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Un mundo sin Jesús


L a gente necesita creer en algo que le proteja y le haga sentirse seguro. Una fuerza superior que tenga poder sobre las cosas malas que nos pasan en la vida. Algunas veces, para que nos salve de ellas y otras para poder echarle la culpa por no estar cuando le necesitamos. Cualquier cosa menos responsabilizarnos de nuestros errores y culpas.

En la antigüedad se incentivaba a creer en Dios por el motivo del miedo. Si no se obedecían sus reglas, el infierno sería el castigo. Eso ha ido cambiando, y se ha llegado al otro extremo, donde la figura del Ser Supremo es una opción, no una obligación. Entre los pliegues de ese debate, la sociedad se ha inventado sustitutos para Dios, para Jesús en el caso del cristianismo.

Somos hoy cada vez más “concretos” y menos “abstractos”. Nos hemos convertido en personas incapaces de relacionar la vida con procesos que sobrepasan la verdad de los átomos. Si la explicación no tiene un ancla en las cosas terrenales, no sirve. Lo divino es, decimos, consuelo para ignorantes y conformistas.

Esta puede ser una explicación para tanto afán por lo material, por el dinero y lo que con él se puede comprar. Explicaría también la violencia, la desintegración familiar, el odio racial, la ambición desmedidal, el narcotráfico, los abusos del hombre contra el hombre, y el culto exacerbado al sexo sin ataduras.

A pesar de tan oscuro panorama, todos los años se abre un espacio para recapacitar. Días como el de hoy, en el que podemos colocar al Dios de los occidentales otra vez en el sitio preferencial que, si le ofrecemos adoración, nos aparta de las bestias.

101 años de Panamá América

 
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