Un país contra las cuerdas
Siempre hemos escuchado que el primer paso para enfrentar inteligentemente un problema es reconocer que se tiene el problema. El segundo paso es tratar de determinar, honestamente, cuánto del mismo nos agobia. Independientemente de su disparidad en cuanto a credibilidad, diversos estudios (del PNUD, de la OIT, de organismos nacionales como la Cámara de Comercio, de importantes firmas consultoras privadas y de la Universidad de Panamá, sólo por mencionar algunos) indican un serio agravamiento de la situación social y económica del país durante el año recién culminado, la cual está tocando fondo en varios órdenes. Señalan también que, la tendencia de los mismos es hacia un empeoramiento sustancial.
Con una población de alrededor de 2 millones 900 mil habitantes, este país tuvo un crecimiento anual de su Producto Interno Bruto (PIB) para el año 2002 muy bajo: apenas del 0.5%, según los cálculos más optimistas. La caída de las inversiones extranjeras en este último año fue del orden del -15%. La tasa de desempleo reportada por el gobierno fue del 14.4% y diferentes estudios imparciales ubican el Índice real de desempleo en cifras entre el 15.5%-16.5%, sin contar el enorme e inhumano subempleo con el que sobreviven cientos de miles de panameños. Aún el gobierno se ve obligado a aceptar que el Índice de pobreza afecta a, por lo menos, más del 40 % de los panameños.
Todos los indicadores económicos muestran un deterioro significativo, sin perspectivas de una mejoría o repunte a corto plazo. El Indicador de Producción de la Industria Manufacturera, denominado Valor de Producción de la Industria Manufacturera, registró para el primer semestre de 2002 un comportamiento negativo de 4.3 por ciento, en comparación con el mismo período en el año 2001. El Índice de Producción Industrial para el primer semestre del año 2002, mostró una tasa negativa de 2.4 por ciento, con respecto al mismo período del año anterior. Durante este lapso, la Zona Libre de Colón ha reportado que las reexportaciones caían en 2,500 millones de dólares al cierre del año. El Análisis y Revisión de Políticas de Empleo (ARPE) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la economía de Panamá en los últimos 50 años, dice que si no se reforma el modelo de desarrollo, en 2003 el desempleo abierto “puede afectar a cerca de 225 mil trabajadores y la tasa real de desocupación puede llegar a rozar el 20%”.
222 The Economist, en un estudio reciente..., nos ha ubicado dentro de la peor de las tres categorías de este socorrido mundo globalizado: nos lista como un país tecnológicamente atrasado.
Por otro lado, el agro panameño está hoy en una situación bastante crítica. No obstante representar una actividad fundamental (la capacidad de asegurare alimentos a los ciudadanos), nuestro agro fue sometido a un abandono secular, desarrollándose como una actividad tecnológicamente atrasada, deformada por medidas proteccionistas y mediatizada por los intermediarios y por las abusivas redes de comercialización interna. Una agricultura así, fue fácil pasto para sus verdugos. Nuestra campiña productiva fue duramente vapuleada con las medidas draconianas, impuestas localmente por el neoliberalismo criollo, a mediados de la década pasada. El resultado de estas inhumanas políticas anti-agrarias y del desprecio por la suerte de nuestros cientos de miles de campesinos ha sido el abandono masivo del campo y el agrandamiento de los bolsones urbanos de miseria, producto de las migraciones desordenadas, motivadas por el hambre y el desempleo.
El censo agropecuario de hace una década, reportaba que, en el país, había un total de 214,000 explotaciones agropecuarias, que involucraban un total de 2.9 millones de hectáreas. Hoy, a pesar de que se reporta un aumento relativo cuantitativo, la cifra actual según el censo agropecuario de 2000, el mismo no es ni siquiera proporcional al aumento de la población y la subsecuente demanda incrementada de alimentos en esta última década. Por otro lado, la contribución del agro a la economía ha ido cayendo en picada. En el período 1995-1999, ha sufrido descensos sostenidos, bajando del 6.2% al 5.5% del Producto Interno Bruto, respectivamente. Hoy, ronda el 5% (o menos). Debido al secretismo y a los intentos por disimular la magnitud del problema, ha sido prácticamente imposible tener una idea exacta de las cifras reales del deterioro del agro, hasta hoy. A pesar de la implementación de un conjunto de medidas populistas, totalmente inefectivas y sin sostenibilidad más allá de los subsidios artificiales que les mantienen, nuestra agricultura languidece en estado catatónico.
