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Un poco de realismo para Cuba y desde Cuba



Nadie debe esperar que el desplazamiento de Fidel Castro signifique un cambio total en el régimen de la isla. Se trata de un gobierno que tiene control total de todo lo que allí sucede o se mueve.
Esa es su fortaleza y esa es la razón por la que tiene que cambiar. Porque es una negación de la libertad, legado y fuente de la civilización y el progreso. Fidel es la expresión de un poder que va mucho mas allá que su persona. Raúl Castro no es ni será un gobernante, en el sentido tradicional de la palabra, pues él es, a su vez, una extensión simbólica de su hermano.
El mundo libre no debe esperar milagros repentinos ni se debe dejar confundir por la pose y el histrionismo del desfasado revolucionarismo caribeño de la generación más joven. El regreso de Cuba a la senda del desarrollo será un proceso largo, gradual, y con la tentación de encontrar atajos que pueden convertirse en desvíos. Al mismo tiempo, los cubanos, particularmente los que detentan el poder político en la isla, deben darse cuenta de que la era de los grandes cambios ha empezado y que su mejor interés consiste en acercarse a América Latina y normalizar su sistema económico y político. Lógicamente lo harán paso a paso, pues los cambios bruscos solo traen violencia, con las correspondientes pérdidas humanas. Lo que no puede ser es que de lado y lado se aferren al pasado y resistan la apertura a una nueva fase. Parece que después de todo esta será la gran contribución -aunque involuntaria- de Castro al siglo XXI: quitarse de en medio para que Cuba y los cubanos se reintegren al mundo del mercado libre y de la democracia, de donde nunca debieron haber salido.

101 años de Panamá América

 
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