Un pasado de maleantería
Hay quienes sostienen que durante la vigencia de la dictadura militar no había tanto crimen; que las fuerzas de defensa del dictador de turno tenían pleno control del escenario de la criminalidad, y que, después que “los políticos” desarticularon aquel aparato represor, se destapó la caja de bandidos. La verdad es que no ha sido así. Hay que dejar en claro que los militares en el poder controlaban los medios de comunicación y que sus ciervos en las direcciones de los periódicos publicaban solamente aquello que no afectara la imagen del mandón de turno y sus intereses. También es cierto que los secuestradores, torturadores, perseguidores y asesinos, tenían a sus máximos representantes en el mismo gobierno, tesis que podrían exponer con mayor claridad los mudos testigos que obligados a partir a otras dimensiones; léase Edwin Heredio Amaya, Rita Wald, Julio Samudio, Palacios Salinas, Heliodoro Portugal, Guzmán Baúles y todos aquellos que cayeron víctimas de las balas asesinas de quienes ejercían la maleantería desde el poder.
En aquellos años del mal recordado régimen de fuerza los millones de gramos de cocaína y otras sustancias ilícitas, pasaban de manos de adeptos al régimen de turno cuyos máximos representantes miraban para otro lado, ya que ello revertía en enormes ganancias que, aunadas a negociados como “transit” y los golpes al erario público (Banco Nacional, CSS y muchos otros) engrosaban impunemente las cuentas de muchos de los que hoy debieran estar presos y no haciendo alarde de conocimientos en temas que deben ser competencia de ciudadanos probos, decentes, pulcros y patriotas.
Hoy, gracias a Dios, y a la presión ejercida por los civilistas que en la calle condenaron al régimen cuartelario, defenestrado el 20 de diciembre de 1989 por una indeseada intervención externa que produjo la huida del opresor y sus colaboradores, disfrutamos en Panamá de libertad de expresión; de respeto a los derechos humanos; de libre circulación y, en fin, de una democracia que, como todas, si no es perfecta, al menos nos permite vivir sin la amenaza cotidiana a la vida misma y bien informados de lo que pasa en nuestro país y en el mundo.
Ya no estamos a merced de los paramilitares que comandaba Benjamín Colamarco, armados hasta los dientes con la aquiescencia del comandante de las Fuerzas de Defensa, para atentar contra los derechos de los disidentes; nos liberamos de los llamados Codepadis, pandillas de servidores públicos convertidos en marionetas del opresor; de los maleantes armados dizque para defender al Panamá que tanto deshonraron y de los potenciales dictadores que desde el rango de subtenientes soñaron alguna vez con someter, como lo hacían sus altos jefes, al noble pueblo panameño.
Hoy contamos con elecciones libres; es decir, sin posibilidades de aquellos fraudes electorales que cometieron delincuentes desde el poder. Y lo más significativo, con una prensa escrita que, con la responsabilidad que le corresponde en un país democrático, investiga e informa, sin el peligro, hasta ahora, de ser censurada o cerrada, tal como lo hacían los “estrategas de la seguridad” de la tiranía de Manuel Antonio Noriega, preso aún por los crímenes perpetrados desde el poder. Es por ello que él, y sus inmediatos colaboradores, aunque disfruten de un plan de reciclaje, están moralmente desautorizados para opinar en ciertos temas.