A estos niveles de improductividad y de deterioro, se adiciona el gravísimo hecho de que, según las últimas cifras disponibles, el sector agropecuario empleaba aproximadamente 203,000 personas, lo que equivaldría a un 26% de la población económicamente activa y que representaría aproximadamente el 45% de la población ocupada rural. La pobreza y la miseria (ahora llamada eufemísticamente “pobreza extrema”) se concentran en el área rural. Aproximadamente, el 76% de todos los pobres y casi el 88% de la población que vive en la más abyecta miseria reside en el área rural. Pero han habido escalafones en los que, vergonzosamente, Panamá ha ido ascendiendo y ganado notoriedad. Un ejemplo de estos dudosos méritos los vemos en el Índice Gini, que mide la desigualdad social en términos de cómo el ingreso se desvía de una distribución justa. Un valor de cero representa equidad perfecta y un valor de 100 representa una situación de perfecta inequidad. Solo para compararnos con nuestro vecino, Costa Rica ocupa el lugar 41, con un valor GINI de 45.9. Panamá ocupa el puesto 53, con un valor GINI de 48.5, que y que va empeorando. Así mismo, en los índices mundiales de percepción de la corrupción (IPC), medidos por Transparencia Internacional, hemos ido sostenidamente cayendo de mal en peor: de 3.7 en 2001 a 3.0 en 2202. En poco menos de un año nos hemos ganado este vergonzoso “honor” y hoy, solamente la Argentina es percibida como más corrupta que Panamá, dentro de todo el hemisferio.
Mientras algunos festinan el hecho de que Panamá es la “segunda economía más globalizada de Latinoamérica”, paradójicamente en los registros globales de competitividad hemos caído al grupo de países como Honduras y Paraguay. Aún en las ramas en donde teníamos alguna ventaja relativa en la región (servicios bancarios y financieros, comercio de reexportación, seguros y reaseguros, negocios marítimos, etc.) hemos ido perdiendo competitividad y atractivo, para la inversión foránea, demasiado rápidamente. The Economist, en un estudio reciente denominado “A New Map of the World 2002”, nos ha ubicado dentro de la peor de las tres categorías de este socorrido mundo globalizado: nos lista como un país tecnológicamente atrasado. Esto nos puede ofender o dejar perplejos, pero no deja de ser lamentablemente cierto. Cada vez, más cierto.
Desde el punto de vista social, Panamá sufre cambios rápidos y profundos en su tasa de natalidad, migración, sobrepoblación urbana, etc. Es un país en plena transición demográfica, lo cual plantea la necesidad urgente de cambios en los sistemas de salud y educación, así como en el mercado de trabajo.
Nuestra esperanza de vida al nacer es de 71 años. Se supone que tenemos 980 habitantes por médico. Nuestra tasa de mortalidad neonatal es de 22 neonatos muertos por cada mil nacimientos. La tasa de mortalidad en menores de 5 años es de 25 de cada mil, mientras que la tasa de mortalidad derivada de la maternidad es de 55 por mil. Las cifras oficiales reportan que el porcentaje de la población con acceso a servicios de salud es del orden del 87%, cifra muy dudosa. La malnutrición infantil es superior al 7% y el Gasto público en salud sólo llega al 5.4% del PIB. En conversaciones con médicos de diferentes especialidades, todos dicen lo mismo: nuestros índices de salud, a pesar de la cortina de humo de los datos oficiales, van deteriorándose muy rápidamente.
