Un país atormentado
Nuestro país, desde la post-invasión o democracia, ha venido sufriendo una vertiginosa elevación de la pirámide de violencia social desatada en nuestras calles. Pareciera que en ese proceso, no se ha tomado en cuenta que para fortalecer la democracia se requiere de un sistema de educación y formación de valores éticos y morales que nos permitan ofrecerle a la sociedad un ambiente de gobernabilidad y la garantía de un derecho humano fundamental: la vida.
A partir de la instalación del primer gobierno civil (19 de diciembre de 1989) se inició una campaña de defensa de los derechos humanos, que se ha confundido con una tolerancia a la delincuencia y al crimen. Los derechos humanos de los taxistas asesinados, de sus viudas, sus huérfanos (as), sus padres y madres, de los comerciantes y ciudadanos (as) humildes que luchan honestamente por su sustento y que han sido acribillados por los asesinos que se han tomado nuestras calles, parecieran que tienen menos valor para las autoridades que el de los criminales y delincuentes.
En menos de un mes la comunidad nacional a sido sacudida profundamente al conocerse un hecho de sangre cometido contra un pastor de la Iglesia Católica. La comisión de este crimen en el templo donde el sacerdote se preparaba para la Eucaristía, es una muestra que en este país no hay garantías de respeto a la vida para ningún ciudadano. El comunicado del comité permanente de la Conferencia Episcopal Panameña que señala "Nos abocamos vertiginosamente hacia una sociedad cada vez más desarticulada, donde la inseguridad ciudadana se manifiesta en los más altos niveles delictivos" (26 de mayo 2002 Panorama Católico) radiografía con claridad el escenario de desesperación y de criminalidad en que nos encontramos los panameños. Los delitos y su impunidad han venido asestándole golpes contundentes a la decencia y a la ley; han venido ganando y ocupando terreno que pareciera que no hubiera fuerza capaz de derrotar al hampa.
El crimen cometido contra Monseñor Altafulla es un claro síntoma de la crisis moral que nos ahoga. El asesinato de este pastor es antecedido por una ola de asesinatos que a diario nos golpean y que nos hacen proyectar una imagen de país atormentado. Aún más, la actitud asumida por el asesino en cuanto a intentar denigrar la conducta moral de la víctima y de implicar en actos de inmoralidad a la propia Iglesia, representa un atentado al cuerpo mismo de Cristo. "Más él hablaba del templo de su cuerpo" S. Juan 2: 21, "Y abrió su boca en blasfemia contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo" Apocalipsis 13:6 .
Estamos viviendo en una comunidad donde está entronizada la subcultura del antivalor, a consecuencia de la descomposición y el desmoronamiento que está sufriendo la cultura de los valores, ¿por qué?: En primer lugar, hemos visto cómo durante estos últimos años la frustración, la decepción colectiva, cada día se crece como fruto de la incapacidad y el poco me importa de quienes gobiernan frente a los problemas de pobreza, hambre, miseria y desesperación de la que son víctimas miles de familias panameñas. Segundo, la corrupción rampante que afecta al actual régimen hasta su propia médula y lo estremece, el nepotismo practicado y defendido con el mayor de los desprecios hacia un pueblo que clama para que se le cumplan las promesas, la complicidad con el que delinque, ha provocado dos cosas sumamente graves: la pérdida de autoridad del gobierno frente a la sociedad, un claro indicador que no goza del más mínimo respeto ante los delincuentes y por ende, no puede tener control sobre el hampa y que el delincuente, por todo lo señalado, está convencido que el delito paga.
El crimen, bajo ninguna circunstancia, puede ganarle la guerra a la ley, pero ésta tiene que aplicarse con toda su fuerza, por lo cual los organismos encargados de aplicarla y sus miembros, tienen que ser respetados y fortalecidos, elevándoles la autoestima a los hombres y mujeres que forman partes de los cuerpos policiales, aquellos que en los años primeros de la invasión fueron tratados como seres inferiores desde el punto de vista moral y social. Las fuerzas policiales viven una gran desmoralización y por esa razón, deben ser dirigidos por oficiales profesionales de las ciencias policiales, con una gran capacidad creativa; se deben fortalecer los servicios de información policiales que permitan tener un control de todos los espacios del hampa y su accionar. Al policía se le debe garantizar una gran valoración y concederles el respeto que se merece y que ese mismo aprecio y respeto se nos devuelva con su sacrificio y la efectividad en su trabajo.
El crimen de un juez y el asalto a mano armada al cuarto de urgencia del principal centro de atención de salud del país, entre otros delitos, reflejan que somos una sociedad indefensa, atada y amordazada por una criminalidad que provoca el horror ante el horror y que nos está conduciendo hacia la ruta del abismo. Parafraseando a Job, podemos señalar que el crimen de Monseñor Altafulla y todos las otras víctimas del hampa, claman justicia. La tierra no debe sepultar el clamor de esos hermanos; alguien debe declarar a favor de ellos.
