Un óbolo en ideas para el gran diálogo
La primera impresión que producen los preparativos del diálogo nacional permite inferir que cada facción está contemplando acudir con el ánimo de lograr aceptación para lo que quiere, sin la menor intención de ceder respecto de lo que quieran otros. Pero eso no es lo más importante y, de llegar a hacerse realidad, sólo sería una repetición de lo que ha sido el comportamiento de los políticos en la vida nacional después de la invasión de 1989: nadie de peso o con pesos quiere ver los problemas, cuya solución es impostergable.
Con ocasión de dicho diálogo, aun cuando nuevamente lo que diga vaya a caer no en oídos sordos, sino en oídos que no quieren oír, he considerado oportuno volver sobre un tema que me ha ocupado en ocasiones pasadas y sobre el cual he estado escribiendo una y otra vez durante los últimos diez años, aunque las respectivas publicaciones hayan sido bastante escasas, porque por los caminos que escojo tal vez acabo pisando demasiados callos. Aunque constituyen aspectos esenciales e innegables de nuestra realidad actual, hay un puñado de cosas que los economistas oficiales y privados no quieren tocar porque les interesa tapar lo que han hecho o disfrazar lo que pretenden hacer. Sin embargo, como la situación ha empeorado tanto, a lo mejor, esta contribución sirve para que algunas mentes que la codicia no ha nublado en forma permanente caigan en cuenta de las verdaderas raíces del desastre actual de la economía panameña y los demás aspectos de la vida nacional.
En primer lugar, quiero recordar que Milton Friedman, uno de los creadores del neoliberalismo y pionero de los principios de la globalización, se refirió a la privatización en la Argentina como un error muy costoso porque, al venderle el gobierno argentino las industrias estatales a capitales extranjeros y transnacionales, estaba asegurándose de un cuantioso drenaje de capitales en ganancias repatriadas. En palabras del propio Friedman, eso significaba la fuga de capitales indispensables para el desarrollo de esa nación. Las consecuencias las vemos ahora, y apenas han pasado diez años.
En Panamá, con una economía tan pequeña, los resultados del remate de las propiedades del Estado entre 1994 y 1999 ya se sienten en todos los negocios y en todas las actividades, incluyendo la profesión médica, la venta de licores y la cuantía de lo que el pueblo gasta en lotería y caballos, que son lo último que se afecta.
Siento temor de lo que nos espera a la vuelta de unos años aquí, con un drenaje de cuatrocientos a seiscientos millones de dólares al año en ganancias repatriadas de lo que fueron el IRHE y el INTEL, y de la prole espuria de este último en el negocio de los teléfonos celulares, así como del resto de las prósperas empresas que alegremente privatizaron. Lo mismo se aplica a la intención de privatizar la producción de agua del IDAAN o el Seguro Social, que son instituciones vitales y que existen por mandato constitucional.
Vemos, pues, que se ha producido una gran caída del poder adquisitivo de la población en general. A ninguna persona inteligente que haya pasado un curso de Economía 100a y tenga una mente abierta, le será difícil ver en la contracción de la clientela del comercio local las consecuencias de los centenares de millones de dólares que, año tras año se están yendo para no volver, desde que privatizaron Cemento Bayano hasta la fecha. La enorme baja de los intereses bancarios para préstamos hipotecarios permite pensar que incluso la demanda de préstamos se ha contraído, sencillamente porque la masa de dinero circulante se ha reducido, nada menos que mil millones de dólares, según el propio gobierno. Este devastador fenómeno se ve alimentado también por el hecho de que, en su mayoría, las inversiones nuevas se han hecho o pensando en el desarrollo del turismo que muy bien puede no desarrollarse, o en negocios que también representan fuga de riqueza como las tiendas de productos importados, muebles, ropa, etc.
En segundo lugar, como un fantasma amenazador surgen en la memoria las reflexiones de un suizo igualmente genial como economista que como historiador, que en el siglo XIX, en los albores del capitalismo industrial, nos advirtió sobre el segundo factor de la crisis actual.
