Un nuevo gabinete en nuestro "crisol de razas"
Con gran optimismo y simpatía, buena parte del pueblo panameño ha recibido el reciente anuncio que hizo la presidenta electa de la República, doña Mireya Moscoso, en relación a la conformación de su gabinete. Este ánimo de la población es propio en momentos como el que transita nuestra sociedad: un cambio de gobierno. Son tiempos de esperanza; de buenos augurios; de mirar el futuro confiados en que las cosas, en general, mejorarán y que se abrirán surcos económicos y sociales que conduzcan a más y mejores oportunidades para todos los panameños y panameñas, así como los extranjeros residentes en nuestro país. A varios días del anuncio, ya han sido vertidos algunos juicios sobre la composición del equipo de trabajo que, a partir del 1 de septiembre, tendrá la responsabilidad, de primera línea, de conducir los quehaceres del Estado.
En efecto, ya distintos sectores políticos y sociales se han pronunciado sobre el carácter y la naturaleza de las designaciones. Me atrevería a afirmar, pienso que sin mayor riesgo, que las opiniones han sido favorables y apuntan hacia otorgar al equipo, los ya tradicionales 100 días de gracia, para luego proceder a una evaluación de su desempeño colectivo
En ese sentido, comparto la mesura con la cual se han expresado distintos sectores de la vida nacional, entre éstos, por supuesto, la clase política, con respecto a las designaciones hechas por la electa mandataria. No obstante, y sin ánimo de alejarme de esa prudencia, ni mucho menos incomodar a nadie, me atrevo, a riesgo de ser cuestionado (y quien sabe, qué otras cosas) a hacer un señalamiento que estimo puntual. El mismo tiene relación con un detalle que, tanto este servidor, como otras personas con las cuales he intercambiado en estos días, hemos observado, y de cuya lectura en el plano socio político, podrían desprenderse interpretaciones diversas, acertadas o equivocadas, pero, visiones al fin.
Se trata del hecho que en el gabinete ministerial por estrenar, resulta evidente la ausencia de lo que pudiera calificarse como una representación o, mejor sea dicho, una expresión de la multiplicidad étnica, característica de la Nación panameña. En un "crisol de razas" como el nuestro ¿acaso no sería apenas natural que ese mosaico que nos distingue en este mundo y del cual, con razón, nos enorgullecemos, se exprese en un acontecimiento tan significativo como al que aludimos? ¿Será, acaso, necedad o mucho pedir?
Seguramente, se podrá señalar que la cosa no es tan mecánica. De esto soy consciente. Por estudios, y algo de experiencia acumulada, sé perfectamente bien que el mecanismo, como instrumento de análisis, pocas veces ha resuelto interrogantes como el que aquí he colocado. El mecanismo suele adolecer de una suerte de incomprensión de las asimetrías inherentes a los fenómenos sociales, de modo que siempre me ocupo de guardar distancia de él.
Dicho lo anterior, debo indicar, también, que estoy al tanto de la creciente necesidad que tiene la sociedad civil, en el mundo contemporáneo, de sentirse y, efectivamente, estar expresado en los niveles de dirección política de su respectivo país. En otras palabras, cada vez, con mayor ímpetu, la gente tiende a buscarse a sí mismo en el Estado, no sólo a los efectos de la satisfacción de las denominadas necesidades vitales como lo son: educación, salud, vivienda, sino, en una especie de efecto espejo. La reflexión desde la sociedad civil se da un tanto en términos de que, en la medida que las instancias políticas y gubernamentales se asemejen o aproximen a ella (en varios sentidos) mayores son las posibilidades de ver cumplidas sus aspiraciones existenciales y ciudadanas.
En un país con la composición étnica que reviste al nuestro, los distintos segmentos de la población esperan que sus gobernantes se parezcan a ellos; y cuanto más, mejor. Esto redunda en una mayor confianza en la relación gobernantes/gobernados. La cuestión no es tan subjetiva como pudiera parecer, a primera vista. En esto entra en juego, incluso, un conjunto de factores de orden psicológico, nada despreciables en política.
Un buen ejemplo de lo antedicho podemos encontrarlo en la cuestión de género en la esfera política. Sobre este particular, supongo que en el proceso de selección de los integrantes del nuevo gabinete mediaron consideraciones que giraron en torno a la impronta de género. El peso específico que hoy día tiene este factor social para la mujer panameña resulta relevante en la percepción que ésta se forme sobre el mayor o menor grado de representación y participación que tiene en las instancias gubernamentales.