Por otro lado, si consideramos que, según cifras oficiales, la pobreza panameña alcanza un 40.5% (14% de pobreza general y 26.5% de pobreza extrema) se puede inferir que la preparación académica de la población es mala y que no les capacita para mejorar su situación. Dado el deterioro en la efectividad de la inversión estatal en Educación, este cuadro podría mantenerse así por varias décadas o inclusive empeorar irremisiblemente, si no se hacen los correctivos necesarios pronto.
Vivimos un gravísimo deterioro social, matizado, adicionalmente, por elevados niveles de inseguridad ciudadana. La violencia y la criminalidad se han ido apoderando lentamente de la sociedad panameña. Los panameños viven una cultura de la violencia cotidiana. Los informes que manejan los mismos estamentos policiales, indican que cada diecisiete minutos se comete un delito grave en Panamá y esto se refleja en todas las estadísticas serias. Y para colmo de males, no podemos siquiera garantizarle la vida a los ciudadanos dentro de nuestro propio territorio, tal como hemos visto suceder en al frontera con Colombia. ¿Sobre qué clase de soberanía real y efectiva se sustenta nuestra condición como Nación?
Todo lo dicho hasta ahora nos pinta un cuadro que muchas veces preferimos no mirar. En un año preelectoral: ¿qué podemos esperar los panameños por parte de nuestros actuales gobernantes y por parte de aquellos que nos quieren gobernar? ¿Una tardía admisión de culpas? ¿Un juego de mentiras y negaciones? Esconder la cabeza como un avestruz o repicar letanías diversionistas, invocando superficialidades y sentimentalería, no va a hacer que nuestra realidad mejore. Tampoco el insistir en propalar mentiras o arroparse en cifras tergiversadas, que nadie cree.
La sociedad panameña tiene que hacer un alto, reexaminar sinceramente el peligroso rumbo por el que transita y tomar, sin más dilación, severas rectificaciones en todos los órdenes (político, social, económico y cultural), antes de que se provoque un grave estallido social, que resquebraje aún más a nuestra endeble estructura democrática. Sobre todo, debemos entender que sin una mejor Educación y una capacidad real de generar y manejar el Conocimiento y la Información, no llevamos chance alguno para superar el atraso y salir adelante frente a los difíciles retos del mundo globalizado. El futuro del país que legaremos a nuestros hijos está en serio riesgo. Ya es hora de que hagamos algo.
(luis.wong@eudoramail.com)
Con una población de alrededor de 2 millones 900 mil habitantes, este país tuvo un crecimiento anual de su Producto Interno Bruto (PIB) para el año 2002 muy bajo: apenas del 0.5%, según los cálculos más optimistas. La caída de las inversiones extranjeras en este último año fue del orden del -15%. La tasa de desempleo reportada por el gobierno fue del 14.4% y diferentes estudios imparciales ubican el Índice real de desempleo en cifras entre el 15.5%-16.5%, sin contar el enorme e inhumano subempleo con el que sobreviven cientos de miles de panameños. Aún el gobierno se ve obligado a aceptar que el Índice de pobreza afecta a, por lo menos, más del 40 % de los panameños.
Todos los indicadores económicos muestran un deterioro significativo, sin perspectivas de una mejoría o repunte a corto plazo. El Indicador de Producción de la Industria Manufacturera, denominado Valor de Producción de la Industria Manufacturera, registró para el primer semestre de 2002 un comportamiento negativo de 4.3 por ciento, en comparación con el mismo período en el año 2001. El Índice de Producción Industrial para el primer semestre del año 2002, mostró una tasa negativa de 2.4 por ciento, con respecto al mismo período del año anterior. Durante este lapso, la Zona Libre de Colón ha reportado que las reexportaciones caían en 2,500 millones de dólares al cierre del año. El Análisis y Revisión de Políticas de Empleo (ARPE) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la economía de Panamá en los últimos 50 años, dice que si no se reforma el modelo de desarrollo, en 2003 el desempleo abierto “puede afectar a cerca de 225 mil trabajadores y la tasa real de desocupación puede llegar a rozar el 20%”.