(romagrau19@hotmail.com)
A partir de la instalación del primer gobierno civil (19 de diciembre de 1989) se inició una campaña de defensa de los derechos humanos, que se ha confundido con una tolerancia a la delincuencia y al crimen. Los derechos humanos de los taxistas asesinados, de sus viudas, sus huérfanos (as), sus padres y madres, de los comerciantes y ciudadanos (as) humildes que luchan honestamente por su sustento y que han sido acribillados por los asesinos que se han tomado nuestras calles, parecieran que tienen menos valor para las autoridades que el de los criminales y delincuentes.
En menos de un mes la comunidad nacional a sido sacudida profundamente al conocerse un hecho de sangre cometido contra un pastor de la Iglesia Católica. La comisión de este crimen en el templo donde el sacerdote se preparaba para la Eucaristía, es una muestra que en este país no hay garantías de respeto a la vida para ningún ciudadano. El comunicado del comité permanente de la Conferencia Episcopal Panameña que señala "Nos abocamos vertiginosamente hacia una sociedad cada vez más desarticulada, donde la inseguridad ciudadana se manifiesta en los más altos niveles delictivos" (26 de mayo 2002 Panorama Católico) radiografía con claridad el escenario de desesperación y de criminalidad en que nos encontramos los panameños. Los delitos y su impunidad han venido asestándole golpes contundentes a la decencia y a la ley; han venido ganando y ocupando terreno que pareciera que no hubiera fuerza capaz de derrotar al hampa.
El crimen cometido contra Monseñor Altafulla es un claro síntoma de la crisis moral que nos ahoga. El asesinato de este pastor es antecedido por una ola de asesinatos que a diario nos golpean y que nos hacen proyectar una imagen de país atormentado. Aún más, la actitud asumida por el asesino en cuanto a intentar denigrar la conducta moral de la víctima y de implicar en actos de inmoralidad a la propia Iglesia, representa un atentado al cuerpo mismo de Cristo. "Más él hablaba del templo de su cuerpo" S. Juan 2: 21, "Y abrió su boca en blasfemia contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y de los que moran en el cielo" Apocalipsis 13:6 .
Estamos viviendo en una comunidad donde está entronizada la subcultura del antivalor, a consecuencia de la descomposición y el desmoronamiento que está sufriendo la cultura de los valores, ¿por qué?: En primer lugar, hemos visto cómo durante estos últimos años la frustración, la decepción colectiva, cada día se crece como fruto de la incapacidad y el poco me importa de quienes gobiernan frente a los problemas de pobreza, hambre, miseria y desesperación de la que son víctimas miles de familias panameñas. Segundo, la corrupción rampante que afecta al actual régimen hasta su propia médula y lo estremece, el nepotismo practicado y defendido con el mayor de los desprecios hacia un pueblo que clama para que se le cumplan las promesas, la complicidad con el que delinque, ha provocado dos cosas sumamente graves: la pérdida de autoridad del gobierno frente a la sociedad, un claro indicador que no goza del más mínimo respeto ante los delincuentes y por ende, no puede tener control sobre el hampa y que el delincuente, por todo lo señalado, está convencido que el delito paga.
El crimen, bajo ninguna circunstancia, puede ganarle la guerra a la ley, pero ésta tiene que aplicarse con toda su fuerza, por lo cual los organismos encargados de aplicarla y sus miembros, tienen que ser respetados y fortalecidos, elevándoles la autoestima a los hombres y mujeres que forman partes de los cuerpos policiales, aquellos que en los años primeros de la invasión fueron tratados como seres inferiores desde el punto de vista moral y social. Las fuerzas policiales viven una gran desmoralización y por esa razón, deben ser dirigidos por oficiales profesionales de las ciencias policiales, con una gran capacidad creativa; se deben fortalecer los servicios de información policiales que permitan tener un control de todos los espacios del hampa y su accionar. Al policía se le debe garantizar una gran valoración y concederles el respeto que se merece y que ese mismo aprecio y respeto se nos devuelva con su sacrificio y la efectividad en su trabajo.
El crimen de un juez y el asalto a mano armada al cuarto de urgencia del principal centro de atención de salud del país, entre otros delitos, reflejan que somos una sociedad indefensa, atada y amordazada por una criminalidad que provoca el horror ante el horror y que nos está conduciendo hacia la ruta del abismo. Parafraseando a Job, podemos señalar que el crimen de Monseñor Altafulla y todos las otras víctimas del hampa, claman justicia. La tierra no debe sepultar el clamor de esos hermanos; alguien debe declarar a favor de ellos.
(romagrau19@hotmail.com)