En igual sentido pienso que ha debido obrarse con respecto a la cuestión étnica, sin traslaciones, pero con un claro sentido de correspondencia con la diversidad etnocultural del país. ¿Por qué no expresar en el nuevo gabinete los matices que le son consustanciales a la población panameña, a nuestra sociedad, al que le caería muy bien verse reflejada, toda, "en carne y hueso", en los más altos niveles de dirección del Estado?
Es cierto (y aquí me adelanto a mis críticos potenciales) que una mayor diversidad en la composición del gabinete, en los términos en que hemos venido argumentando, no es garantía de un mejor desempeño gubernamental. Sin embargo, y esta es mi acotación, sería más inclusivo, y, por ende, mucho más democrático.
Que a las personas se les distingue en los altos cargos públicos por sus méritos profesionales y su militancia política, no lo cuestiono; lo que llama mi atención y motiva a hacer estas reflexiones, es que esos mismos criterios no hayan alcanzado como para colocar en evidencia, a nivel del gabinete, toda la riqueza de que es capaz nuestro "crisol de razas".
De veras, distinguida Señora Presidenta, que siempre resulta interesante encender el televisor; a la hora del noticiero, o abrir los diarios, en las mañanas, y verse uno coadyuvando en las tareas de dirección de los destinos del país, sea de la tolda política que fuese. En ese sentido, algunos ministros o viceministros de ascendencia asiática; de origen indígena, o afropanameños, no caen nada mal en un país multiétnico, multirracial y multicultural como Panamá. Por lo contrario, su ausencia se nota, sobre todo, por la gente que compartimos esas identidades.
La designación del gabinete ha sido un primer momento de la integración del nuevo gobierno. Aún restan por nombrar las y los Directores de las instituciones autónomas y descentralizadas. En ese sentido aún existe la posibilidad, para la nueva administración, de mostrar un rostro más próximo a nuestro policromía étnica. Bastaría algo de voluntad política y convicción en cuanto a la necesidad de ser, cada vez, más inclusivos en cuanto al concepto de nación que debemos darnos los panameños.
No me cabe la menor duda que una acción como la que estoy proponiendo, emprendida por la presidenta electa, Doña Mireya Moscoso, sería un paso adelante en el proceso de construcción y consolidación de la democracia en Panamá, puesto que ésta también pasa por reconocer, incorporar y visibilizar a representaciones de toda la gama de su gente, sin exclusiones que presten mérito a malas interpretaciones.
En efecto, ya distintos sectores políticos y sociales se han pronunciado sobre el carácter y la naturaleza de las designaciones. Me atrevería a afirmar, pienso que sin mayor riesgo, que las opiniones han sido favorables y apuntan hacia otorgar al equipo, los ya tradicionales 100 días de gracia, para luego proceder a una evaluación de su desempeño colectivo
En ese sentido, comparto la mesura con la cual se han expresado distintos sectores de la vida nacional, entre éstos, por supuesto, la clase política, con respecto a las designaciones hechas por la electa mandataria. No obstante, y sin ánimo de alejarme de esa prudencia, ni mucho menos incomodar a nadie, me atrevo, a riesgo de ser cuestionado (y quien sabe, qué otras cosas) a hacer un señalamiento que estimo puntual. El mismo tiene relación con un detalle que, tanto este servidor, como otras personas con las cuales he intercambiado en estos días, hemos observado, y de cuya lectura en el plano socio político, podrían desprenderse interpretaciones diversas, acertadas o equivocadas, pero, visiones al fin.
Se trata del hecho que en el gabinete ministerial por estrenar, resulta evidente la ausencia de lo que pudiera calificarse como una representación o, mejor sea dicho, una expresión de la multiplicidad étnica, característica de la Nación panameña. En un "crisol de razas" como el nuestro ¿acaso no sería apenas natural que ese mosaico que nos distingue en este mundo y del cual, con razón, nos enorgullecemos, se exprese en un acontecimiento tan significativo como al que aludimos? ¿Será, acaso, necedad o mucho pedir?
