, que no es más que un impuesto mínimo, que pretendieron disfrazar con la perogrullada esa del "cálculo alternativo", Y lo cierto es que imponer la figura del impuesto mínimo fue la razón de ser de la reforma que aprobaron a tambor batiente, con apenas tres semanas de lapso entre la fecha que presentaron su propuesta original y el día en que se sancionó la Ley por parte del señor Presidente.
Nótese bien cómo evolucionó lo del IRMA. Primero, la propuesta decía que el impuesto sobre la renta de las personas jurídicas equivaldría al 27.5% y el IRMA al 2%. Luego, bajaron el IRMA al 1.4%, pero subieron el Impuesto sobre la Renta al 30% (cuando la Ley 61, lo bajaba al 28% a partir del 2007). Después, cambiaron el cálculo del IRMA, diciendo que ahora equivaldría, no al 1.4%, sino al resultado de restar al 100% el 95.33%, y a la diferencia resultante (4.66%), multiplicarla por el 30%.
Lo que no dijeron de salida, es que esa enrevesada operación aritmética daba por resultado el famoso 1.4%. Es decir, nos quisieron ver la cara de... (estimado lector, ponga usted aquí el calificativo que mejor encaje, a su juicio). Durante todo el proceso se cambiaron cosas, pero con el propósito de no cambiar nada. El nuevo impuesto mínimo se aprobó sin cambios profundos en lo sustancial.
Ahora vienen las reformas al Seguro Social. ¿Será la misma dinámica? ¿Vendrán con ideas preconcebidas que no están dispuestos a cambiar? ¿Nos someterán a un apresurado e improvisado proceso de consultas, para luego hacer lo que pretendían hacer desde un principio, aunque con un poco más de maquillaje? ¿Cumplirá el presidente Torrijos con sus compromisos electorales explícitos e implícitos o nos vendrán con alguna otra excusa baladí para incumplir nuevamente sus promesas de campaña?
Esas, entre muchas otras, son algunas de las inquietudes que despierta en muchos el pésimo precedente de la reforma tributaria recién aprobada. Ojalá que el precedente no se convierta en costumbre.