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Un pensamiento moral equivocado


EL DOMINGO pasado fui a misa con mi esposa en nuestra parroquia, San Francisco de la Caleta. Somos afortunados. La calidad de los sacerdotes que han atendido la parroquia, la liturgia que allí se celebra y la civilidad de los parroquianos constituyen un conjunto excepcional en un rincón de la ciudad de gran sosiego humano y gran belleza natural, donde llevar una vida de fe cristiana y católica dentro de nuestras limitaciones de cada uno.
Sin embargo, el domingo pasado me llevé una sorpresa al ver pegado a la puerta de entrada que abre sobre el parque, una cartulina de La Campaña Nacional de Cuaresma 2006, de la Pastoral Social Arquidiocesana, que contiene tres planteamientos de pensamiento moral: 1. El mensaje del Cacique Seattle, según el cual "Toda la tierra es sagrada para mi pueblo"; 2. Una frase que se formula como pregunta abstracta, pues no se le atribuye a ninguna persona u otra fuente en particular: "Minería, ¿Desarrollo o Destrucción?" 3. Una foto de quienes por su tipo humano y por su vestimenta, parecen ser un campesino y un indígena, que llevan en alto un telón sobre el cual está escrito: "La Tierra es lo único que tenemos y no nos iremos de aquí. ¡No a las Hidroeléctricas, son un vil robo¡". Lo que preocupa de esta cartulina es que aboga no sólo por tres mensajes de pensamiento moral diferentes sino, al menos parcialmente, contrapuestos.
El primer mensaje consiste en afirmar que la tierra es algo sagrado. Este mensaje me parece correcto, pero la manera como lo plantean es incompleta y ambigua. Es correcto porque Dios, quien es el único ser plenamente sagrado, al crear el universo evolutivamente lo hizo participar de su ser, bondad y perfección. Y según lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica de 1993, Dios lo creó según "una jerarquía de criaturas... que va de lo menos perfecto a lo más perfecto"(no. 337-354). El hombre es la cumbre de la obra de creación, porque es la única criatura de la que Dios dice: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra" (Génesis, c.1, v. 24-27, Catecismo, no. 342-343).
Además, las palabras del cacique Seattle son intrínsecamente ambiguas, porque al concentrar en su grupo humano solamente ("mi pueblo") se presta a que se entienda que mientras la tierra es sagrada para todo su pueblo, no necesariamente lo es para los demás individuos y pueblos de la raza humana. Ello no se ajusta a los hechos: aunque los pueblos indígenas tengan un vínculo más íntimo con la naturaleza y la tierra, los demás individuos, pueblos y etnias no son necesariamente ni depredadores de lo que tiene de sagrado la tierra ni cómplices de tales agentes del mal.
Así como hay que reclamar de los no-indígenas que asuman su parte de responsabilidad por la conservación ecológica, hay también que destacar que una parte de los dirigentes indígenas se hace cómplice de los que desconocen esta responsabilidad y que al llegar a la Asamblea, por ejemplo, poco o nada han hecho por sus pueblos. Flaco servicio le rinden a la causa de la justicia en favor de los individuos y grupos indígenas, actuando como si ellos no tuvieran ninguna responsabilidad por la suerte que corren. La tierra es sagrada en la medida en que Dios la creó para beneficio múltiple del ser humano y éste la usa sin desvastarla ni derrocharla, abusando así de su valor sagrado. Pero es sagrada limitadamente. Si la recta razón y el Espíritu de Dios no la inspiran y orientan" puede ser fuente de caos, de confusión y de oscuridad", es decir, del mal. Es verdad que los indígenas en regla general saben respetar la naturaleza mejor que otra gente que la abusa para sacar comida, progreso y peor aún riqueza y opulencia, pero no es menos verdad que la tierra convertida en alimento, vivienda y monumento, de diversas formas y para diversos propósitos, es también sagrada en la medida en que le sirve al hombre para construir civilizaciones que pueden humanizar más al ser humano. Y en esa construcción de civilización, los indígenas de hoy en día pueden aprender mucho de los hombres que nos decimos modernos. No debe plantearse una ventaja unilateral en cuanto a la relación enseñanza- aprendizaje entre el indígena y el no-indígena.
El segundo mensaje plantea una interrogación: Minería: ¿desarrollo o destrucción? El pensamiento moral en este mensaje, el más general, pero también la más abarcadora. En efecto, ante toda dimensión del universo creado, ante toda parcela del mundo terráqueo y ante toda actividad primitiva o científica y tecnológica del hombre de cara al universo, al mundo o a sí mismo, la más importante cuestión ética que se le plantea al hombre es si se trata de un bien o de un mal, es decir si conduce al desarrollo o a la destrucción. Todo lo que no es Dios es susceptible de ser usado para el bien o para el mal.
En su libro Responsabilidad Global, a la búsqueda de una Nueva Ética Mundial, el teólogo Hans Kung, argumenta persuasivamente que en la medida en que la globalización está forjando, nos guste o no, un mundo único, sólo podremos sobrevivir en él en virtud no de una ideología común o una religión común, sino de una ética común, es decir algunas normas, valores y objetivos que nos unan y nos vinculen mutuamente, nos respondan a las preguntas básicas sobre por qué debemos hacer el bien y evitar el mal, y nos propongan un consenso ético básico que necesitan las sociedades pluralistas en las que vivimos. Además también argumenta persuasivamente que esa ética debe ser una ética de la responsabilidad, ni del éxito ni de la disposición y que debe responder a la pregunta fundamental que hoy se nos formula con insistencia: ¿ en qué condiciones podemos sobrevivir, como personas, en una tierra habitable, dándole forma humana a nuestra vida individual y social?
