Un poco de amor en el Centenario
Victoriano Rodríguez S. (diostesalvepanama@yahoo.com)
A medida que pasan los años, nuestros hogares se vuelven más fríos, menos comunicativos y generalmente más violentos. Las políticas neoliberales y de hecho la globalización, nos están empujado hacia la deshumanización y lo estamos permitiendo.
Producto del machismo latino, en muchos hogares se dificulta ver la figura paterna, las mujeres tienen que luchar hasta el agotamiento para llevar el bocado que comerán sus hijos y estos, una vez que van creciendo, empujados por el medio y la ausencia de la madre en el hogar, por estar trabajando, se lanzan a la calle como carnada en charco de pirañas o selva de asfalto, sin medir el peligro que les acecha, en una sociedad tan convulsionada.
La cultura del desamor y el vicio azota nuestros corazones. Ya nadie pregunta si un joven es bueno, responsable y serio. Nos hemos convertido en psicólogos y psiquiatras, todo nos lo dice su vestimenta, aunado a ello, si la persona es pobre, posiblemente hasta se le mire con desprecio, a diferencia de quienes tenemos la oportunidad de lucir un buen vestido. Igual trato se da en la atención que se le dispensa al público.
La incertidumbre azota la Ciudad. Ya nadie confía en nadie. Recuerdo que siendo muy joven la palabra era más que un contrato firmado con sangre. Nadie rompía una promesa o la palabra empeñada. Un compromiso de palabra, era un juramento, eran cuestiones de honor. Hoy, muy por el contrario, legisladores y suplentes, entre otros actores, se pelean producto del incumplimiento de "pactos notariados".
Vemos como hermanos, padres e hijos se matan producto de un negocio o un pedazo de tierra. La cultura del desamor azota nuestros corazones. Generalmente justificamos el exceso de trabajo para abandonar nuestra familia, para apartarnos de nuestro consorte e hijos impidiéndoles así una orientación sana, de amigos, de verdaderos amigos; porque amigos no son todos los que conocemos.
Casi siempre justificamos reuniones de trabajo para quedarnos libando licor con la inconsciente intención de llegar muy tarde a casa, evitando compartir con nuestra familia.
En publicaciones locales e internacionales, resulta preocupante leer que algunos jóvenes se suicidan por falta de empleo, así como también cuantos padres de familia asesinan y/o se suicidan producto de las presiones en los trabajos, máxime cuando son acosados insistentemente por personas de mayores cargos y quizás hasta de conocimientos similares, pero con severa estrechez mental.
Esto pareciera ser una pesadilla o cinema de terror, pero es la realidad que vamos arrastrando, insensibilizando la sociedad. Algunas veces la avaricia de los que más tienen y la desidia de cierta parte de la población impiden un desarrollo sostenible, un país próspero, abundante y acogedor. Quizás estamos fracasando como padres, pero exigimos responsabilidad a nuestros hijos, una responsabilidad que no hemos sabido defender como adultos. Por ello, en este Centenario y hasta el próximo: Dios te salve Panamá.
(victorianos@hotmail.com)
A medida que pasan los años, nuestros hogares se vuelven más fríos, menos comunicativos y generalmente más violentos. Las políticas neoliberales y de hecho la globalización, nos están empujado hacia la deshumanización y lo estamos permitiendo.
Producto del machismo latino, en muchos hogares se dificulta ver la figura paterna, las mujeres tienen que luchar hasta el agotamiento para llevar el bocado que comerán sus hijos y estos, una vez que van creciendo, empujados por el medio y la ausencia de la madre en el hogar, por estar trabajando, se lanzan a la calle como carnada en charco de pirañas o selva de asfalto, sin medir el peligro que les acecha, en una sociedad tan convulsionada.
La cultura del desamor y el vicio azota nuestros corazones. Ya nadie pregunta si un joven es bueno, responsable y serio. Nos hemos convertido en psicólogos y psiquiatras, todo nos lo dice su vestimenta, aunado a ello, si la persona es pobre, posiblemente hasta se le mire con desprecio, a diferencia de quienes tenemos la oportunidad de lucir un buen vestido. Igual trato se da en la atención que se le dispensa al público.
La incertidumbre azota la Ciudad. Ya nadie confía en nadie. Recuerdo que siendo muy joven la palabra era más que un contrato firmado con sangre. Nadie rompía una promesa o la palabra empeñada. Un compromiso de palabra, era un juramento, eran cuestiones de honor. Hoy, muy por el contrario, legisladores y suplentes, entre otros actores, se pelean producto del incumplimiento de "pactos notariados".
Vemos como hermanos, padres e hijos se matan producto de un negocio o un pedazo de tierra. La cultura del desamor azota nuestros corazones. Generalmente justificamos el exceso de trabajo para abandonar nuestra familia, para apartarnos de nuestro consorte e hijos impidiéndoles así una orientación sana, de amigos, de verdaderos amigos; porque amigos no son todos los que conocemos.
Casi siempre justificamos reuniones de trabajo para quedarnos libando licor con la inconsciente intención de llegar muy tarde a casa, evitando compartir con nuestra familia.
En publicaciones locales e internacionales, resulta preocupante leer que algunos jóvenes se suicidan por falta de empleo, así como también cuantos padres de familia asesinan y/o se suicidan producto de las presiones en los trabajos, máxime cuando son acosados insistentemente por personas de mayores cargos y quizás hasta de conocimientos similares, pero con severa estrechez mental.
Esto pareciera ser una pesadilla o cinema de terror, pero es la realidad que vamos arrastrando, insensibilizando la sociedad. Algunas veces la avaricia de los que más tienen y la desidia de cierta parte de la población impiden un desarrollo sostenible, un país próspero, abundante y acogedor. Quizás estamos fracasando como padres, pero exigimos responsabilidad a nuestros hijos, una responsabilidad que no hemos sabido defender como adultos. Por ello, en este Centenario y hasta el próximo: Dios te salve Panamá.
(victorianos@hotmail.com)