222 The Economist, en un estudio reciente..., nos ha ubicado dentro de la peor de las tres categorías de este socorrido mundo globalizado: nos lista como un país tecnológicamente atrasado.
Por otro lado, el agro panameño está hoy en una situación bastante crítica. No obstante representar una actividad fundamental (la capacidad de asegurare alimentos a los ciudadanos), nuestro agro fue sometido a un abandono secular, desarrollándose como una actividad tecnológicamente atrasada, deformada por medidas proteccionistas y mediatizada por los intermediarios y por las abusivas redes de comercialización interna. Una agricultura así, fue fácil pasto para sus verdugos. Nuestra campiña productiva fue duramente vapuleada con las medidas draconianas, impuestas localmente por el neoliberalismo criollo, a mediados de la década pasada. El resultado de estas inhumanas políticas anti-agrarias y del desprecio por la suerte de nuestros cientos de miles de campesinos ha sido el abandono masivo del campo y el agrandamiento de los bolsones urbanos de miseria, producto de las migraciones desordenadas, motivadas por el hambre y el desempleo.
El censo agropecuario de hace una década, reportaba que, en el país, había un total de 214,000 explotaciones agropecuarias, que involucraban un total de 2.9 millones de hectáreas. Hoy, a pesar de que se reporta un aumento relativo cuantitativo, la cifra actual según el censo agropecuario de 2000, el mismo no es ni siquiera proporcional al aumento de la población y la subsecuente demanda incrementada de alimentos en esta última década. Por otro lado, la contribución del agro a la economía ha ido cayendo en picada. En el período 1995-1999, ha sufrido descensos sostenidos, bajando del 6.2% al 5.5% del Producto Interno Bruto, respectivamente. Hoy, ronda el 5% (o menos). Debido al secretismo y a los intentos por disimular la magnitud del problema, ha sido prácticamente imposible tener una idea exacta de las cifras reales del deterioro del agro, hasta hoy. A pesar de la implementación de un conjunto de medidas populistas, totalmente inefectivas y sin sostenibilidad más allá de los subsidios artificiales que les mantienen, nuestra agricultura languidece en estado catatónico.
A estos niveles de improductividad y de deterioro, se adiciona el gravísimo hecho de que, según las últimas cifras disponibles, el sector agropecuario empleaba aproximadamente 203,000 personas, lo que equivaldría a un 26% de la población económicamente activa y que representaría aproximadamente el 45% de la población ocupada rural. La pobreza y la miseria (ahora llamada eufemísticamente “pobreza extrema”) se concentran en el área rural. Aproximadamente, el 76% de todos los pobres y casi el 88% de la población que vive en la más abyecta miseria reside en el área rural. Pero han habido escalafones en los que, vergonzosamente, Panamá ha ido ascendiendo y ganado notoriedad. Un ejemplo de estos dudosos méritos los vemos en el Índice Gini, que mide la desigualdad social en términos de cómo el ingreso se desvía de una distribución justa. Un valor de cero representa equidad perfecta y un valor de 100 representa una situación de perfecta inequidad. Solo para compararnos con nuestro vecino, Costa Rica ocupa el lugar 41, con un valor GINI de 45.9. Panamá ocupa el puesto 53, con un valor GINI de 48.5, que y que va empeorando. Así mismo, en los índices mundiales de percepción de la corrupción (IPC), medidos por Transparencia Internacional, hemos ido sostenidamente cayendo de mal en peor: de 3.7 en 2001 a 3.0 en 2202. En poco menos de un año nos hemos ganado este vergonzoso “honor” y hoy, solamente la Argentina es percibida como más corrupta que Panamá, dentro de todo el hemisferio.