Seguramente, se podrá señalar que la cosa no es tan mecánica. De esto soy consciente. Por estudios, y algo de experiencia acumulada, sé perfectamente bien que el mecanismo, como instrumento de análisis, pocas veces ha resuelto interrogantes como el que aquí he colocado. El mecanismo suele adolecer de una suerte de incomprensión de las asimetrías inherentes a los fenómenos sociales, de modo que siempre me ocupo de guardar distancia de él.
Dicho lo anterior, debo indicar, también, que estoy al tanto de la creciente necesidad que tiene la sociedad civil, en el mundo contemporáneo, de sentirse y, efectivamente, estar expresado en los niveles de dirección política de su respectivo país. En otras palabras, cada vez, con mayor ímpetu, la gente tiende a buscarse a sí mismo en el Estado, no sólo a los efectos de la satisfacción de las denominadas necesidades vitales como lo son: educación, salud, vivienda, sino, en una especie de efecto espejo. La reflexión desde la sociedad civil se da un tanto en términos de que, en la medida que las instancias políticas y gubernamentales se asemejen o aproximen a ella (en varios sentidos) mayores son las posibilidades de ver cumplidas sus aspiraciones existenciales y ciudadanas.
En un país con la composición étnica que reviste al nuestro, los distintos segmentos de la población esperan que sus gobernantes se parezcan a ellos; y cuanto más, mejor. Esto redunda en una mayor confianza en la relación gobernantes/gobernados. La cuestión no es tan subjetiva como pudiera parecer, a primera vista. En esto entra en juego, incluso, un conjunto de factores de orden psicológico, nada despreciables en política.
Un buen ejemplo de lo antedicho podemos encontrarlo en la cuestión de género en la esfera política. Sobre este particular, supongo que en el proceso de selección de los integrantes del nuevo gabinete mediaron consideraciones que giraron en torno a la impronta de género. El peso específico que hoy día tiene este factor social para la mujer panameña resulta relevante en la percepción que ésta se forme sobre el mayor o menor grado de representación y participación que tiene en las instancias gubernamentales.
En igual sentido pienso que ha debido obrarse con respecto a la cuestión étnica, sin traslaciones, pero con un claro sentido de correspondencia con la diversidad etnocultural del país. ¿Por qué no expresar en el nuevo gabinete los matices que le son consustanciales a la población panameña, a nuestra sociedad, al que le caería muy bien verse reflejada, toda, "en carne y hueso", en los más altos niveles de dirección del Estado?
Es cierto (y aquí me adelanto a mis críticos potenciales) que una mayor diversidad en la composición del gabinete, en los términos en que hemos venido argumentando, no es garantía de un mejor desempeño gubernamental. Sin embargo, y esta es mi acotación, sería más inclusivo, y, por ende, mucho más democrático.
Que a las personas se les distingue en los altos cargos públicos por sus méritos profesionales y su militancia política, no lo cuestiono; lo que llama mi atención y motiva a hacer estas reflexiones, es que esos mismos criterios no hayan alcanzado como para colocar en evidencia, a nivel del gabinete, toda la riqueza de que es capaz nuestro "crisol de razas".
De veras, distinguida Señora Presidenta, que siempre resulta interesante encender el televisor; a la hora del noticiero, o abrir los diarios, en las mañanas, y verse uno coadyuvando en las tareas de dirección de los destinos del país, sea de la tolda política que fuese. En ese sentido, algunos ministros o viceministros de ascendencia asiática; de origen indígena, o afropanameños, no caen nada mal en un país multiétnico, multirracial y multicultural como Panamá. Por lo contrario, su ausencia se nota, sobre todo, por la gente que compartimos esas identidades.
La designación del gabinete ha sido un primer momento de la integración del nuevo gobierno. Aún restan por nombrar las y los Directores de las instituciones autónomas y descentralizadas. En ese sentido aún existe la posibilidad, para la nueva administración, de mostrar un rostro más próximo a nuestro policromía étnica. Bastaría algo de voluntad política y convicción en cuanto a la necesidad de ser, cada vez, más inclusivos en cuanto al concepto de nación que debemos darnos los panameños.
No me cabe la menor duda que una acción como la que estoy proponiendo, emprendida por la presidenta electa, Doña Mireya Moscoso, sería un paso adelante en el proceso de construcción y consolidación de la democracia en Panamá, puesto que ésta también pasa por reconocer, incorporar y visibilizar a representaciones de toda la gama de su gente, sin exclusiones que presten mérito a malas interpretaciones.