Decía Jean-Paul Sismondi que cuando se reduce la mano de obra debido a adelantos en los medios de producción masiva o con miras a reducir gastos o ambas cosas, con cada plaza de trabajo que se esfuma se produce la correspondiente contracción en la demanda del mercado, y que si no se tiene mucho cuidado con esas operaciones de "racionalización del gasto" (como lo llaman ahora), de pronto puede ocurrir que la demanda se desplome en las propias barbas de una gran superproducción y una gran cantidad de capacidad productiva ociosa. ¿Suena a Suiza o suena más familiar?
¿Habrá hecho alguien una comparación entre las cervezas y las sodas que se venden ahora per cápita y las que se vendían hace ocho años, antes de la privatizadera? ¿Habrá algún medio de comunicación que haya hecho una comparación similar respecto de su volumen de anuncios? ¿Y los cines? ¿Y los pindines? ¿Y las farmacias, antes del autodesabastecimiento decretado por los importadores de medicinas? ¿Habrá alguien que se haya puesto a contar los negocios que han quebrado en los últimos tres años?
En tercer lugar, hay que reconocer que en el "nuevo orden económico" los países grandes y poderosos han llegado al extremo de considerar que muchos de los países pobres y atrasados son redundantes, que están de más, que no representan ningún beneficio para la economía mundial, y son nada menos que desechables en palabras de algunos de sus más connotados economistas oficiales.
En cuarto lugar, el desastre de la educación durante dos generaciones de eliminación de los cursos de análisis gramatical, y de simplificación o supresión de todo lo que tiene que ver con el desarrollo de la facultad del lenguaje, ha hecho que lo que hace cincuenta años se anunciaba como una mano de obra eminentemente bilingüe en las ciudades de Panamá y Colón, se haya convertido en una mano de obra que, para los efectos prácticos, podría considerarse sordomuda, puesto que difícilmente se encuentran jóvenes que sepan expresar algo complejo o que puedan entender un concepto abstracto o una orden que no sea un lugar común expresado con el menor número posible de palabras.
En quinto lugar, para que estas cuatro rémoras no acaben arrojándonos por el despeñadero del caos social, lo primero que resulta absolutamente necesario e impostergable es aumentar el tamaño de la economía, y aumentarlo en forma tan considerable como para que las actividades consiguientes puedan asimilar a cientos de miles de desempleados que no tienen ninguna preparación y cuyas capacidades intelectuales pueden haberse quedado estancadas en el equivalente de la edad de nueve años en muchos casos.
Unicamente si estas cosas las ven y las conversan entre ellos los que deciden y los que mandan en este país que, por cierto, se sientan tranquilamente en una misma mesa cada vez que les conviene sin que importen los partidos ni los cambios de gobierno, únicamente entonces sería posible concebir que la ARI deje de ser una agencia de bienes raíces, cuya principal actividad es llenar los espacios habitables que dejaron vacíos los gringos al irse, sin tomar en cuenta cómo va disminuyendo el dinero disponible para pagar los sueldos y para hacer los depósitos bancarios que deberían sufragar después los alquileres y las amortizaciones.
Unicamente poniendo las áreas revertidas a disposición de un consorcio del gobierno panameño con los portaestandartes de los grandes centros de decisión de la economía mundial, para que establecer grandes industrias aquí se vuelva un verdadero negocio, únicamente entonces podremos esperar que Panamá llegue a ser el emporio que imaginó Bolívar como centro de distribución de bienes y servicios. De no ser así, dentro de poco será muy poco, pero muy, muy poco el valor que se le podrá atribuir a Albrook (tal vez incluso menos que lo que costaron esas tierras en el último gran remate) y a Punta Pacífica y a los corredores Norte y Sur o de cualquiera de los otros dos puntos cardinales. Entonces, además, las casas de los potentados tendrán que erigir murallas más altas y aumentar la policía y multiplicar los guardias de seguridad hasta el momento en que sean los mismos policías y los mismos guardias los que se vuelvan problemas y peligros como les ocurrió a los emperadores romanos con su Guardia Pretoriana. Y pensando en Roma, no hay que olvidar que después de la preeminencia de los guardias pretorianos, los bárbaros se apoderaron de todo por varios siglos.
Si estas cosas no están en el diálogo, si los del gobierno y los que están esperando turno se niegan a comprender que lo mismo que hace a Panamá atractiva para la Secretaría del ALCA, la hace ideal como lugar de producción de grandes transnacionales fuera de sus países como lo exige la mundialización y como lo exige la nueva "división del trabajo", entonces lo que tendremos serán hueros monólogos recíprocos cuyos resultados vendrán a arrasar las últimas, escasas esperanzas que todavía abrigan algunos habitantes de nuestro país en estos desventurados tiempos.
