Un nuevo pecado capital
La trillada polémica sobre el hábito de fumar y el errático cuestionamiento a las tabacaleras obligan a la cita de un antiquísimo proverbio chino: "Cuando la mano señala hacia la luna, el tonto mira el dedo".
Ciertamente, todos los excesos tienen su lado adverso: la gula, la velocidad, los celos, la lujuria, la avaricia, el autoritarismo, el fanatismo religioso, las megápolis y un sin fin de ejemplos que harían interminable una relación de enunciados.
Pero, los excesos no son una mercancía, dependen exclusivamente del libre albedrío de cada individuo. De una forma u otra, todos los seres humanos que poblamos el planeta consumimos una impredecible variedad de productos sin más condicionamientos que aquellos que se derivan de la preferencia personal.
El respeto a ese derecho constituye el fundamento de la tolerancia, principio de la convivencia en sociedad, violado por quienes ahora promueven la prohibición de fumar hasta en playas, parques y establecimientos al aire libre. Nada más parecido a un exceso de intolerancia, que ese acoso a los fumadores...
Las absurdas demandas emprendidas en contra de la industria tabacalera -negocio pretendido por algunos bufetes de abogados norteamericanos- insisten en desconocer que el hábito de fumar constituye un placer endémico universal, practicado por las más diversas civilizaciones a lo largo de toda la historia.
Si tanto "preocupa" a los antitabaquistas los efectos del consumo de cigarrillos, cabe preguntar ¿por qué no estimulan la divulgación de información científica, objetiva, veraz y altruista? La respuesta es evidente, esa alternativa de enfrentamiento no genera ganancias en cash.
Para el caso convendría mejor aplicar el calificativo de "hipocresía", que significa "fingir lo contrario de lo que realmente se pretende". El hecho de enfocar la demanda hacia la industria se traduce en aumentos de impuestos, supuestamente para "proteger" a quienes fumamos "tras los cristales de alegres ventanales", como dice el antológico bolero.
El peligro consiste en el intento de globalizar un enfoque doméstico norteamericano, exportando estas interpretaciones lucrativas hacia contextos geográficos y realidades muy diferentes, donde ofrecer un cigarrillo también significa un gesto de cortesía, un comportamiento solidario en la dificultad y, en primera instancia, constituye una actividad económica fundamental para muchas naciones.
Y, mientras el consumo de cigarrillos entre la población joven estadounidense aumentó en la última década (según estadísticas oficiales de la Administración de Alimentos y Medicinas de Estados Unidos), la estrategia de los litigantes es internacionalizar el conflicto, convenciendo a otros gobiernos de las ventajas financieras que aportaría al fisco esta "nueva modalidad" de recaudación.
Lo paradójico de esta situación es que fuera de la Unión Americana el problema no son los fumadores. En la vida real de la sociedad contemporánea acechan otros riesgos que no se disipan como el humo del tabaco.
Periodista cubano radicado en Ecuador, profesor de Comunicación Social de la Universidad San Francisco de Quito.
Ciertamente, todos los excesos tienen su lado adverso: la gula, la velocidad, los celos, la lujuria, la avaricia, el autoritarismo, el fanatismo religioso, las megápolis y un sin fin de ejemplos que harían interminable una relación de enunciados.
Pero, los excesos no son una mercancía, dependen exclusivamente del libre albedrío de cada individuo. De una forma u otra, todos los seres humanos que poblamos el planeta consumimos una impredecible variedad de productos sin más condicionamientos que aquellos que se derivan de la preferencia personal.
El respeto a ese derecho constituye el fundamento de la tolerancia, principio de la convivencia en sociedad, violado por quienes ahora promueven la prohibición de fumar hasta en playas, parques y establecimientos al aire libre. Nada más parecido a un exceso de intolerancia, que ese acoso a los fumadores...
Las absurdas demandas emprendidas en contra de la industria tabacalera -negocio pretendido por algunos bufetes de abogados norteamericanos- insisten en desconocer que el hábito de fumar constituye un placer endémico universal, practicado por las más diversas civilizaciones a lo largo de toda la historia.
Si tanto "preocupa" a los antitabaquistas los efectos del consumo de cigarrillos, cabe preguntar ¿por qué no estimulan la divulgación de información científica, objetiva, veraz y altruista? La respuesta es evidente, esa alternativa de enfrentamiento no genera ganancias en cash.
Para el caso convendría mejor aplicar el calificativo de "hipocresía", que significa "fingir lo contrario de lo que realmente se pretende". El hecho de enfocar la demanda hacia la industria se traduce en aumentos de impuestos, supuestamente para "proteger" a quienes fumamos "tras los cristales de alegres ventanales", como dice el antológico bolero.
El peligro consiste en el intento de globalizar un enfoque doméstico norteamericano, exportando estas interpretaciones lucrativas hacia contextos geográficos y realidades muy diferentes, donde ofrecer un cigarrillo también significa un gesto de cortesía, un comportamiento solidario en la dificultad y, en primera instancia, constituye una actividad económica fundamental para muchas naciones.
Y, mientras el consumo de cigarrillos entre la población joven estadounidense aumentó en la última década (según estadísticas oficiales de la Administración de Alimentos y Medicinas de Estados Unidos), la estrategia de los litigantes es internacionalizar el conflicto, convenciendo a otros gobiernos de las ventajas financieras que aportaría al fisco esta "nueva modalidad" de recaudación.
Lo paradójico de esta situación es que fuera de la Unión Americana el problema no son los fumadores. En la vida real de la sociedad contemporánea acechan otros riesgos que no se disipan como el humo del tabaco.
Periodista cubano radicado en Ecuador, profesor de Comunicación Social de la Universidad San Francisco de Quito.