Un personaje para recordar
En el tiempo de la dictadura, me llamaba la atención los escritos de este personaje, denunciando con tenacidad el despojo de que había sido víctima, llevando su causa a todos los foros nacionales e internacionales. Desde entonces empecé a admirarla por su coraje y valentía. Con la convulsión de la época, sin embargo, nunca imaginé que llegaría a conocerla personalmente.
Como jubilada, mi familia me escogió a mí para que escribiera quejándome por la falta de agua, problema que aún persiste. Ese primer artículo se publicó en el diario La Prensa, hace ya nueve años. Una de mis hijas trabajaba en esa época en esa empresa y por lo tanto no me pareció correcto este conflicto familiar. Decidí, a buena hora, cambiarme a El Panamá América, hecho del que aún me regocijo.
La primera vez que vi a este personaje fue un uno de los elevadores del Consultorio Médico Paitilla. Por mi retrato, en su despacho, ella me reconoció, y atropellándome entre tanta gente, observé que se sonreía conmigo. Yo había llegado a mi piso y tuve que salir del elevador rápidamente.
Aquella sonrisa, ese cuerpo diminuto como una figurita de fina porcelana, se quedó gravada en mi memoria. Me di cuenta que era doña Rosario Arias de Galindo y me propuse que algún día iría a su despacho a darle un abrazo. El tiempo, sin embargo, se desliza entre las manos y nos damos cuenta que entre los guayacanes floridos se escurren los veranos y con estos los años.
Una de esas tardes de 1977 doña Rosario me llamó por teléfono para ofrecerme trabajo. Me solicitaba encargarme de una página del P.A. para dedicarla a los adultos mayores, como se les llama ahora. Aún no nos conocíamos así que le pregunté por qué me escogía a mí, "porque me gustan tus escritos", contestó. Me dio quince días para que lo pensara. Lastimosamente no lo pude aceptar porque mi esposo estaba muy enfermo y no contaba con un enfermero en casa.
Una de esas mañanas soleadas, con previa cita, me dispuse conocer personalmente a la Presidenta de la Editora Panamá América, S.A. y Crítica. Me recibió con ese don de gente que la enaltece y platicamos de todo un poco. Mi pensamiento, sin embargo, se centralizaba en un signo de interrogación. ¿De dónde sacaba semejante personita tanta vitalidad?
Cuarenta años, yo diría, la mitad de su vida, los dedicó a esa empresa que hoy goza de la mayor circulación en el país. Ese personaje, digna hija de su padre, no ha necesitado estampar sus manos en el cemento para dejar sus huellas, estas las absorbieron los rotativos para siempre. En derecho propio seguirá haciéndole honor al nombramiento de Presidenta Vitalicia, y a todos los que tuvimos el placer, el gran placer, de conocerla.
Como jubilada, mi familia me escogió a mí para que escribiera quejándome por la falta de agua, problema que aún persiste. Ese primer artículo se publicó en el diario La Prensa, hace ya nueve años. Una de mis hijas trabajaba en esa época en esa empresa y por lo tanto no me pareció correcto este conflicto familiar. Decidí, a buena hora, cambiarme a El Panamá América, hecho del que aún me regocijo.
La primera vez que vi a este personaje fue un uno de los elevadores del Consultorio Médico Paitilla. Por mi retrato, en su despacho, ella me reconoció, y atropellándome entre tanta gente, observé que se sonreía conmigo. Yo había llegado a mi piso y tuve que salir del elevador rápidamente.
Aquella sonrisa, ese cuerpo diminuto como una figurita de fina porcelana, se quedó gravada en mi memoria. Me di cuenta que era doña Rosario Arias de Galindo y me propuse que algún día iría a su despacho a darle un abrazo. El tiempo, sin embargo, se desliza entre las manos y nos damos cuenta que entre los guayacanes floridos se escurren los veranos y con estos los años.
Una de esas tardes de 1977 doña Rosario me llamó por teléfono para ofrecerme trabajo. Me solicitaba encargarme de una página del P.A. para dedicarla a los adultos mayores, como se les llama ahora. Aún no nos conocíamos así que le pregunté por qué me escogía a mí, "porque me gustan tus escritos", contestó. Me dio quince días para que lo pensara. Lastimosamente no lo pude aceptar porque mi esposo estaba muy enfermo y no contaba con un enfermero en casa.
Una de esas mañanas soleadas, con previa cita, me dispuse conocer personalmente a la Presidenta de la Editora Panamá América, S.A. y Crítica. Me recibió con ese don de gente que la enaltece y platicamos de todo un poco. Mi pensamiento, sin embargo, se centralizaba en un signo de interrogación. ¿De dónde sacaba semejante personita tanta vitalidad?
Cuarenta años, yo diría, la mitad de su vida, los dedicó a esa empresa que hoy goza de la mayor circulación en el país. Ese personaje, digna hija de su padre, no ha necesitado estampar sus manos en el cemento para dejar sus huellas, estas las absorbieron los rotativos para siempre. En derecho propio seguirá haciéndole honor al nombramiento de Presidenta Vitalicia, y a todos los que tuvimos el placer, el gran placer, de conocerla.