Con ocasión de dicho diálogo, aun cuando nuevamente lo que diga vaya a caer no en oídos sordos, sino en oídos que no quieren oír, he considerado oportuno volver sobre un tema que me ha ocupado en ocasiones pasadas y sobre el cual he estado escribiendo una y otra vez durante los últimos diez años, aunque las respectivas publicaciones hayan sido bastante escasas, porque por los caminos que escojo tal vez acabo pisando demasiados callos. Aunque constituyen aspectos esenciales e innegables de nuestra realidad actual, hay un puñado de cosas que los economistas oficiales y privados no quieren tocar porque les interesa tapar lo que han hecho o disfrazar lo que pretenden hacer. Sin embargo, como la situación ha empeorado tanto, a lo mejor, esta contribución sirve para que algunas mentes que la codicia no ha nublado en forma permanente caigan en cuenta de las verdaderas raíces del desastre actual de la economía panameña y los demás aspectos de la vida nacional.
En primer lugar, quiero recordar que Milton Friedman, uno de los creadores del neoliberalismo y pionero de los principios de la globalización, se refirió a la privatización en la Argentina como un error muy costoso porque, al venderle el gobierno argentino las industrias estatales a capitales extranjeros y transnacionales, estaba asegurándose de un cuantioso drenaje de capitales en ganancias repatriadas. En palabras del propio Friedman, eso significaba la fuga de capitales indispensables para el desarrollo de esa nación. Las consecuencias las vemos ahora, y apenas han pasado diez años.
En Panamá, con una economía tan pequeña, los resultados del remate de las propiedades del Estado entre 1994 y 1999 ya se sienten en todos los negocios y en todas las actividades, incluyendo la profesión médica, la venta de licores y la cuantía de lo que el pueblo gasta en lotería y caballos, que son lo último que se afecta.
Siento temor de lo que nos espera a la vuelta de unos años aquí, con un drenaje de cuatrocientos a seiscientos millones de dólares al año en ganancias repatriadas de lo que fueron el IRHE y el INTEL, y de la prole espuria de este último en el negocio de los teléfonos celulares, así como del resto de las prósperas empresas que alegremente privatizaron. Lo mismo se aplica a la intención de privatizar la producción de agua del IDAAN o el Seguro Social, que son instituciones vitales y que existen por mandato constitucional.
Vemos, pues, que se ha producido una gran caída del poder adquisitivo de la población en general. A ninguna persona inteligente que haya pasado un curso de Economía 100a y tenga una mente abierta, le será difícil ver en la contracción de la clientela del comercio local las consecuencias de los centenares de millones de dólares que, año tras año se están yendo para no volver, desde que privatizaron Cemento Bayano hasta la fecha. La enorme baja de los intereses bancarios para préstamos hipotecarios permite pensar que incluso la demanda de préstamos se ha contraído, sencillamente porque la masa de dinero circulante se ha reducido, nada menos que mil millones de dólares, según el propio gobierno. Este devastador fenómeno se ve alimentado también por el hecho de que, en su mayoría, las inversiones nuevas se han hecho o pensando en el desarrollo del turismo que muy bien puede no desarrollarse, o en negocios que también representan fuga de riqueza como las tiendas de productos importados, muebles, ropa, etc.
En segundo lugar, como un fantasma amenazador surgen en la memoria las reflexiones de un suizo igualmente genial como economista que como historiador, que en el siglo XIX, en los albores del capitalismo industrial, nos advirtió sobre el segundo factor de la crisis actual.
Decía Jean-Paul Sismondi que cuando se reduce la mano de obra debido a adelantos en los medios de producción masiva o con miras a reducir gastos o ambas cosas, con cada plaza de trabajo que se esfuma se produce la correspondiente contracción en la demanda del mercado, y que si no se tiene mucho cuidado con esas operaciones de "racionalización del gasto" (como lo llaman ahora), de pronto puede ocurrir que la demanda se desplome en las propias barbas de una gran superproducción y una gran cantidad de capacidad productiva ociosa. ¿Suena a Suiza o suena más familiar?