Mientras algunos festinan el hecho de que Panamá es la “segunda economía más globalizada de Latinoamérica”, paradójicamente en los registros globales de competitividad hemos caído al grupo de países como Honduras y Paraguay. Aún en las ramas en donde teníamos alguna ventaja relativa en la región (servicios bancarios y financieros, comercio de reexportación, seguros y reaseguros, negocios marítimos, etc.) hemos ido perdiendo competitividad y atractivo, para la inversión foránea, demasiado rápidamente. The Economist, en un estudio reciente denominado “A New Map of the World 2002”, nos ha ubicado dentro de la peor de las tres categorías de este socorrido mundo globalizado: nos lista como un país tecnológicamente atrasado. Esto nos puede ofender o dejar perplejos, pero no deja de ser lamentablemente cierto. Cada vez, más cierto.
Desde el punto de vista social, Panamá sufre cambios rápidos y profundos en su tasa de natalidad, migración, sobrepoblación urbana, etc. Es un país en plena transición demográfica, lo cual plantea la necesidad urgente de cambios en los sistemas de salud y educación, así como en el mercado de trabajo.
Nuestra esperanza de vida al nacer es de 71 años. Se supone que tenemos 980 habitantes por médico. Nuestra tasa de mortalidad neonatal es de 22 neonatos muertos por cada mil nacimientos. La tasa de mortalidad en menores de 5 años es de 25 de cada mil, mientras que la tasa de mortalidad derivada de la maternidad es de 55 por mil. Las cifras oficiales reportan que el porcentaje de la población con acceso a servicios de salud es del orden del 87%, cifra muy dudosa. La malnutrición infantil es superior al 7% y el Gasto público en salud sólo llega al 5.4% del PIB. En conversaciones con médicos de diferentes especialidades, todos dicen lo mismo: nuestros índices de salud, a pesar de la cortina de humo de los datos oficiales, van deteriorándose muy rápidamente.
Por otro lado, si consideramos que, según cifras oficiales, la pobreza panameña alcanza un 40.5% (14% de pobreza general y 26.5% de pobreza extrema) se puede inferir que la preparación académica de la población es mala y que no les capacita para mejorar su situación. Dado el deterioro en la efectividad de la inversión estatal en Educación, este cuadro podría mantenerse así por varias décadas o inclusive empeorar irremisiblemente, si no se hacen los correctivos necesarios pronto.
Vivimos un gravísimo deterioro social, matizado, adicionalmente, por elevados niveles de inseguridad ciudadana. La violencia y la criminalidad se han ido apoderando lentamente de la sociedad panameña. Los panameños viven una cultura de la violencia cotidiana. Los informes que manejan los mismos estamentos policiales, indican que cada diecisiete minutos se comete un delito grave en Panamá y esto se refleja en todas las estadísticas serias. Y para colmo de males, no podemos siquiera garantizarle la vida a los ciudadanos dentro de nuestro propio territorio, tal como hemos visto suceder en al frontera con Colombia. ¿Sobre qué clase de soberanía real y efectiva se sustenta nuestra condición como Nación?
Todo lo dicho hasta ahora nos pinta un cuadro que muchas veces preferimos no mirar. En un año preelectoral: ¿qué podemos esperar los panameños por parte de nuestros actuales gobernantes y por parte de aquellos que nos quieren gobernar? ¿Una tardía admisión de culpas? ¿Un juego de mentiras y negaciones? Esconder la cabeza como un avestruz o repicar letanías diversionistas, invocando superficialidades y sentimentalería, no va a hacer que nuestra realidad mejore. Tampoco el insistir en propalar mentiras o arroparse en cifras tergiversadas, que nadie cree.
La sociedad panameña tiene que hacer un alto, reexaminar sinceramente el peligroso rumbo por el que transita y tomar, sin más dilación, severas rectificaciones en todos los órdenes (político, social, económico y cultural), antes de que se provoque un grave estallido social, que resquebraje aún más a nuestra endeble estructura democrática. Sobre todo, debemos entender que sin una mejor Educación y una capacidad real de generar y manejar el Conocimiento y la Información, no llevamos chance alguno para superar el atraso y salir adelante frente a los difíciles retos del mundo globalizado. El futuro del país que legaremos a nuestros hijos está en serio riesgo. Ya es hora de que hagamos algo.
(luis.wong@eudoramail.com)