Pero una ética y muy especialmente la ética humanice la globalización sólo puede recibir su obligatoriedad universal de su fundamentación en el absoluto a saber Dios. La normatividad basada en Dios, no es una enajenación para el hombre, sino "el fundamento, la garantía y también el límite de la autonomía humana" (c. III, no.4, b). De allí que sea necesaria una coalición entre creyentes y luego entre creyentes y no-creyentes para la vigencia de la ética que el mundo unificado por la globalización necesita.
El segundo mensaje de la cartulina de la Pastoral Social Arquidiocesana, se limita a plantear la pregunta inicial de las hidroeléctricas: ¿son instrumentos desarrollo o de destrucción? No intenta responder a la pregunta, por eso el segundo mensaje de pensamiento, es a mi entender completamente válido.
El tercer mensaje de pensamiento moral que la cartulina parece atribuir a un indígena y a un campesino es el más erróneo de los tres. Si se tomara como complemento del primer mensaje y la respuesta al segundo harían del documento todo entero un pensamiento moral equivocado y contraproducente. En efecto, comienza con una absolutización del derecho de propiedad sobre determinado bien la tierra. Mucho más sensata y moralmente válida fue la proposición que formuló la Conferencia Episcopal Panameña en su carta pastoral sobre la justicia social en Panamá, al decir: "la construcción de nuevos lagos podría afectar a miles de personas en cientos de comunidades campesinas, que por varias generaciones, han habitado las tierras que podrían ser..." en este caso sería necesario que fuesen recompensados adecuadamente con viviendas dignas y tierras valiosas como las que ahora tienen (párrafo no. 96).
Los siete representantes de los partidos políticos y el independiente que preparamos, por iniciativa personal propia el documento intitulado Aportes para un Consenso Nacional sobre el Futuro del Canal nos inspiramos en esta posición de los Obispos y añadimos que "sería imprescindible compensar generosamente a la población que se vea afectada, al mismo tiempo que se le proporcionan lugares cercanos alternos para que puedan ubicarse en iguales o mejores, evitando por todos los medios que se desate una especulación que la prive de sus derechos poses". Nos entrevistamos con una de las dos organizaciones campesinas (la Comisión por la Defensa de los Derechos de los Campesinos de la Cuenca Occidental de Panamá), pues la otra organización campesina (la Coordinadora Campesina contra los Embalses por la Vida y la Tierra) ni tan siquiera permitió escucháramos sus puntos de vista, a pesar de todos nuestros esfuerzos por tomar en cuenta sus puntos de vista.
En su más reciente discurso ante la Asamblea Nacional, el Presidente de la República dijo: " Quiero ser enfático en que el proyecto [de ampliación del Canal]: no puede limitar la capacidad financiera del gobierno de atender las demandas sociales, y, que, sobre todo, no puede no puede haber nuevos embalses que desplacen a moradores de la cuenca". ¿Qué más pueden pedir los que se oponían a los embalses para obtener el agua adicional necesaria para la ampliación Canal y que ahora se piensa obtener de otras fuentes con otra tecnología? En la medida en que la búsqueda de la alternativa que ahora se contempla ha sido en parte el resultado de la lucha contra el recurso a nuevos embalses, por parte de organizaciones sociales mencionadas, hay que reconocérselo y agradecérselo.
Sin embargo, la actitud que algunos adoptaron en su lucha es negativa hasta el absurdo. Dan a entender que cualesquiera fueran las circunstancias "no nos iremos de aquí", lo cual es inaceptable en un estado democrático. La moral y la Constitución nos enseñan que "se garantiza la propiedad privada adquirida con arreglo a la Ley por personas jurídicas o naturales (art. 47). Pero, ésta acarrea obligación para su dueño "por razón de la función social que debe llenar [y] por motivos de utilidad pública o de interés social definidos en la Ley puede haber expropiación mediante juicio especial e indemnización". El hecho entonces de que estas tierras no se requieran para la ampliación del Canal no significa que su especial riqueza hidrográfica no se deba tener en cuenta en el desarrollo del país y particularmente del área metropolitana que crece y se extiende desde Colón hasta Chorrera, incluyendo toda la ciudad de Panamá y las áreas habitables de la antigua Zona del Canal.
Si los dos primeros mensajes revelan un pensamiento moral confuso por ambiguo e incompleto, el tercer mensaje termina transparentemente en el error. "No a las hidroeléctricas. Son un vil robo" Hace aproximadamente dos a tres años, cuando se configuró el grupo de campesinos más opuesto a las represas que se pensaban serían necesarias para la ampliación del Canal, Radio Caracol le hizo una entrevista a un sacerdote que se identificaba como asesor de dicho grupo y que en esa oportunidad asumió el papel de su vocero. Me asombró sobremanera que terminara diciendo que él sentía un gran gozo ese día porque ese día se celebraba el día mundial contra los embalses y represas. En otras palabras para quien hablaba todos los embalses y represas eran malos. Él había convertido unas obras materiales, que pueden ser convenientes y hasta necesarias, como inconvenientes y hasta dañinas para la comunidad humana, no en el objeto de estudio para saber cuando eran provechosas o nefastas, sino en un mal en sí mismas. En otras palabras les había demonizado, es decir convertido en un ídolo al revés. Por el camino de ese pensamiento la Pastoral Social Arquidiocesana en vez de orientar desorienta, y en vez de unir para el bien común, divide para el mal de nuestro país y de nuestro pueblo.
ariyan@sinfo.net

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