¿Habrá hecho alguien una comparación entre las cervezas y las sodas que se venden ahora per cápita y las que se vendían hace ocho años, antes de la privatizadera? ¿Habrá algún medio de comunicación que haya hecho una comparación similar respecto de su volumen de anuncios? ¿Y los cines? ¿Y los pindines? ¿Y las farmacias, antes del autodesabastecimiento decretado por los importadores de medicinas? ¿Habrá alguien que se haya puesto a contar los negocios que han quebrado en los últimos tres años?
En tercer lugar, hay que reconocer que en el "nuevo orden económico" los países grandes y poderosos han llegado al extremo de considerar que muchos de los países pobres y atrasados son redundantes, que están de más, que no representan ningún beneficio para la economía mundial, y son nada menos que desechables en palabras de algunos de sus más connotados economistas oficiales.
En cuarto lugar, el desastre de la educación durante dos generaciones de eliminación de los cursos de análisis gramatical, y de simplificación o supresión de todo lo que tiene que ver con el desarrollo de la facultad del lenguaje, ha hecho que lo que hace cincuenta años se anunciaba como una mano de obra eminentemente bilingüe en las ciudades de Panamá y Colón, se haya convertido en una mano de obra que, para los efectos prácticos, podría considerarse sordomuda, puesto que difícilmente se encuentran jóvenes que sepan expresar algo complejo o que puedan entender un concepto abstracto o una orden que no sea un lugar común expresado con el menor número posible de palabras.
En quinto lugar, para que estas cuatro rémoras no acaben arrojándonos por el despeñadero del caos social, lo primero que resulta absolutamente necesario e impostergable es aumentar el tamaño de la economía, y aumentarlo en forma tan considerable como para que las actividades consiguientes puedan asimilar a cientos de miles de desempleados que no tienen ninguna preparación y cuyas capacidades intelectuales pueden haberse quedado estancadas en el equivalente de la edad de nueve años en muchos casos.
Unicamente si estas cosas las ven y las conversan entre ellos los que deciden y los que mandan en este país que, por cierto, se sientan tranquilamente en una misma mesa cada vez que les conviene sin que importen los partidos ni los cambios de gobierno, únicamente entonces sería posible concebir que la ARI deje de ser una agencia de bienes raíces, cuya principal actividad es llenar los espacios habitables que dejaron vacíos los gringos al irse, sin tomar en cuenta cómo va disminuyendo el dinero disponible para pagar los sueldos y para hacer los depósitos bancarios que deberían sufragar después los alquileres y las amortizaciones.
Unicamente poniendo las áreas revertidas a disposición de un consorcio del gobierno panameño con los portaestandartes de los grandes centros de decisión de la economía mundial, para que establecer grandes industrias aquí se vuelva un verdadero negocio, únicamente entonces podremos esperar que Panamá llegue a ser el emporio que imaginó Bolívar como centro de distribución de bienes y servicios. De no ser así, dentro de poco será muy poco, pero muy, muy poco el valor que se le podrá atribuir a Albrook (tal vez incluso menos que lo que costaron esas tierras en el último gran remate) y a Punta Pacífica y a los corredores Norte y Sur o de cualquiera de los otros dos puntos cardinales. Entonces, además, las casas de los potentados tendrán que erigir murallas más altas y aumentar la policía y multiplicar los guardias de seguridad hasta el momento en que sean los mismos policías y los mismos guardias los que se vuelvan problemas y peligros como les ocurrió a los emperadores romanos con su Guardia Pretoriana. Y pensando en Roma, no hay que olvidar que después de la preeminencia de los guardias pretorianos, los bárbaros se apoderaron de todo por varios siglos.
Si estas cosas no están en el diálogo, si los del gobierno y los que están esperando turno se niegan a comprender que lo mismo que hace a Panamá atractiva para la Secretaría del ALCA, la hace ideal como lugar de producción de grandes transnacionales fuera de sus países como lo exige la mundialización y como lo exige la nueva "división del trabajo", entonces lo que tendremos serán hueros monólogos recíprocos cuyos resultados vendrán a arrasar las últimas, escasas esperanzas que todavía abrigan algunos habitantes de nuestro país en estos desventurados tiempos.